Viajeros en el tiempo


Y de repente ahí estaba. Rodeado de hombres grandes y musculosos. Sus pechos estaban descubiertos, usaban un casco que les cubría el rostro; los brazos, que sujetaban escudos de todas las formas, sólo estaban cubiertos por brazaletes de bronce y en vez de pantalones llevaban una especie de pollera. Las armas que sostenían eran espadas, tridentes y redes.
Estábamos en una especie de túnel, oscuro y húmedo. Al final de éste se podía ver luz y se escuchaba una multitud. Todos a mi alrededor parecían rudos pero a la vez un poco nerviosos. Estaba totalmente confundido, no recordaba como había llegado hasta aquí, pero lo que sí sabía era que no era un lugar agradable. Unos minutos después, la fila de hombres estaba avanzando hacia lo que parecía ser la única salida. El murmullo de la multitud se hacía cada vez más audible. Una vez en el exterior me encontré en el medio de un lugar parecido a un estadio de fútbol. Había por lo menos una 45000 personas, y la infraestructura estaba echa de piedra. Mire a mi alrededor con detenimiento, el terreno era de arena y las tribunas se elevaban hasta lo más alto del estadio. La vestimenta de los espectadores era peculiar, usaban túnicas blancas, marrones, negras y rojas. Entre el público se destacaba un grupo de personas en particular, ubicadas más cerca del terreno arenoso. Pude ver que uno de ellos usaba una corona, pero no era de oro sino de hojas de laurel.
No tarde más de unos segundos para entender que estaba en el Coliseo Romano y formaba parte de un espectáculo de gladiadores. En cuanto volví a fijar la vista en el terreno, vi como uno de los gladiadores se acercaba con una red en uno de sus brazos y un tridente en la otra. Acto reflejo me hice a un lado, para después herirlo con la lanza que tenía en mis manos, y que no había notado hasta ese momento. Fue en ese preciso instante en el que comprendí que tenía que hacer algo para mantenerme con vida. Estaba en el medio de un espectáculo que era pasión para los romanos, como para mi lo es el fútbol. Sin embargo había una diferencia, no querían ver la pelota dentro de una red, querían ver gente asesinada. Sin perder un minuto más me puse en guardia para frenar cualquier tipo de ataque. Entre tanto un hombre armado se me acercaba a toda velocidad. Lo esquivé con un movimiento rápido, lo que acrecentó su ira. Volvió a atacarme, pero esta vez con éxito, clavándome la lanza en una pierna obligándome a caer. Al levantar la vista, pude ver como el soldado levantaba el arma para dar la estocada final. Cerré los ojos con todas mis fuerzas para evitar ver mi desafortunado final.
Desperté totalmente sobresaltado, no entendía nada de lo que había pasado. Levanté la mirada, era mi habitación, y pude ver que en la televisión todavía encendida, se estaba emitiendo la película Gladiador.

Toscanini María Florencia
Comisión 62

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“Sólo dos días de paz y música”

Empezó como curiosidad. Joaquín había vuelto de Tucumán, encandilado por lo que nosotros considerábamos novedad. Un chaman le había recomendado unos hongos alucinógenos, llamados San Pedro, y le había dado explicitas condiciones de cómo tomarlo. Era una infusión, que según habíamos entendido no era peligrosa, pero su efecto lisérgico, podría tenernos varias horas en trance.

            Nos entregamos a la mano de Joaquín que escoltaba la ceremonia (el ya había incursionado en el hongo en su viaje al norte). Facundo y yo bebíamos lentamente la taza que nuestro amigo nos ofrecía, quizás era la intriga de conocer lo que nos esperaba (no me atreví a decirlo, pero por un momento sentí miedo) y así nos sumergíamos en este viaje que nos transportaría cuarenta años atrás. Yo estaba agarrada de la mano de Facu, en un momento comencé a ver como las ropas que vestía se iban convirtiendo lentamente en un chaleco de cuero del que colgaban flecos del mismo tono, y uno pantalones batik color violeta. En su frente se cruzaba una vincha  y a juzgar por la cara de mi compañero, mi vestimenta también se había modificado.

No estábamos cerca del escenario, pero igualmente llegábamos a leer la inscripción que anunciaba “Woodstock, 3 days of peace and music”. En ese momento sonaba Janis Joplin y su tema “Summertime”, nosotros solo bailábamos, inmersos en nuestro viaje. La gente que estaba alrededor nuestro también parecía disfrutar del concierto, todos estaban como pensando en si mismos, casi ignorando la presencia de otros individuos, cada uno envuelto en la música que se nos ofrecía a nuestros odios (ahora escuchábamos a  Jimmy Hendrix, con “Lover Man”). Solo un sujeto se acercó a mi y me regalo una flor de colores que no pude distinguir, y me la sujetó en el pelo. Había carteles que proclamaban el fin de la guerra de Vietnam, otros que hacían referencia al “flower power” (un movimiento que buscaba acabar con la violencia de la época) y algunos sostenían que el amor salvaría al mundo. Nosotros, seguíamos bajo los efectos del San Pedro, y así nos mantuvimos durante toda la velada.

Nos levantamos, dos días después de haber bebido esa infusión, desconcertados sin saber bien que había ocurrido durante nuestro viaje. Pedro me levanto del suelo, me contó que en esos días anduve deambulando y tarareando algunas canciones pero no pudo reconocer bien cuales eran.

Yo solo tenía vagos recuerdos de las últimas cuarenta y ocho horas. De mi pelo colgaba una flor blanca, que ya casi estaba marchita.

                                                           Lucía Devoto. Comisión 63.

Tenía la capacidad de detener el tiempo, viajando en ese transportador con olor a nauseas lo hacía posible, intencionalmente decidía entrar en la mente de los otros y escuchaba el murmullo estruendoso que no paraba: ¡qué día triste!, ¡no soporto más otras 6 semanas de sol! ¡por qué no me llama!, ¡me muero de hambre! hoy no bebí mi gulasch número 11, ¡quiero llegar ya!, ¡cuándo dejaré de trabajar en esa máquina!, ¡me olvidé de revisar las turbinas de ventilación!, y así hasta el infinito de la demencia de evadir el preciso instante del viaje que acontecía, ¡siempre está pasando algo! se decía asimismo, e inmediatamente regresaba al aquí y ahora, el viento en su rostro, el cielo rosa, los árboles con hojas de distintos tonos de rojo, el latido de su corazón marcaba el tic tac de cada suceso frente a sus ojos,  pero él era uno de los pocos que quedaba con uno de esos, después de la gran ola solo algunos sobrevivieron intactos, los que estaban presentes, los que dejaron en silencio a la bulliciosa mente,  todos los demás quedaron condenados a estar muertos en vida, ya no serían conscientes nunca más de lo que eran realmente, seres capaces de despertar del gran sueño en el que dormían, con la gran ola se sepultó también esa memoria inmanente que cada quién tenía a disposición para regresar a la verdadera realidad.  Ya era rutina buscar en la mirada del otro algún atisbo de aquel pasado aún fresco en su esperanza, observaba los que no traían puesto los escáneres para creer que quizá alguno podía ser uno de los suyos, pero era inútil, estaba solo como antaño, rodeado de mil personas hipnotizadas por discursos impuestos, amnésicos de sí mismos, solo que ahora él era el único que podía escapar, era el único que podía sentir los latidos de su propio corazón.

Gilda Casalino

Comisión 62