punto de vista


Éramos muchos y llegamos con nuestras fuerzas y voluntades. Hicimos lo que habíamos decidido por nosotros mismos. No esperamos otro día más. Nuestras tierras ya no nos pertenecían y nuestros hermanos estaban siendo asesinados por los hombres que venían del norte. En el ataque nos llevamos una parte de ellos, un pequeño blanco.
Los toldos iban a sacrificarlo, pero no pudieron y lo protegieron, pensando que él no había sido atravesado por el mundo de donde venía; que su espíritu no tenía males que cargar.
Donde los hombres estaban, pusimos nuestros cuerpos. Pisamos las tierras con los caballos; unos de mis hermanos bajó a tomar a un niño, que sentado junto a una planta nos encandiló la vista. Los ojos le trasparentaban y el cabello era como el sol en días de frío. Solos estaban ellos y el pequeño, uno lo sujetó fuerte delante de su panza y se volvieron. “Mientras terminaba nuestro embate nos vieron con el niño. Pero nadie de ellos nos motivó a dejarlo en la tierra”. Nos decíamos con aquél hermano, más allá, y después de ese día.
Lo acogimos y le dimos nuestros propios abrigos, le enseñamos nuestra vida. A él le gustó el desierto y nos estimó. Luego de tantos años, un día, se fue y no volvió.
Ya, los toldos, cansados de luchas, pensaron que así debía ser ese destino. Aunque sus sentimientos jamás ocultaron la gran pena que había dejado su partida. Bien sabían que el muchacho era fuerte y sobreviviría en soledad; alguno de ellos, estimó que habría topado con el camino de la tierra en que nació.
Ya va mucho tiempo de su llegada y también de su partida. Una parte de nosotros ha quedado en él, como así una parte de él nos acompaña en la vida. Tal vez, él no regrese; quizá no llegue a encontrarnos; o puede también que ya no estemos para hacerlo.
Aún así, lo esperamos aquí, en este desierto.

Aldana

Com. 63

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Después de aquella embestida,  Lautaro quedó inconsciente, la boleadora le rozó la cabeza lo suficientemente fuerte como para desmayarlo.  Los enemigos al verlo tirado en el suelo, decidieron llevárselo en calidad de esclavo, útil para las tareas penosas del desierto.

Así anduvo Lautaro viajando  por más de tres horas sobre el lomo de un caballo, cuándo por fin despertó y unos enormes ojos celestes sorprendieron a todos sus captores, nadie había visto semejante mezcla.  Enseguida le amarraron las manos a la rienda de un caballo y lo hicieron correr al ritmo del galope.  Así lo tuvieron durante varias horas, Lautaro gritaba pero nadie quería escucharlo, tenía los pies en yagas y las manos destrozadas, solo pedía morir para que el suplicio acabara.  Finalmente se detuvieron, el joven al borde del colapso con la mirada nublada veía que a su alrededor  solo había desierto y más desierto.  Para llegar a su destino tenía que caminar en esas dolorosas condiciones por una hora más, hasta llegar al lugar que sería su prisión por muchísimo tiempo, un tiempo sin nombre que le hacía olvidar las horas, los días y se iba convirtiendo en una densa masa de tormento que lo rodeaba del día a la noche.

No emitió palabra alguna, tenía la boca seca de la sangre coagulada en su garganta, que endureció y formó una costra que callaría su grito.  Su cabeza cayó y sus bellos ojos celestes  mezclados con la misma sangre, solo supieron mirar el suelo, ese polvo que le cubría las heridas de sus pies y de su desdicha.

Un día perdido en el tiempo vio que un hombre vestido diferente a los demás no dejaba de mirarlo, no entendía el por qué, había olvidado su propio rostro y con sus manos ásperas se tocó los pómulos para constatar si había algo raro en él.  Indiferente volvió a mirar al suelo y siguió con sus labores forzadas.

Dos amaneceres más pasaron frente a sus ojos y a lo lejos vio que ese mismo hombre venía hacia él acompañado de otros tantos vestidos de la misma extraña manera, ya nada peor que su día a día le podía suceder, le tomaron el brazo con suavidad y se lo llevaron con una leve sonrisa en inmensos caballos.  Al llegar a destino vio que una mujer con los ojos llenos de lágrimas y temblando se acercaba a él, junto a ella un hombre de iguales características.  Aunque todo era muy extraño, no se inmutaba ante nada, sentía que la vida pasaba sobre él ya sin angustia, el dolor se había convertido en habitual, así como su silencio y resignación.  Pero algo pasó cuándo la mujer le tocó la cara y lo hizo mirarla a los ojos, enseguida un aire extraño atravesó su garganta y un grito se estrelló sobre las puertas de la casa, no entendía que eran ellas, las empujó y supo en ese instante quién era, corrió hacia la cocina para recompensar su certeza con el cuchillo que había escondido en la campana cuando era niño.  Sus ojos estallaron a llorar y una voz de hombre dijo, ¡Madre! ¡Padre! ¡Soy Lautaro su hijo!, La pesadilla terminó, los tres se abrazaron y pasaron días de júbilo y cuidado,  pero la realidad era otra, aquel niño hecho hombre necesitaba su desierto, su inmensidad y su nada, le eran ajenas las paredes y las puertas, le era ajeno el amor y la alegría, no sabía vivir en paz  porque se la arrancaron de golpe cuando niño de la manera más cruel y aunque quiera arrullar su alma, era inútil.  Lautaro perdió su inocencia al otro lado de la cordillera y nunca más la recuperaría.

Condena

Allí estaba ella, demasiado irritada como para poder llorar la muerte de su padre, apretaba su bolso y no le quitaba los ojos de encima a Doña Victoria, que lloraba desconsolada al lado del fino cajón de metal que enterraría para siempre eso que callaban las bocas cómplices que rondaban al difunto. Así la veía Angelita, como a una extraña a pesar que era su propia madre. La observaba y sabía perfectamente que esas lágrimas no solo eran de duelo, eran de culpa, una muy grande que hacía que se ahogara en agobio más que en la inocente pena de una viuda.

Ahí estaba la dulce niña de los ojos de papá y de la indiferencia de mamá, aunque ya tenía treinta y tres años le seguían llamando así, como cuando era niña, no parecía tener la edad que tenía, tenía el mismo rostro que a los veinte y todos admiraban su lozanía. Pero ese día, Angelita dejó de ser joven y envejeció de amargura al ver tantas bajezas a su alrededor. Estaba tan enojada y triste que ni una sola lágrima se atrevía a asomarle la mirada, sus ojos estaban rojos de la ira y la impotencia de no poder hacer nada por su padre, de no poder reivindicar su vida frente a aquella familia obscurecida que llevaba su apellido. Cansada de tanta deshonra se decidió a actuar en cuestión de segundos, su padre no podía morir en vano y los buitres hacer el festín silencioso de quién se sale con la suya, ella tenía que hacer algo o sentiría que también se iría con él al olvido bajo tierra. Miró a su tío Alfonso que no dejaba de vigilar a la viuda con esos ojos que Angelita conocía muy bien y que le repugnaban cada vez que le dirigía la mirada. Tomó valor y se acercó a él lentamente, cada paso que daba era eterno, apretaba su bolso para que nadie viera como le temblaban las manos, su corazón estaba por explotarle del pecho, era cómo si al caminar no avanzara, como si permaneciera en el mismo lugar. Toda clase de pensamientos cruzaron por su mente, su padre muerto, su madre dándoselas de viuda, su abuela que era algo innombrable para ella, solo un ser tan desviado y ruin podría hacer lo que ella hizo con sus dos hijos, no merecía tampoco llamarla abuela, eran tal para cual, solo de una alimaña tal podía nacer otra. Asqueada al punto del desmayo caminó decidida a hacer lo que tenía que hacer. Finalmente junto a su tío, temblando, se inclinó para darle un abrazo de congoja, y mientras lo hacía y él le decía “ya Angelita, ya no eres una niña para ponerte así”, tomó su bolso y sacó el cuchillo que había escondido para esa ocasión, se lo hundió de un tirón en el vientre, y lo giró como un reloj sin tiempo mientras le decía al oído: “te llevaste a mi padre, ahora verás desde el infierno como te lloran esas dos traidoras indignas, rezaré todas las noches desde mi celda para que tu alma se consuma en la angustia por toda eternidad”. Alfonso cayó al suelo, Angelita desmayó y así quedaron los dos, tendidos sobre un charco de sangre que esta vez no fue en vano.