Historia Secreta


En silencio, así había estado todo durante los últimos meses. Miró a su alrededor, siempre el mismo paisaje, siempre esa quietud que hartaba. Sabía que no le quedaba mucho tiempo allí, así que intentó disfrutar de todo eso por última vez. Su cuerpo parecía flotar, sus brazos se movían a su alrededor, sus piernas mostraban un vigor nunca antes visto y que le sorprendía. Se preguntaba por qué se sentía tan bien justo a instantes de que todo estuviese por acabar. No pudo reflexionarlo mucho, el momento había llegado.

Un terrible dolor le invadió todo el cuerpo, sintió como si se ahogara, todos sus músculos se entumecieron. No tenía miedo, sabía que esto debía suceder de esta forma y que sólo duraría unos minutos. Sus huesos parecían quebrarse, su piel rasgarse; perdió la razón por el dolor y entonces ocurrió…

Sintió frío, conoció el frío.  Una luz blanca le impedía abrir los ojos y tan sólo escuchaba voces a lo lejos. Ya no parecía flotar, todo lo contrario, su cuerpo entero era víctima de una fuerza inexplicable. Su piel recibía cientos de sensaciones distintas que no podía procesar. Inspiró una gran bocanada de aire y la exhaló en un grito atormentador.

Con gran esfuerzo, logró entreabrir los ojos para encontrase con la imagen más sorprendente que ni en sus más alocadas fantasías hubiese imaginado: enormes seres vestidos de verde con sus caras cubiertas con una tela blanca lo miraban con atención mientras pasaban suavemente sobre él una toalla. Intentó moverse, pero fue inútil, sus capacidades eran inservibles en este medio extraño.

Atónito, miraba a su alrededor: paredes blancas, objetos plateados que reflejaban la luz y más de estos seres. Él no sabía que esto ocurriría, que esto era lo que se encontraba del otro lado, no lograba ordenar sus ideas. Intentó descifrar lo que estos seres decían para comprender qué estaba sucediendo pero fue en vano, sólo logró retener una frase que pareció traerle alegría a uno de estos seres que estaba recostado: “Felicidades, es un varón”.

Mariana Rodrigo – Comisión 63

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Las gotas de transpiración caían de su frente cuando entró por la puerta principal.
Vestido de traje con corte inglés y bien perfumado, se acerco a hacer algunas consultas con una agente asesora que trabajaba en el banco central.
– Entonces, podría guardar esa cantidad en la caja fuerte?
– Si, claro Sr. Stealed, tenemos capacidad para ese monto,­­ cuando querría depositarlo?
­­- Hoy mismo! si es posible Señorita.
– Claro que sí, ahora mismo organizo todo.
Suena el teléfono celular del Sr. Stealed, se levanta de su silla y le hace un gesto a la asistente del banco.
– Con su permiso…
Salió de allí hablando en voz baja, llevaba un maletín de cuero color negro.
– Mañana mismo tendrá todo lo que necesita- Dijo el Sr. Stealed con voz nerviosa.
– No hay tiempo Robert, ¡es urgente!
– Lo sé, mañana a primera hora estaré allí, tendré lo que necesitamos.
Cortó y volvió hacia la muchacha.
– Disculpe la insistencia, ya está todo listo?
– Si, acompañeme por aquí…
Entraron por una puerta trasera, subieron a un asensor y desendieron hasta el segundo subsuelo. Allí se encontraban las cajas individuales donde la gente pordia guardar sus pertenencias o dinero. Con mucho cuidado le otorgaron una al Sr. Stealed, y allí dejo su maletín. Con un poco de recelo observó cuidadosamente la habitación y se retiraron.
– ¡Han sido muy amables! ¡Gracias por los servicios prestados!
– Gracias a usted, está bienvenido a visitar el banco cuando desee.
Se retiro del banco con su andar pausado y elegante, bastó cruzar la puerta para que su celular sonara:
– Ya dejaste el maletín?
– Sí- respondió sin gana el Sr. Stealed
– Pero lo dejaste? Miraste la bóveda?
– Hice todo lo que planeamos.
– Bueno, hoy mismo, a la noche volveremos.
– Esta bien…
– Te espero a las 22:30 en la esquina del café.
Efectivamente a esa hora se vieron en la esquina Dante y el Sr. Stealed, también fueron dos tipos que Dante llevó como refuerzo, pero ellos se quedarían afuera.
Con su viejo truco, sin forzar, entraron por la puerta de atrás del banco, ya sabian que existia esa salida ya que durante dias observaron los movimientos de todos allí. Una vez adentro, desactivaron sin mucho esfuerzo el dispositivo de seguridad para que la alarma no suene, sabian bien como hacerlo porque Dante se infiltro en la empresa del dispositivo como trabajador, y fue él mismo quien instaló el dispositivo en el banco. Bajaron por el ascensor, y en un momento se encontraban en la bóveda, el momento que tanto planearon estaba ahí, en frente suyo. Tomaron el maletín que el Sr. Stealed dejó en la caja fuerte, tomaron las herramientas necesarias y hurtaron todas las pequeñas cajas que había. Eran aproximadamente doscientas cajas, con un monto total de aproximadamente dos millones de dólares.
– Ya está Dante, no hay más nada, apurate y vamonos!
– Dejame que hay joyas también, valen mucho!
– Ya tenés la plata que más querés! Apurate!
– Tan asustado estás? Ya estamos aquí, debemos sacarle provecho.
– Bueno, quedáte saca lo que quieras, yo ya me voy.
Dio la vuelta y empezo a andar, Dante sin remedio lo sigio y de la misma forma que entraron salieron. Dejaron todo en orden, el maletín en su lugar.
Una vez afuera se sacaron los guantes y hulleron lo más rápido que pudieron junto con los dos acompañantes.
Repartieron el dinero, un millón para cada uno y se despidieron para no verse más.
El Sr. Stealed se acerco al hospital general de Milán, tenia un bolso que Dante le habia dado para guardar el dinero. Entró con los ojos llenos de lágrimas y la cabeza gacha, buscó al doctor.
– Cómo está ella? – Pregunto el Sr. Stealed angustiado.
– Necesita la operación lo antes posible, has podido reunir el dinero suficiente?
– Sí claro aquí mismo lo traigo, tome es todo suyo.
– Deberá acompañarme a la administración del hospital a entregarlo a quién corresponda.
Dejaron el dinero, esa misma tarde operaron a la esposa del Sr. Stealed, tenía un tumor maligno y debian extirparlo sino moriría en poco tiempo.
Tres dias paso el Sr. Stealed en el hospital hasta que todo estuvo en marcha, su esposa habia despertado pero no podia recordar, el tumor lo tenía en la cabeza y la operación afectó sus recuerdos. No le importaba al Sr. Stealed mientras estuviese viva. Se fue del hospital, se dirigió a un banco y depositó el dinero que quedaba a nombre su esposa. Camino hasta su casa, se bañó, afeito, perfumo, tomo su revolver medida treitaiseis, lo apoyó en la sien y gatilló.
Dante me dijo que lo hizo por ella, pero que sabía que no aguantaría vivir con la culpa de haber robado, era una persona noble y correcta.
DANA JOUNGUZIAN, C62

Todo estaba listo, el cuerpo vestido con sus mejores trajes, los pómulos muy bien maquillados, los ojos cerrados con un gesto irónico, una leve sonrisa dejaban ver sus labios azules, las manos cruzadas sobre su pecho y en ellas una rosa blanca, así estaba Don Gerónimo, sobre esa cama de algodón sin aire que lo acogía hasta la eternidad, la madera era caoba, tal como él lo había pedido, la música era de Chopin, el nocturno número dos para ser precisos, todo como él lo había escrito de puño y letra en las dieciséis hojas que llevaba a mano aquel joven que lo observaba todo. ”…Nada de llantos, nada de colores negros, nada de nada, será solo una ceremonia más, como las tantas que he celebrado…”, recordaba aquel joven en la voz de Don Gerónimo, nadie sabía quién era él, nadie lo había visto antes, los familiares empezaban a murmurar, pero él imperturbable observaba todo como si hubiese sido convocado a una pieza de teatro, era como si ya supiese que venía después de qué.  Empezó a observar a la familia y buscó entre la gente a aquella mujer de cabello rojizo y gesto de fiera que rondaba por allí, estaba nerviosa, iba de un lado al otro, no hablaba con nadie, excepto con ella misma, él trató de acercársele pero era casi imposible avanzar entre el mar de gente sombría que había asistido a despedir a Don Gerónimo.  Todo estaba en su lugar tal como él lo había predicho, incluso aquella imposibilidad, él no lo podía creer.  Impaciente, buscó la mirada de aquella mujer sin descanso,  hasta que finalmente se encontraron, ella le fijó los ojos y enseguida se acercó a él a toda prisa, como un tren descarrilado, ¡eres tú! Le dijo, eres tú quien me vendría a buscar, también recibí las dichosas quince hojas, el joven perplejo asintió, al instante ella le entregó un sobre, si ese maldito viejo me ha engañado…., hice todo como me lo pidió, cada maldito detalle,  dijo sin más, él tembloroso tomó el sobre que ya estaba abierto, escrito en algún código o dialecto desconocido,  miró el papel y quedó inmóvil, e hizo un gesto con la cabeza como diciendo, es inútil no lo entiendo, la mujer indignada salió atropellando a todo quien se le cruzara en el camino y desapareció entre la gente, el joven nuevamente miró el papel y leyó: “entre mis manos yace aquí y ahora el gran anhelo de los infames”, se acercó lentamente al elegante ataúd y abrió la tapa con un gesto disimulado de despedida y pesar, arrimó la rosa y vio que el pétalo de atrás estaba escrito: “Calle Florista 222 casillero 111, Puente Cambridge, cincuenta millones.  Ella lo hizo, haz con ellos lo que corresponda”. El muchacho salió del lugar, se dirigió a la calle Florista, y recibió el dinero, una maleta negra muy pesada, la cargó y la llevó casi a rastras hasta el puente Cambridge, allí la  abrió lentamente y con sus manos temblorosas, uno por uno arrojó los billetes al río,  los dejó ir, como pétalos de rosas blancas.