Gilda Casalino


La balsa aún conservaba los trazos gruesos de tan angustiosa pintura, era un mar en calma, la balsa parecía una hoja de papel, balanceándose por aquellas aguas de jade azul recién inventadas por el viejo Wang-Fo.

El maestro y su discípulo por fin descansaron de su tormento, qué más daba que el mar se los comiera, qué más daba, si ya se los había comido la vida. Y ahí se encontraban, con los trajes rasgados y las pinturas manchadas de colores eternos que invitaban a escapar por ellas también. El anciano sabio iba en silencio por el viaje, callando su tesoro entre las manos, las puertas hacia sedas como rutas de escape a otra vida, la verdadera, la que recuerda todo, y todo es tal y como lo expresaban las pinceladas de sus manos en su vida finita,  nada tiene pregunta porque el todo ya es una respuesta, donde el silencio es el grito que calla cualquier palabra.

Así estaban Wang-Fo y su discípulo Ling, viajando por mares de jade azul y espuma blanca. El maestro silencioso vaciaba a la mar pintada sus viejos tarros de laca, y al hacerlo se dejaban descubrir los distintos tonos de verde y corales celestes que contenía. Ya no son necesarios, decía, ya tenemos todo lo que necesitamos, el discípulo no entendía, no sabía qué quería decir el anciano, aunque respetuoso y extrañado lo escuchaba y observaba. La pintura sólo nos sirve para tratar de representar la verdad que habita detrás de nuestra mirada, esa que simplemente conocemos por fe, por certeza, es por la misma certeza que nuestra vida tuvo su fin en aquel palacio, tú no estás más y yo te seguí pintando esa bufanda roja que llevas al cuello, como una serpiente sanadora que te deja estar conmigo en estas aguas.

Ya falta poco para llegar, decía, mientras una clara sonrisa se asomaba en su cara que lentamente fue rejuveneciendo al punto de llegar a representar poco menos de cuarenta años. Ya he venido antes, decía,  estoy feliz porque vienes conmigo y conocerás el reino de más allá de los mares. Esta balsa que he pintado, en poco tiempo ya no nos servirá, tiene el trazo de una mano angustiada por el cruel destino que quisieron imponerle, y cuando la angustia se pinta, pronto se desvanece, si no la pintaba rápido iba a morir en aquel castillo y mi cuerpo iba quedar tendido en ese suelo de piedra verde, y la gran tristeza no hubiera sido mi muerte, sino mi cuerpo, tan azul, tan mortecino, tan verdosos mis labios ¡y nadie que lo pintase!, tan bello, tan hueco y vacío, ¡y nadie lo pintaría!. Felizmente escapamos y tu bufanda la pinté con el rojo de tu sangre y es por ello que tu cabeza está en pie, porque te pinté sano y bien y la pintura nunca se equivoca, como lo creyó ese emperador que jamás conoció la certeza del mundo real, este que estamos recorriendo.

Ling escuchaba absorto y se tocaba el cuello, tenía una cicatriz pintada que fácilmente se disolvió con el agua y le dejó la piel intacta, él también empezó a rejuvenecer a medida que se acercaban a aquella montaña. El discípulo Ling tenía la apariencia de un niño de diez años.

El sol caía varias noches sobre las cabezas de los dos viajantes, no había tedio, no había hambre, sólo había un absoluto silencio que llenaba todas las preguntas nunca elaboradas y menos respondidas, ya no había mucho espacio para las palabras en ese momento.

Al caer la noche, Wang-Fo miró el firmamento y contempló con alegría todo su pasado, cada trazo de cielo lo llevaba inevitable al preciso instante en el cual había sido pintado aquel cuadro. Cuando Wang era un hombre tuvo la tarea de pintar el silencio. Un anciano en su lecho de muerte le pidió, casi implorando que le pintara el silencio, lo necesitaba para poder morir en paz, Wang casi de inmediato, sacó la seda más grande que tenía y vertió en ella una pintura negra tan profunda que casi se veían las estrellas sin siquiera pintarlas, así lo hizo y con la pintura fresca aún se lo mostró al anciano y su rostro con una gran sonrisa y lágrimas pudo cerrar los ojos en el más absoluto silencio. La pintura al estar fresca dejó caer una gota que se confundió con algún paraje al horizonte, y Wang al recordar esto, cambió de rumbo con los remos y dispuso una escala antes de llegar a la gran montaña.

Era una pequeña isla, muy blanca y muy brillante, tal como una gota de estrella caída del firmamento, allí los esperaba ese lugar creado solo para abrigar a Wang-Fo el día que partiese de la tierra finita de pinturas extraordinarias.

Conforme se acercaban a la isla, vieron que la balsa se iba desdibujando y el color del madero destiñéndose al punto de confundirse con el azul del agua y caer en ella en una increíble paz. Casi llegando a la orilla los depositó el último madero como alfombra roja a su nuevo paraje.

Caminaron por la orilla y tocaron tierra, el discípulo Ling, convertido en niño, regresó a su inocencia original y corrió por la arena blanca en inmenso jubilo, recorrió la isla de lado a lado, era muy pequeña, tenía dos orillas y varías palmeras que hacían una sombra perfecta para descansar. Wang, joven otra vez, hundió sus pies en una fresca arena que lo recibía con regocijo. Así estuvieron los dos, maestro y discípulo, saltando y cantando en aquella isla, no cabían las preguntas, ni las necesidades, en ese mundo sólo bastaban los ojos para mirar y el aire para respirar el más celeste de los cielos.

Al caer la tarde, Ling, que recobró su inocencia y curiosidad, decidió recorrer solo la isla, mientras su maestro dormía, caminó entre la vegetación de un increíble verde esmeralda y descubrió en la arena una gran empuñadura de metal, parecía plata con caracolas incrustadas, le llamó la atención tan bella pieza de arte, le quitó la arena y poco a poco descubrió que se trataba de una gran puerta de madera sin color alguno, era un boceto de puerta, se podían ver los trazos inacabados que su maestro Wang, seguramente habría pintado en el pasado.

Ling curioso, trató de abrirla jalando con todas sus fuerzas el plateado picaporte, pero era inútil, la puerta estaba cerrada y no tenía ninguna cerradura.  El discípulo desesperado, corrió hacia su maestro para contarle su reciente hallazgo, y le imploró que por favor pintase una cerradura y una llave para abrir tan misteriosa puerta. El maestro en un estado de relajación absoluta, entreabrió los ojos y le dijo: mi fiel Ling, en este lugar todo contiene su verdad y totalidad, no hay nada que pueda agregar o quitar, lo que está aquí es para amar, y los misterios que contiene no están para ser revelados, sino comprendidos en el silencio de la contemplación, colores en mí ya no has de encontrar, los eché a la mar mientras viajábamos en la barca, el único color que podríamos tener aquí, es el que llevamos dentro.  Y con un lento movimiento, dejó caer sus párpados y prosiguió su sueño.

Ling, quería abrir esa puerta más que cualquier otra cosa en el mundo, no necesitaba nada antes de hallarla, pero ahora la incertidumbre podía más que su paz. Meditó por un momento las palabras de su maestro y se dirigió al portal en silencio, con una concha filosa que encontró por el suelo, se hizo un corte en la palma de la mano y dejó caer gota a gota su sangre brillante y bella que en el pasado su maestro apreció en el día de su muerte. No sentía dolor alguno, y con improvisados pinceles hechos de palmeras pintó la cerradura y la llave que tanto quería, desafió las palabras de su maestro creyendo que con eso, calmaría su angustia.

La puerta poco a poco tomó color con la sangre de Ling, no sólo apareció la cerradura y la llave, sino que toda ella empezó a teñirse de un rojo cada vez más brillante, Ling sintió extrañeza ya que solo había usado algunas gotas de su mano, poco a poco se fue debilitando y sintió su cuello humedecer, miró su bufanda que ya no era roja, era tan blanca que su brillo lo cegó, en ese momento la puerta se abrió estrepitosamente hacia abajo, tenía una gran escalera, Ling casi sin sentir sus piernas bajó el primer escalón y al tratar de dar el siguiente paso su cabeza cayó hacia abajo y rodó junto con su cuerpo hasta el final de la escalera, cayó en el suelo verdoso del palacio del emperador. Wang-Fo abrió los ojos dejando caer una lágrima roja muy brillante: “Nos volveremos a encontrar, mi amado Ling, ya conoces las puertas”, y con ella pintó otra balsa y se echó a la mar rumbo a la gran montaña, mientras la noche caía sobre él en tibios colores eternos.

FIN

Gilda Casalino

Comisión 62

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Después de aquella embestida,  Lautaro quedó inconsciente, la boleadora le rozó la cabeza lo suficientemente fuerte como para desmayarlo.  Los enemigos al verlo tirado en el suelo, decidieron llevárselo en calidad de esclavo, útil para las tareas penosas del desierto.

Así anduvo Lautaro viajando  por más de tres horas sobre el lomo de un caballo, cuándo por fin despertó y unos enormes ojos celestes sorprendieron a todos sus captores, nadie había visto semejante mezcla.  Enseguida le amarraron las manos a la rienda de un caballo y lo hicieron correr al ritmo del galope.  Así lo tuvieron durante varias horas, Lautaro gritaba pero nadie quería escucharlo, tenía los pies en yagas y las manos destrozadas, solo pedía morir para que el suplicio acabara.  Finalmente se detuvieron, el joven al borde del colapso con la mirada nublada veía que a su alrededor  solo había desierto y más desierto.  Para llegar a su destino tenía que caminar en esas dolorosas condiciones por una hora más, hasta llegar al lugar que sería su prisión por muchísimo tiempo, un tiempo sin nombre que le hacía olvidar las horas, los días y se iba convirtiendo en una densa masa de tormento que lo rodeaba del día a la noche.

No emitió palabra alguna, tenía la boca seca de la sangre coagulada en su garganta, que endureció y formó una costra que callaría su grito.  Su cabeza cayó y sus bellos ojos celestes  mezclados con la misma sangre, solo supieron mirar el suelo, ese polvo que le cubría las heridas de sus pies y de su desdicha.

Un día perdido en el tiempo vio que un hombre vestido diferente a los demás no dejaba de mirarlo, no entendía el por qué, había olvidado su propio rostro y con sus manos ásperas se tocó los pómulos para constatar si había algo raro en él.  Indiferente volvió a mirar al suelo y siguió con sus labores forzadas.

Dos amaneceres más pasaron frente a sus ojos y a lo lejos vio que ese mismo hombre venía hacia él acompañado de otros tantos vestidos de la misma extraña manera, ya nada peor que su día a día le podía suceder, le tomaron el brazo con suavidad y se lo llevaron con una leve sonrisa en inmensos caballos.  Al llegar a destino vio que una mujer con los ojos llenos de lágrimas y temblando se acercaba a él, junto a ella un hombre de iguales características.  Aunque todo era muy extraño, no se inmutaba ante nada, sentía que la vida pasaba sobre él ya sin angustia, el dolor se había convertido en habitual, así como su silencio y resignación.  Pero algo pasó cuándo la mujer le tocó la cara y lo hizo mirarla a los ojos, enseguida un aire extraño atravesó su garganta y un grito se estrelló sobre las puertas de la casa, no entendía que eran ellas, las empujó y supo en ese instante quién era, corrió hacia la cocina para recompensar su certeza con el cuchillo que había escondido en la campana cuando era niño.  Sus ojos estallaron a llorar y una voz de hombre dijo, ¡Madre! ¡Padre! ¡Soy Lautaro su hijo!, La pesadilla terminó, los tres se abrazaron y pasaron días de júbilo y cuidado,  pero la realidad era otra, aquel niño hecho hombre necesitaba su desierto, su inmensidad y su nada, le eran ajenas las paredes y las puertas, le era ajeno el amor y la alegría, no sabía vivir en paz  porque se la arrancaron de golpe cuando niño de la manera más cruel y aunque quiera arrullar su alma, era inútil.  Lautaro perdió su inocencia al otro lado de la cordillera y nunca más la recuperaría.

Condena

Allí estaba ella, demasiado irritada como para poder llorar la muerte de su padre, apretaba su bolso y no le quitaba los ojos de encima a Doña Victoria, que lloraba desconsolada al lado del fino cajón de metal que enterraría para siempre eso que callaban las bocas cómplices que rondaban al difunto. Así la veía Angelita, como a una extraña a pesar que era su propia madre. La observaba y sabía perfectamente que esas lágrimas no solo eran de duelo, eran de culpa, una muy grande que hacía que se ahogara en agobio más que en la inocente pena de una viuda.

Ahí estaba la dulce niña de los ojos de papá y de la indiferencia de mamá, aunque ya tenía treinta y tres años le seguían llamando así, como cuando era niña, no parecía tener la edad que tenía, tenía el mismo rostro que a los veinte y todos admiraban su lozanía. Pero ese día, Angelita dejó de ser joven y envejeció de amargura al ver tantas bajezas a su alrededor. Estaba tan enojada y triste que ni una sola lágrima se atrevía a asomarle la mirada, sus ojos estaban rojos de la ira y la impotencia de no poder hacer nada por su padre, de no poder reivindicar su vida frente a aquella familia obscurecida que llevaba su apellido. Cansada de tanta deshonra se decidió a actuar en cuestión de segundos, su padre no podía morir en vano y los buitres hacer el festín silencioso de quién se sale con la suya, ella tenía que hacer algo o sentiría que también se iría con él al olvido bajo tierra. Miró a su tío Alfonso que no dejaba de vigilar a la viuda con esos ojos que Angelita conocía muy bien y que le repugnaban cada vez que le dirigía la mirada. Tomó valor y se acercó a él lentamente, cada paso que daba era eterno, apretaba su bolso para que nadie viera como le temblaban las manos, su corazón estaba por explotarle del pecho, era cómo si al caminar no avanzara, como si permaneciera en el mismo lugar. Toda clase de pensamientos cruzaron por su mente, su padre muerto, su madre dándoselas de viuda, su abuela que era algo innombrable para ella, solo un ser tan desviado y ruin podría hacer lo que ella hizo con sus dos hijos, no merecía tampoco llamarla abuela, eran tal para cual, solo de una alimaña tal podía nacer otra. Asqueada al punto del desmayo caminó decidida a hacer lo que tenía que hacer. Finalmente junto a su tío, temblando, se inclinó para darle un abrazo de congoja, y mientras lo hacía y él le decía “ya Angelita, ya no eres una niña para ponerte así”, tomó su bolso y sacó el cuchillo que había escondido para esa ocasión, se lo hundió de un tirón en el vientre, y lo giró como un reloj sin tiempo mientras le decía al oído: “te llevaste a mi padre, ahora verás desde el infierno como te lloran esas dos traidoras indignas, rezaré todas las noches desde mi celda para que tu alma se consuma en la angustia por toda eternidad”. Alfonso cayó al suelo, Angelita desmayó y así quedaron los dos, tendidos sobre un charco de sangre que esta vez no fue en vano.

Lo vi parado frente a la puerta con su mochila gris al hombro, igual que el día aquel, cuándo me había confesado todo, la mochila ya estaba rota, las manos le temblaban mucho más ahora que aquella vez, un día tan lindo, lleno de sol y sonrisas cuándo de pronto apareciste con esa cara, esa de “lo hice otra vez” que traías encima, me juraste que era la última vez que lo hacías.

Por entonces lucias distinto, un poco más flaco y buen mozo, me gustabas tanto, todo quién te veía tenía que comentar algo sobre ti, que tus ojos, que tu manera de hablar, que tu sonrisa, eras tan hermoso, tu mirada aún no tenía una niebla tan siniestra como la de ahora, tus venas no se habían corrompido, eras inocente, o al menos eso parecías, podía ver nítidamente en tu pupila, un girasol que giraba y giraba cada vez que sonreías, qué más da, eso ya pasó, ya se rompió tu inocencia igual que tu mochila gris, traes la misma cara, parece que nunca cambiarás, “no puedo parar de hacerlo, algo oscuro se apodera de mi y mueve mis manos, solo hay gritos y asfixia dentro de mí,  hace que no me importe nada, no escucho, no veo, no siento, solo quiero poseerla, no me puedo resistir”, me decía mientras lloraba lágrimas mescladas con barro y sudor.

Le dije que se fuera en el acto, que era peligroso que alguien lo viera, realmente no creí que fuera tan fácil pero se fue, desapareció tan rápido que no sé si lo viví o solo lo recordé, hay demasiados recuerdos como para poder diferenciar mi mente de la vida real, me pregunto como un martillo si la vida real existe o es solo el recuerdo de otra vida que ya pasó, algún día lo sabré, lo importante es que me lo dijiste, que confiaste en mí, como cuándo andábamos de la mano para cuidarnos el uno al otro, tu mirada era tan frágil y tus lágrimas tan fáciles, te emocionabas por todo y no creías en eso de que los hombres no lloran, me decías que cada vez que llorabas era como si un rio cristalino te atravesara, éramos tan felices, ¿te acuerdas?, tantos recuerdos tengo de ti, y siempre aparecen cada vez que desapareces, qué más da, solo quiero dormir profundamente y olvidarme de todo…me decía a mi misma mientras me desvanecía sobre el mostrador sin esperanza de volverlo a ver, de pronto un ruido me sobresaltó, creí que era Michael, pero no, era el dueño de la tienda que al verme casi dormida me preguntó a gritos  quién era el hombre que había estado conmigo, le dije que era solo un cliente y que preguntó por algunos precios, furioso se fue refunfuñando, mi corazón latía a mil por hora, no por lo que mi jefe estaba a punto de descubrir sino porque yo no lo había imaginado, había vuelto a suceder, todo se había repetido, otra vez, él aparecía en mi vida con esa cara, con esa mochila, con esa mirada ¡vacía y corrompida! es una pesadilla que no tiene fin, algo tengo que hacer para que esto acabe.

Agarré mi cartera y vacié todo lo que llevaba a la basura, solo dejé mis llaves y dinero, bajé a la bodega para llevarme todos los vinos que pudiera, las cosechas más exclusivas, las etiquetas azules y demás, al fin de cuentas nunca iba a volver, llamé por teléfono a nuestro viejo contacto y le hice el pedido de siempre, lo esperé en la esquina y me lo entregó, manejé mi auto a toda prisa hasta la casa abandonada  y ahí esperé y esperé mientras coloreaba mis venas con vino y jeringas.  Pasaron horas, quizá días, nunca lo sabré, tenía combustible suficiente para muchos días más, como aquellos cuándo jugábamos en la misma casa abandonada, por entonces habitada, nos metíamos sin permiso por el patio trasero y ahí nos quedábamos abrazados hasta desvanecernos en el sueño de los días felices y las certezas.

Pocos años después, quizá teníamos quince, ahí estaba yo, en el mismo lugar que me encuentro ahora, tirada en esta choza abandonada, recuerdo que la luz del sol me daba directo a la cara hasta que una sombra me devolvió el aire que hoy me ahoga, era él, parado junto al marco de la puerta mirándome, tenía lágrimas en los ojos, su río no se había secado aún, entonces comprendí a Michael, y me vi a mi misma con la misma expresión en el rostro, como si me hubiera desdoblado, yo también lo hice otra vez, me vi sumida en el despojo de las voluntades, solo quería responderme a mi misma todas esas preguntas que me acosaban, quería responderme por qué un hombre tan puro pudo caer tan bajo, pudo llegar al límite de robar para inyectarse, de traicionar mi confianza y poner en riesgo mi vida nueva, habían tantas preguntas que decidí vivirlo, decidí probar por mi misma a que sabía volver a caer en el mismo hueco, para acompañarlo en su dolor y tener el sueño de salir de esto juntos de la mano, cómo cuándo niños, fue en ese momento que apareciste igual que aquel día, te miré a los ojos y no quise preguntar nada más.

Todo estaba listo, el cuerpo vestido con sus mejores trajes, los pómulos muy bien maquillados, los ojos cerrados con un gesto irónico, una leve sonrisa dejaban ver sus labios azules, las manos cruzadas sobre su pecho y en ellas una rosa blanca, así estaba Don Gerónimo, sobre esa cama de algodón sin aire que lo acogía hasta la eternidad, la madera era caoba, tal como él lo había pedido, la música era de Chopin, el nocturno número dos para ser precisos, todo como él lo había escrito de puño y letra en las dieciséis hojas que llevaba a mano aquel joven que lo observaba todo. ”…Nada de llantos, nada de colores negros, nada de nada, será solo una ceremonia más, como las tantas que he celebrado…”, recordaba aquel joven en la voz de Don Gerónimo, nadie sabía quién era él, nadie lo había visto antes, los familiares empezaban a murmurar, pero él imperturbable observaba todo como si hubiese sido convocado a una pieza de teatro, era como si ya supiese que venía después de qué.  Empezó a observar a la familia y buscó entre la gente a aquella mujer de cabello rojizo y gesto de fiera que rondaba por allí, estaba nerviosa, iba de un lado al otro, no hablaba con nadie, excepto con ella misma, él trató de acercársele pero era casi imposible avanzar entre el mar de gente sombría que había asistido a despedir a Don Gerónimo.  Todo estaba en su lugar tal como él lo había predicho, incluso aquella imposibilidad, él no lo podía creer.  Impaciente, buscó la mirada de aquella mujer sin descanso,  hasta que finalmente se encontraron, ella le fijó los ojos y enseguida se acercó a él a toda prisa, como un tren descarrilado, ¡eres tú! Le dijo, eres tú quien me vendría a buscar, también recibí las dichosas quince hojas, el joven perplejo asintió, al instante ella le entregó un sobre, si ese maldito viejo me ha engañado…., hice todo como me lo pidió, cada maldito detalle,  dijo sin más, él tembloroso tomó el sobre que ya estaba abierto, escrito en algún código o dialecto desconocido,  miró el papel y quedó inmóvil, e hizo un gesto con la cabeza como diciendo, es inútil no lo entiendo, la mujer indignada salió atropellando a todo quien se le cruzara en el camino y desapareció entre la gente, el joven nuevamente miró el papel y leyó: “entre mis manos yace aquí y ahora el gran anhelo de los infames”, se acercó lentamente al elegante ataúd y abrió la tapa con un gesto disimulado de despedida y pesar, arrimó la rosa y vio que el pétalo de atrás estaba escrito: “Calle Florista 222 casillero 111, Puente Cambridge, cincuenta millones.  Ella lo hizo, haz con ellos lo que corresponda”. El muchacho salió del lugar, se dirigió a la calle Florista, y recibió el dinero, una maleta negra muy pesada, la cargó y la llevó casi a rastras hasta el puente Cambridge, allí la  abrió lentamente y con sus manos temblorosas, uno por uno arrojó los billetes al río,  los dejó ir, como pétalos de rosas blancas.

Tenía la capacidad de detener el tiempo, viajando en ese transportador con olor a nauseas lo hacía posible, intencionalmente decidía entrar en la mente de los otros y escuchaba el murmullo estruendoso que no paraba: ¡qué día triste!, ¡no soporto más otras 6 semanas de sol! ¡por qué no me llama!, ¡me muero de hambre! hoy no bebí mi gulasch número 11, ¡quiero llegar ya!, ¡cuándo dejaré de trabajar en esa máquina!, ¡me olvidé de revisar las turbinas de ventilación!, y así hasta el infinito de la demencia de evadir el preciso instante del viaje que acontecía, ¡siempre está pasando algo! se decía asimismo, e inmediatamente regresaba al aquí y ahora, el viento en su rostro, el cielo rosa, los árboles con hojas de distintos tonos de rojo, el latido de su corazón marcaba el tic tac de cada suceso frente a sus ojos,  pero él era uno de los pocos que quedaba con uno de esos, después de la gran ola solo algunos sobrevivieron intactos, los que estaban presentes, los que dejaron en silencio a la bulliciosa mente,  todos los demás quedaron condenados a estar muertos en vida, ya no serían conscientes nunca más de lo que eran realmente, seres capaces de despertar del gran sueño en el que dormían, con la gran ola se sepultó también esa memoria inmanente que cada quién tenía a disposición para regresar a la verdadera realidad.  Ya era rutina buscar en la mirada del otro algún atisbo de aquel pasado aún fresco en su esperanza, observaba los que no traían puesto los escáneres para creer que quizá alguno podía ser uno de los suyos, pero era inútil, estaba solo como antaño, rodeado de mil personas hipnotizadas por discursos impuestos, amnésicos de sí mismos, solo que ahora él era el único que podía escapar, era el único que podía sentir los latidos de su propio corazón.

Gilda Casalino

Comisión 62

VARADERO

Era un día muy raro, apenas te vi sentí que tu nombre me honraba, en el momento menos pensado supe que hoy más que nunca tenía que orar por ti, fue en este mismo lugar llamado Varadero que te vi por última vez, fue ese hombre con cara de espanto quién te dejo rodar por aquella fosa, era un día soleado, todos disfrutaban de las maravillas que este lugar paradisíaco regalaba, brisa salada, miradas distraídas, palmeras alocadas, pero tú,  echadita, con las manitos atadas aún a esa sucia soga yacías inocente, tenias los labios rosa, aun pintados por nuestra última cena, las uñas rasgadas, como si hubieras querido arañar el pavor, todavía se podían ver tus lagrimas recorriendo ya secas todo tu cuello enrojecido.  Un lugareño lo vio todo, esos que andan descalzos, de sonrisa fácil y mirada sincera,  me contó que tenía los ojos fijos y ningún gesto en el rostro, caminaba lento, como si su cuerpo ya no le perteneciera, arrastraba un viejo bastón,  y un bolso negro que lo tambaleaba por el peso que al parecer tenía,  sabía a que había venido, así como yo sé a qué he regresado, y a ti te digo hombre vacío que tu cabeza rodará sin fin por el agujero eterno, rodeará aquella fosa que disfrazaste de arena y mar.

Gilda Casalino

Comisión 62