Flavio Bonanno


Como tantas noches atrás, se había acostado añorando los días de rutina y aparente cordura. Si bien no era el mismo desde aquel momento en que se vio obligado a abandonarlo todo, en su interior, y a pesar de su desdibujada y maltraída imagen, aún conservaba el recuerdo de los viejos días de gloria, de familia, y su respetada posición social como diplomático, recuerdo que lo llevaba a la inevitable nostalgia, esa que solo apaciguaba una buena copa de ginebra en plena madrugada. Nada de aquel respetado emisario quedaba, excepto la fantasía.

Fue por eso que su ilusorio estilo de vida, producto de una repentina esquizofrenia irrecuperable, lo llevó  aquella vez a un albergue en pleno infierno.

El bombardeo esa mañana lo tomó por sorpresa. Ebrio como siempre, caminando a pasos torpes, decidió cruzar de ala y poder ver lo que estaba sucediendo con sus enrojecidos y cansados ojos.

Lunático sí, pero tonto no. Pudo notar en el rostro del conserje cómo su aparición le resultó no solo incómoda, sino inoportuna. Al ver el resto de lo que minutos atrás había sido un extraño hombre de rasgos árabes, comenzó a pedir explicaciones y solicitar ayuda a los gritos, pero nadie pudo entenderlo, como era costumbre en plena resaca.

Con el paso de las horas pudo divisar mucho movimiento extraño, de gente y papeles por igual. Fiel a su condición esquiva y solitaria, decidió seguir todo desde las sombras. Una vez que el conserje abandonó el edificio, el diplomático que aún pasaba inadvertido salió a paso apresurado siguiéndolo.

Sacó su petaca, y le dio el último beso. Un proyectil ya había sido disparado hacía su confusa figura, de pintoresca imagen y paso errante. Ya nunca lo verían entrometerse nuevamente…

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Llovía hace semanas, y hacia tanto tiempo no se veía la luz del sol. Estaba por amanecer pero, en el mundo entero, ya nadie esperaría el alba. Luego de años de guerra, la tierra había cedido ante el maltrato del hombre. La oscuridad y el agua, todo lo cubrían, y los pocos habitantes del planeta que, habían sobrevivido a las atroces catástrofes, se encontraban refugiados en las montañas.

Esa mañana la lluvia ceso, y entre las grietas asomaron los primeros rayos brillantes.

Curioso por ver que ocurría, decidí asomarme junto a un pequeño grupo de personas que se encontraba allí conmigo. Quedamos anonadados al ver, desde la meseta, que el agua había retrocedido, y el sol salía desde el oriente. En las laderas se veían grupos temerosos de hombres que, al igual que nosotros, querían ver que estaba sucediendo.

A lo largo y a lo ancho, no se divisaba construcción alguna, o elemento propio de los últimos días de la contemporaneidad. A la intemperie, un frío helado, como nunca había sentido, estremecía hasta lo más profundo de mis huesos. En las llanuras lejanas, podían divisarse animales y plantas de desconocidas formas y asombrantes tamaños bajo el cielo cobrizo, un paisaje que solo había visto en libros o museos. Pero aquello era tan real como el viento gélido, más puro aún que el de cualquier fresca mañana que me haya tocado vivir. Tan real como aquellas inmensas aves levantando vuelo que, lejos de ser palomas, agitaban sus aletas por sobre inmensas copas de árboles.

Algo en mi interior supo en ese instante que, de alguna extraña manera, nosotros como humanos habíamos sido perdonados, y era momento de volver a hacer. Como si en algún momento del camino nos hubiésemos desviado, y ese fuese el momento para empezar nuevamente de cero. Lo supe cuando no pude expresar lo que sentía en palabras. Como si el lenguaje todavía no existiese, intentaba modular mi boca y decir algo, pero no había caso… Quizás haya sido también que, entumecidos los músculos de mi cara, estaba ya despertando de mi sueño…

“Haiku”

Pueblo olvidado

hasta los rieles duermen

bajo la grama.

Nuevo Haiku:

Duermen en la grama

olvidados del pueblo

hasta en los rieles.

El cielo aún estaba despejado cuando la expedición partió hacía el desierto. Éramos 9 hombres: buscavidas, valientes y aventureros. Lo habíamos planeado toda la semana, bebiendo en exceso, casi sin poder dormir. Sea como sea, teníamos que volver a El Cairo con el tesoro del desierto en manos. Al alba de un Domingo partimos, y nos dirigimos hacía los páramos.

Dos tardes después, en una alucinante polvareda que, en forma de tormenta se alzó frente a nuestros ojos, entendimos como una fascinante aventura (cuidadosamente planeada y fervientemente anhelada) se deshizo como la arena en el viento.

Habrán pasado minutos, horas o días, nunca lo supe bien. Pero nunca más vi a mis compañeros. A donde posaba la mirada se alzaban imponentes montañas de arena.

Poco después, bajo alguna desdibujada puesta de sol, antes de ceder ante el calor y las salvajes criaturas carroñeras, pude ver a lo lejos un río. Mi última esperanza a unos pocos pasos, y yo a duras penas todavía respiraba. Intente acercarme.

Pudo haber sido una alucinación, ver a aquella mujer, posada sobre una roca; de esas

fantasías con las que los demonios del desierto tientan a los viajeros al fin de

perderlos. Temeroso fui a su encuentro, pues yo ya estaba perdido…

Hace tiempo perdí la noción del paso de los días. Sólo recuerdo el momento de la partida, y de ese entonces hasta ahora. Soy un hombre sin historia, si es que sigo siendo un hombre. Nadie sabe de mi, más que ella, ama y señora de los viajeros perdidos.

Sin razones ni certezas, me arrastro entre sus pies, día y noche vagando sobre el polvo.

Tantos como yo que, algún día salimos en búsqueda de riquezas, la adoramos del alba al anochecer, extasiados, como si de un flagelo eterno tratase.

Ella ríe, y levanta sobre el firmamento ráfagas de tierra, esperando que algún otro valiente se pierda embriagado en su cintura de arena.