Falcone Florencia


Sentada frente a su computadora, Rocío se dispuso a investigar para el trabajo práctico que tenía que hacer sobre las Grandes Dionisias. Ella era amante del teatro, y a pesar que le encantaba el tema en cuestión, la información que encontraba le parecía muy aburrida, ningún texto lograba cautivarla.

Luego de varias horas de leer, cansada y sin inspiración para escribir, el hipervínculo de una página Web le llamó inexplicablemente la atención. Decía, “conozca el antiguo teatro griego como nadie se lo ha mostrado”. Intrigada, hizo clic, y luego de experimentar una extraña sensación, se encontraba sentada en las gradas de un teatro, entre el multitudinario público. Estaba totalmente desconcertada, pero se propuso no pensar qué había ocurrido y disfrutar el increíble momento. En ese instante, logró vislumbrar la estatua del dios Dionisio, que se hallaba en un altar en el centro del teatro. “¡Las Grandes Dionisias!”, exclamó la joven, algo exaltada.

Comenzó a prestar más atención, y por el conocimiento que había adquirido luego de leer tanto sobre el tema, se dio cuenta que estaba entre el tercer y sexto día de la fiesta, en los que cada autor presentaba cada día una trilogía y un drama satírico.

Las máscaras que usaban los actores le parecían increíbles, eran gigantes al igual que los coturnos, unos enormes zapatos de madera que daban altura a los actores. Los ropajes diferían en colores, oscuros, alegres, normales, y negro para el coro, que estaba junto a la orquesta y acompañaba a la escena.

Mientras contemplaba al diverso público, desde los prestigiosos ciudadanos ubicados en asientos preferenciales hasta las distintas tribus que tenían sus sectores asignados, Rocío tuvo una ráfaga de inspiración., y luego de sentir la misma extraña sensación de antes, se hallaba nuevamente frente a su computadora, dispuesta a escribir el mejor trabajo práctico que jamás hubiera imaginado.

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El ovillo de lana

Eran las 3 de la mañana y el Inspector Álvarez aun no quitaba los ojos de la escena del crimen. Todo estaba en perfectas condiciones en aquella oficina y transcurrida ya una semana, no se había logrado hallar pista alguna.

La calma que allí reinaba fue interrumpida por el ingreso a la habitación de una hermosa pero extraña mujer, con cabellos largos y tez albina, que traía a su lado a la mascota de la víctima. Los allí presentes comenzaron a intercambiar datos, hipótesis y declaraciones con la recién ingresada, pero todos quedaron en silencio cuando el animal se soltó de la muchacha y comenzó a olfatear hasta detenerse en un rincón donde había muchas bolsas con ovillos de lana en el interior.

El Inspector no cesaba de lamentarse, no podía creer cómo un objeto tan banal como aquel podría contener en su interior la respuesta del misterioso crimen. Ovillos con manchas de sangre, y el más pequeño de todos, el que ante cualquiera hubiese pasado desapercibido, contenía la pista fundamental, la bala que había terminado con la vida de Manuel Castillo.

Ahora todo comenzaba a concordar. El viaje inesperado a Albania de la mujer de Castillo por “cuestiones laborales” y la renuncia de la secretaria de éste, la misma semana de su muerte, no eran hechos aislados. Todo tenía su razón su ser, y cuando en la investigación se halla a un delator, los interrogantes comienzan a responderse fácilmente. Una desdichada mujer, aquella subsecretaria de cabellos largos y tez albina, que no pudo hacer más que romper el silencio y relatar los conflictos que a diario se desarrollaban en aquel lugar de trabajo; las aventuras de su jefe con la secretaria, las desventuras de éste con su mujer, y un sin fin de acontecimientos.

Una vez más, conflictos amorosos, relaciones pasionales, amor, infidelidad, venganza, terminaron con la vida de un hombre, asesinado por su propia esposa.

Haiku original:

El hombre aquel

que labra la tierra

parece inmóvil

Haiku propio:

La rutina

lo ha petrificado

en el paisaje

Explicación:

Al leer el Haiku original, lo que interpreto es desde lo que sería la mirada del trabajador, es decir, el hombre que labra la tierra. Centrándome en su punto de vista, creo que el trabajo sistemático, la rutina, lo hace sentir como una pieza inseparable de ese paisaje, como dos partes que necesariamente están asociadas. Por ello, el verso que dice “parece inmóvil” lo relaciono con la palabra petrificado, refiriéndome de esta forma a que el hombre ya es parte del paisaje. Luego asocié los términos tierra-paisaje, y el verbo labra con rutina, considerando como tal al trabajo del labrador.