Comisión 63


Eran tiempos bravos para los indios, escasos en cuánto a alimentos, y difíciles en cuanto  a la realización de su vida habitual. Los blancos, comúnmente llamados, interceptan las tierras indígenas matando a todos los indios que se le interponían en el camino, y trasladándolos cada vez más cerca de la frontera. Toda esta situación obligaba a los indios a defenderse y buscar abastecerse de la forma que podían. Muchas veces realizaban malones para conseguir alimento. Llegaban a las tierras habitadas por los blancos y con sus elementos: boleadoras, arcos y flechas sorprendían a estos hombres y le quitaban lo que les era útil para ellos.

Un día al hacer un malón habitual, se trajeron como recompensa, además del alimento que fueron a buscar, un niño de bellos ojos celestes. Esta recompensa fue en venganza de  los tantos niños de su tribu que fueron matados por los blancos. En un principio, pensaron sacrificar al niño blanco utilizándolo como ofrenda para los dioses en uno de sus rituales, pero fue tanta la ternura que los ojos de aquel niño trasmitían que terminaron incorporándolo a su tribu como uno más.

  Le enseñaron su lengua, su cultura, sus rituales; le enseñaron a cazar y a fabricar armas para su defensa. Lo único que le quedaba de su descendencia eran los ojos celestes y la tez blanca, pues se había convertido en un indio respetado por toda la tribu.

Un día, mientras estaban realizando uno de sus rituales matutinos, una pareja de hombres blancos, escoltados por un grupo de soldados, se hiso presente allí. Los ojos de aquella pareja eran tan celestes y penetrantes como los del niño blanco. La pareja  reconoció al niño, y al mirarlo comenzaron a caer lágrimas sobre sus ojos. Fue entonces cuando lo llevaron con ellos, tras pronunciar unas palabras que los indios no llegaron a comprender.  

Pasaron varios meses en los cuáles la tribu no volvió a ver al niño. Ya sus esperanzas de reencontrarse con él eran nulas, pues creían que lo habían matado, cómo a tantos otros niños de su tribu. Sin embrago, un día el niño blanco, ya hecho todo un hombre, volvió a las tierras desiertas. Allí lo esperaba su tribu, ya que si bien su sangre era blanca,  su corazón no lo era; se había criado entre los indios, y aquellos le habían enseñado a ser el hombre que es. Por ello era inevitable pensar que no lograría adaptarse a las costumbres de los blancos, los  que lo habían dado a luz, pues su vida correspondía a esa tribu, y nada más que a ella.

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Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que aquel día cuando me había confesado todo. La recuerdo como una de esas tardes que nunca debieron existir. Ni los pájaros cantaban, no sé si por el frío penetrante o por la tristeza del cielo que se ocultaba tras un uniforme óleo grisáceo. Michelle estaba sentado en la silla más deteriorada de la casa. Se inclinaba hacia delante con el codo derecho reposado en el muslo y la cabeza adormecida sobre la mano, en perfecta reflexión.

¿Estás preparado?– me preguntó de repente, seguro de que era tan indispensable decirlo como perturbador escucharlo.

¿Eh?– contesté con pleno desinterés, todavía con algunas lágrimas secándose en mi rostro.

No fue un accidente– dijo interrumpiendo el ambiente de duda –Lucía no se intoxicó…-.

Un ruido me sobresaltó. Creí que era Michelle pero no. Todavía estaba parado ahí, frente a la puerta, paralizado por el desconcierto y la vergüenza. La misma vergüenza que acarreaba de aquel día y que lo había hecho volver con la misma mochila que se había llevado. Su visita me desconcertó tanto como cuando me dijo la verdad.

Se murió por mi culpa– confesó al tiempo que cubrió su cara con ambas manos y estalló en un sollozo indigno de su habitual firmeza.

¿Qué decís? ¿Qué estás diciendo? ¿Vos…? ¿Vos la…?

¡No! ¿Estás loco? Sabés que soy incapaz de matar una hormiga– gritó Michelle tartamudeando con visible desesperación.

Entonces no hables estupideces, ¿querés? ¿Qué me venís a…?

¡Lucía se suicidó, Carlos!– Michelle se levantó con violencia y se marchó de mi casa ágilmente luego de agarrar su mochila gris.

Nunca más lo volví a ver hasta este momento. Cuando abrí la puerta, unos segundos largos, eternos de tensión, se apropiaron de nosotros. No teníamos nada que decirnos.

¿Qué hacés acá?– me anticipé a sus explicaciones –vos sos un mentiroso, ¿no te alcanza con el mal que ya me…?-.

Lucía se suicidó porque te amaba– me interrumpió Michelle.

¿Qué estás diciendo? ¿No te das cuenta de que no tiene sentido? Nada tiene sentido, ¿por qué querés lastimarme así?-.

Lucía te amaba tanto que no soportó enamorarse de mí.– afirmó con una serenidad tranquilizante y el rostro más triste que jamás haya visto –Lucía murió por mi culpa, perdoname.-

Entonces comprendí a Michelle y me vi a mí mismo con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Cerré la puerta. No quise preguntar nada más.

Santiago Fernandez

Comisión 63

El profesor hablaba sin parar. Mis compañeros escribían todo lo que él decía. Como a mí me daba pereza me distraje viendo las fotos del libro. Al principio me pareció raro, me asusté. Llamé a Ana, la fea de al lado, para mostrarle lo que estaba pasando, pero ella  escribía compulsivamente, así que no me prestó atención. La imagen se movía. ¿Sería que estaba alucinando? No, el jefe de la tribu azteca me estaba llamando. Al ver que yo no respondía, tomó una tabla de piedra y con sus herramientas, talló unos símbolos. Era una especie de cartel, pero yo no entendía su idioma.

Mi corazón empezó a latir más rápido. Sudaba frío. Desesperado, quise interrumpir la clase. Levanté la mano, pero el profesor no lo notó. El azteca empezó a gritar y seguía haciéndome señas para que entrara en la imagen. ¿Pero cómo? Sentí cómo su áspera mano me agarró del cuello y me jaló. Caí en el suelo.  El azteca me empujó de una patada al “juego de la pelota” que se estaba llevando a cabo. Todos corrían a mi alrededor, me golpeaban. Parecían no percatarse de que había un muchacho con guardapolvo blanco en medio de su partido.

El público gritaba. Eran solo hombres. El estadio era muy raro. Tenía unas paredes enormes. Recordé las reglas del juego que había explicado el profesor. Entonces empecé a correr detrás de la pelota.  Cuando por fin la tuve en mis manos, me di cuenta que no era una pelota normal sino una piedra. Era tan pesada que me lastimé al agarrarla y la dejé caer. Al parecer esa era una jugada que se penaliza. Me dejaron afuera de la cancha.

Aproveché para salir corriendo. ¿Cómo podía volver a mi mundo? Necesitaba un teléfono para llamar a casa. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba en México? ¿Que el libro de historia me había atrapado? Justo encontré al tipo que me había metido en la imagen. Le dije que quería volver  a mi clase. No se le movió ni una pluma de la cabeza con todos mis reclamos. Siguió fumando con su pipa larga unas hierbas que olían muy mal. Tenía muchos collares en su cuello. Según el profesor, estos adornos solo los podían portar los chamanes o los jefes tribales.  

Como no podíamos comunicarnos por las palabras, decidí quedarme callado y seguirlo. En definitiva él quería mostrarme algo, por eso me había traído a su mundo. Me llevó a una especie de choza hecha de paja. Adentro estaba todo lleno de telas de colores y de mujeres que limpiaban. Parecía que estaban decorando para una actividad importante. ¿Sería mi bienvenida? ¿Me irían a iniciar en su tribu? ¿Juan, el primer azteca blanco?

Afuera había más mujeres trabajando. Unas recogían frutos de los árboles mientras otras tejían y otras cocinaban con una especie de ollas de piedra puestas arriba de pequeñas fogatas. Los niños corrían de un lado para el otro. Las niñas por un lado y los varones por otro. Recordé mis primeros años de primaria, siempre jugábamos juntos, no existía esta distinción de sexos.

Volví a buscar al jefe, y ahí estaba parado frente a mí con un plato lleno de unas verduras que yo nunca había visto.  Esperé a que me diera cubiertos. Al cabo de unos segundos me di cuenta de que eso no iba a suceder, ya que esa era una costumbre de occidente. Así que tomé algo que parecía una papa, me lo introduje en la boca e inmediatamente sentí que era la mejor papa que había probado en mi vida…cerré los ojos para saborearla con más gusto. Empecé a sentir que la saliva se desbordaba de mi boca, era la mejor comida del mundo, olvidé que estaba en México, olvidé al jefe, olvidé el libro de historia….sentí que levitaba de felicidad, de regocijo … una mano suave me acariciaba la cabeza y la cara…De pronto el rico sabor se convirtió en un terrible olor. Abrí los ojos y ahí estaba Ana, a punto de darme un beso con su asqueroso aliento. ¡Qué asco! Otra vez me había quedado dormido en la clase de historia.

Maria Eva Carfagnini. Com. 63

 

No me pueden encerrar. Yo sólo lo hice por mi familia. Necesitábamos el dinero. Claudio me prometió no delatarme. Éramos amigos. El sabía que yo necesitaba la plata. Pero no sé porque lo hizo. No lo entiendo… ¿Quizás no fue él, no?, ¿Cómo podría hacerme eso a mí, su fiel compañero?

Voy a negar todo lo que me digan. Tengo que estar tranquilo, los nervios son un mal indicio. La desgracia no me puede ganar. ¡Dios mío!, que pensarán mis hijos cuando se enteren en que se convirtió su papá. Me van a odiar, y con razón por cierto. No, no puedo permitirlo. Tengo que hacerlo algo. Ya sufrieron demasiado por mi culpa y…

No me acuerdo bien de ese día. Estábamos cerca del almacén… Yo no quería hacerlo. Pero no me quedaba otra. Claudio me insistía, y bueno, él estaba acostumbrado a esos trotes. No me hagan daño dijo la anciana, dueña del lugar. Esa no era mi intención, en absoluto. Mi compañero manejaba la situación, eso me facilitó las cosas. Todavía recuerdo el temor de la pobre viejita. Yo me sentía igual de aterrado… Basta. No debo recordar más ese momento. Tengo que concentrarme en la declaración.

¿Dónde estará Claudio? Él me tiene que ayudar. Me deje guiar por sus ideas, y, mira como terminé. Este apestoso patrullero, lleno de robustos policías, que me maltratan constantemente. ¡No me puede pasar esto a mí!

Bueno. Llegó el momento de actuar. Que la suerte me acompañe al cruzar esa puerta. Tengo que ser creíble y nada más que eso.

Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que aquel día cuando me había confesado todo. Con esa mirada triste que lo caracteriza hace años, desde la pérdida de su madre.

Los Versen habían sido una familia normal. Michael era único hijo, lo que significaba que fuera el malcriado de su madre. Aunque el padre no se quedaba atrás, pues, lo adoraba enormemente, amor que se plasmaba en las largas caminatas por el parque, aquellas que realizaban juntos todas las mañanas. Sin embargo, este equilibrio familiar se rompió cuando Carl, su padre, murió repentinamente de una enfermedad terminal. Esto trajo mucha conmoción en la familia. Y una profunda tristeza en Michael, quien no lo logró superar.

El tiempo pasó, y tres años más tarde su madre, Elsa, conoció a un hombre que conquistó su corazón. La relación siguió profundizándose, y pronto la familia Versen había vuelto a tener una figura paterna. Pero, como era de esperar, Michael, no aceptaría esa relación, y la actitud materna significaría para él una traición familiar. Aunque sentía dolor por la actitud de su progenitora, nunca esto se transformó en odio, al contrario su amor mutuo no se podría disolver jamás. No obstante esto no justificaba la incomodidad del joven. Vivía los días en esa pequeña casa de Palermo, como insoportables, como una carga con que debía acarrear, pero que no podía soportar jamás. La situación se agudizó cada vez y lo llevó a cometer un acto del que se arrepentiría por el resto de su vida.

 Recuerdo ese día cuando tomó el coraje de contármelo. Era un miércoles al mediodía. Estábamos sentados en la plaza, aquella por la que caminaba junto a su padre, escuchando el sonido de los pájaros y contemplando la bella tranquilidad que nos rodeaba. Cuando entre lágrimas me dijo:

– No soporto más esta presión. Sólo quería vengar el honor de mi padre, pero la mala suerte volvió a entrometerse en mi camino.

Su plan y el desarrollo llevado a cabo rondan en mi mente como ideas que no encuentran lugar donde situarse. Cómo había envenenado a su madre por equivocación, con aquella poción que era para su esposo y que accidentalmente su madre injirió; y lo monstruoso que se sentía al encontrarla yaciendo sobre el piso de la cocina con el vaso en la mano, eran recuerdos difíciles de olvidar. Todo esto me prolongaba a un círculo irreal que me generaba mucha confusión: ¿Debía guardar el secreto o delatar a mi amigo? Me hallaba en la disyuntiva cuando un ruido me sobresaltó. Creí que era Michael, pero no. Todo lo proyectado era producto de mi mente, ya que mi viejo amigo al terminar de contar su historia se marchó y desapareció entre los árboles de aquella plaza. Esta rara sensación me condujo a recordar la muerte de mi hermano, atropellado por un colectivo cuando regresaba a casa. Fue entonces cuando comprendía a Michael, y me vi a mi mismo con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Si bien, quizás nunca más volvería a encontrarlo, pues creía que la desgracia le había vuelto a ganar, y debía buscar otros rumbos. Por otro lado, en mi mente yacía un sentimiento común que nos unía enormemente: el destino desdichado. Mi decisión ante esta antinomia que se reproducía internamente en mi ser fue la de tratar de olvidarlo.

Tiempo después, me encontraba de viaje en Rosario, mi ciudad natal, cuando un día, caminando por el centro con mi primo, se me hizo ver a Michael, sentado en un banco de la plaza principal. Mi inquietud fue inmediata. Le pregunté a mi primo si conocía al hombre ahí sentado, y me respondió inocentemente que era un loco que hace tiempo merodeaba por aquella plaza. La noticia me perturbó de tal modo que no quise preguntar nada más.

 

 En un  pequeño  pueblo cercano a Transilvania, vivían un grupo de niñas que tenían por pasatiempo  ir a la estación de tranvías de la cuidad. Todos los mediodías, después del almuerzo se juntaban en la esquina de la casa de una de ellas y partían hacia la estación. La  terminal de tranvías tenía para ellas un significado especial. Esas veinte cuadras que separaban la casa de Silvana, lugar donde se encontraban usualmente, de la estación, simbolizaban para ellas un camino hacia la felicidad. Cuando llegaban a la estación solían sentarse en un banquito que estaba al final de uno de los andenes y de allí miraban pasar los tranvías. Cuando se aburrían de estar yaciendo sobre el banco, se ponían a jugar. Su juego consistía  en hacer de estatuas  y tomaban como público a la gente que pasaba en el tranvía de las 15.30.

Su juego cambió notablemente un día cuando, mientras Silvana hacía una de sus estatuas preferidas, de un vagón calló un papelito que decía: “Muy lindas las estatuas. Viajo en la segunda ventanilla del cuarto coche. Mi nombre es Gonzalo”.  Desde ese día las chicas esperaban oír la silvatina del tranvía que estaba llegando, para retomar su juego de estatuas diario.  Ya desde el segundo día reconocieron al chico desde la ventanilla y se saludaban fervorosamente. Cada día que pasaba se había convertido en una rutina muy divertida para ellas, el esperar que Gonzalo las salude y les sonría tan amablemente.

Después de varias semanas de este juego tan singular, decidieron subirse al vagón  y conocer personalmente al chico de sus sueños. Ese día, sin embrago, Gonzalo no viajaba allí. La angustia ingresó a sus corazones, ya que habían anhelado tanto este momento de encuentro, que nunca imaginaron aquella decepción. Viajaron un par de estaciones más hasta llegar a Transilvania, la terminal de aquel tranvía, anhelando poder encontrarlo. Si bien habían recorrido esta ciudad un par de veces cuando eran más pequeñas, nunca se sintieron tan maravilladas con la mística que este lugar les proporcionaba.  Quizás una de las cosas que más las maravillaba era la abundancia de ranas que había en el parque central del comienzo de la avenida, ya que para su pueblito estas criaturas naturales eran inusuales. Pero también las encandilaban los vivos colores que en los edificios prevalecía.  Comenzaron a recorrer las calles laberínticas de la cuidad hasta llegar a un pequeño bar en la calle principal. Pensaron que su avatar había terminado, sin embargo,  se equivocaron. Entraron al bar,  ya agotadas por tanto recorrido, y mientras decidían que tomar, se dieron cuenta que en una pequeña mesa en un rinconcito se encontraba un chico muy parecido a Gonzalo.  Entre ellas, fervorosamente, decidieron quien iba a acercarse a él. Cuando finalmente la elegida tomo coraje, el chico salió del bar y cruzó la avenida hasta desaparecer entre la gente. Su intento de perseguirlo se desvaneció rápidamente. Las chicas tomaron un café,  y decepcionadas con el encuentro, volvieron  de regreso a su casa, con una idea fija en sus mentes: nunca más volverían a practicar  ese juego que las hizo ilusionar en vano.

En silencio, así había estado todo durante los últimos meses. Miró a su alrededor, siempre el mismo paisaje, siempre esa quietud que hartaba. Sabía que no le quedaba mucho tiempo allí, así que intentó disfrutar de todo eso por última vez. Su cuerpo parecía flotar, sus brazos se movían a su alrededor, sus piernas mostraban un vigor nunca antes visto y que le sorprendía. Se preguntaba por qué se sentía tan bien justo a instantes de que todo estuviese por acabar. No pudo reflexionarlo mucho, el momento había llegado.

Un terrible dolor le invadió todo el cuerpo, sintió como si se ahogara, todos sus músculos se entumecieron. No tenía miedo, sabía que esto debía suceder de esta forma y que sólo duraría unos minutos. Sus huesos parecían quebrarse, su piel rasgarse; perdió la razón por el dolor y entonces ocurrió…

Sintió frío, conoció el frío.  Una luz blanca le impedía abrir los ojos y tan sólo escuchaba voces a lo lejos. Ya no parecía flotar, todo lo contrario, su cuerpo entero era víctima de una fuerza inexplicable. Su piel recibía cientos de sensaciones distintas que no podía procesar. Inspiró una gran bocanada de aire y la exhaló en un grito atormentador.

Con gran esfuerzo, logró entreabrir los ojos para encontrase con la imagen más sorprendente que ni en sus más alocadas fantasías hubiese imaginado: enormes seres vestidos de verde con sus caras cubiertas con una tela blanca lo miraban con atención mientras pasaban suavemente sobre él una toalla. Intentó moverse, pero fue inútil, sus capacidades eran inservibles en este medio extraño.

Atónito, miraba a su alrededor: paredes blancas, objetos plateados que reflejaban la luz y más de estos seres. Él no sabía que esto ocurriría, que esto era lo que se encontraba del otro lado, no lograba ordenar sus ideas. Intentó descifrar lo que estos seres decían para comprender qué estaba sucediendo pero fue en vano, sólo logró retener una frase que pareció traerle alegría a uno de estos seres que estaba recostado: “Felicidades, es un varón”.

Mariana Rodrigo – Comisión 63

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