Abalos


Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que el día aquel, cuando me había confesado todo. Me hablaba mostrando sus aires de señor, haciendo como que nada había pasado. Solo yo sé cuanta rabia sentí… Me hablaba de un viejo amor que en ese momento prefería no recordar, pero que lamentablemente lo sigo llevando conmigo y sé que lo voy a tener dentro hasta el día que muera. Descaradamente me hablaba de sus errores, como si fuera que podía remediarlos. Mi postura siempre será que la infidelidad no se perdona y mucho menos cuando fue con la tía de tus hijos.

Es inevitable entrar en discusión con él, me pasa eso hasta el día de hoy. En ese momento un ruido me sobresalto creí que era Michelle pero no. Mi hermana lo conoce, sabía que podía ir tranquilamente a buscarme, mostrando arrepentimiento. Yo sentía que ella podía llegar en cualquier momento, la conozco. Aunque ya no la sienta mi hermana en su momento compartimos la vida…

En un momento él se puso a llorar diciéndome que necesitaba volver a estar conmigo, me hablaba de recuerdos y de proyectos a futuro… Recordando esto, siento que hubiera sido ayer. Mi hermana era muy infeliz con él, al igual que lo había sido yo. Tenía una facilidad extraordinaria de convencer. Entonces comprendí a Michelle y me vi a mi misma con la misma expresión en el rostro, como si me hubiera desdoblado. Sentía que me estaba convenciendo al igual que lo hacia con ella.

Luego de largas horas de conversación, entre reproches, lagrimas, arrepentimiento, culpa; sentía que diga lo que diga la coraza que se había formado en mí no podía disolverse. Me canse de dar y recibir explicaciones. No quise preguntar nada más…

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¡Tengo que dejar de temblar!,  hay la puta que lo pario que frio que tengo.  Encima estos imbéciles, viejos verdes ¡que asco me dan!

Lo amo, lo amo. ¡Hay me siento tan sucia! Pero todo sea porque lo amo. Si cuando se despertó tenia su desayuno listo,  el abrigo a mano.  Si anoche le cocine los sorrentinos que me enseño a hacer mamá cuando a penas nos casamos. Por que le gustan mucho, yo se que le gustan mucho. Pero pensé que yo le gustaba más. Mucho más que los sorrentinos. Me va a extrañar. Ya no va a tener quien le cocine tan rico como lo hacía yo.

¡Que alguien me explique que carajo te hizo! Nunca te gustaron las rubias. ¡Yo lo se! Era más joven, pero por favor que pinta de atorranta tenía. Pobre, por  idiota quedo así. No era para él. Solo yo, solamente yo soy para él.

No se esta despidiendo de ella, nunca le gustaron las despedidas. Por lo menos si se despide es por que no la va a ver más. ¡Valió la pena todo esto!

Hay que ganas de dormir y no despertar más… ¡Qué dolor de cabeza!

Todo por vos. Yo sé que lo confundió. No fue su culpa. Pero si nunca le gustaron las rubias, no se, ¿Desde cuándo? ¿Porqué?…

La puesta del sol se iba retirando sobre la tarde, tenían en sus mentes la intensa incertidumbre mezclada con ansiedad por ver lo desconocido. Se dirigían rumbo a las playas que están situadas en lo que hoy en día es Barcelona; habían construido una especie de  barco con sus escasos materiales, éste estaba preparado para su primera travesía.

Entre las historias que murmuraban por los mares, se hablaba de que estas playas ya estaban habitadas. Esta tripulación compuesta por hombres, mujeres y niños, tenía el inmenso deseo de asentarse en ese lugar desconocido  y disfrutar de sus supuestas riquezas ocultas. Todo para conseguir una vida mejor.

Pasaron los días, se encontraban compartiendo carne en el momento de la cena; ansiosos, inquietos, pensantes. Padecían todos los síntomas que ocasionan la incertidumbre, la duda. Sabían que al amanecer llegarían a destino…

Al día siguiente a penas el sol había salido, llegaron a ese lugar paradisiaco, soñado. Al pisar esa arena dorada sintieron la necesidad de comenzar a recorrerla. Lo primero con lo que se encontraron fuera de la imagen maravillosa que poseía este lugar, fueron restos de madera, retazos de lona que simulaba ser de una bandera, restos de materiales muy familiares para ellos,  era de una tribu, pero solo quedaban sus restos. Un cierto temor se apodero de ellos, no se podía entender como en una guerra aborigen los restos podían quedar tan destruidos. En ese momento se escucho el rugir de un león a pocos metros del lugar desde  donde  observaban el espacio; solo los hombres corrieron tras él, suponiendo que los llevaría a ver algún indicio de quienes habitaban. La selva que comenzaba a orillas del mar desembocaba en una Gran ciudad desconocida. Descubrieron lo que luego reconoceran como Civilización…

Abalos Yesica S.

Comencé a recordar mis primeras simpatías hacía la literatura… tendría casi 11 años cuando leía los típicos cuentos infantiles a mi hermana menor. Entre ellos había uno que era un tanto más complejo, para mi gusto demasiado, lo había sentido nombrar en uno de mis amigos más cercanos; el hablaba de ¨El Principito¨. (más…)