comisión 62


Era la primera vez que Luis conocería la casa de su amigo Claudio, quien se ausentaría unos meses fuera del país para vacacionar.
Una vez estacionado su auto y cerradas sus puertas, se tomó unos segundos para contemplar la fachada de aquel formidable solar. No era el tamaño, sino el aspecto de esa casa lo que producía cierto deleite al verla. Definitivamente, su poseedor era alguien que conocía, en algún aspecto, el arte de la combinación de los colores para captar la atención de un espectador. Y esa casa, moderna pero no convencional, llamativa pero no escandalosa, voluminosa pero no inmensa, tenía esa dosis justa de atributos que, auque la ofrecieran como común y corriente, a la vez la convertían en algo que no podía ser salteado por la vista tan fácilmente. Paredes blancas. Tejado, puertas y ventanas negros. El exterior de la casa, sólo esos dos colores. Sencillo pero imponente.
Luis debía encargarse de visitar la casa periódicamente, para regar las plantas y alimentar al gato. Luego de observarla unos instantes, finalmente se dispuso a entrar. Después de todo, tenía un par de tareas que realizar y luego volvería a sus actividades del resto del día. Para su asombro, la casa era notablemente distinta por dentro. Dicen que la decoración de una casa es, a veces, el reflejo de alguna característica de la vida de quienes habitan en ella. Y definitivamente, allí dentro la decoración revelaba en sus máximas expresiones la dedicación de un artista. Claudio era una clase de artista, por así decirlo. Su trabajo era la fotografía. Su obsesión, los colores. Y el exterior de su casa mostraba una sutileza que el interior desgarraba con intensidad. Los colores de las paredes y los muebles eran llamativos y variados, aunque seguían cierto esquema de orden. Su organización era provocativa y a la vez interesante. Y las paredes se encontraban adornadas de fotografías de bebés, niños, parejas, músicos, deportistas, animales y hasta familias enteras que en algunos casos ocupaban toda una pared formando con los cuadros un árbol genealógico.
Luego de atravesar el comedor y estando en la cocina, Luis sirvió alimento para gatos en un pequeño plato y lo colocó en el suelo. Esperó unos segundos a que el gato apareciera instantáneamente para comer, pero éste no se manifestó. Probablemente estaría durmiendo en otro cuarto, mueble o repisa.
Faltaba entonces regar las plantas solamente, por lo que Luis se dirigió hacia el jardín en la parte trasera de la casa. Para su sorpresa, sólo había tulipanes plantados, todos blancos. Todos excepto un llamativo rectángulo de tulipanes color violeta intenso, entre tantos tulipanes blancos. Ese jardín poseía la combinación entre la sobriedad del exterior y, a la vez, la audacia del interior de la casa. Al regar los tulipanes lentamente y con dedicación, Luis prestó especial atención en la tierra de los tulipanes violetas. Al parecer ésta era más oscura, más nueva que la que se encontraba debajo de los tulipanes blancos. Probablemente los violetas habían sido colocados hacía no mucho, pero sin lugar a dudas eran relativamente nuevos, o por lo menos más nuevos que los blancos.
Cumplidas ambas tareas y una vez dentro de la casa, Luis se preparó para dejarla en breve. Tomando su abrigo se detuvo unos minutos más para contemplar los muebles del living. Todo se veía en perfecta armonía, hasta que su vista tropezó con un mueble de altura mediana y un solo cajón.
Su amigo Claudio había sido bastante claro respecto a que sólo hacía falta darle mantenimiento a las plantas y a su mascota. Pero Luis no podía quitar la vista de aquel mueble que tenía frente a sus ojos. No era el mueble lo que llamaba su atención, sino el cajón que poseía. Con una cerradura, y pétalos de tulipán violeta pegados, distribuidos en los alrededores de la misma. Luis era una persona sumamente respetuosa de la privacidad de las personas, pero ese cajón tan peculiar producía en él una sed incontenible de curiosidad que estaba dispuesto a saciar. Probó abrirlo, pero estaba cerrado, debía haber una llave en algún lado. De repente se escucharon ruidos en la cocina. El gato entró al living. Era de color blanco, naranja y negro, tan llamativo como la casa, y poseía unos profundos ojos negros.
Sin quitarle la vista de encima a Luis, el gato caminó hacia él, dando un salto hacia el mueble y con un par de movimientos logró acomodarse. Lleno por el alimento, su mirada era fija pero no agresiva. Luis lo acarició, prudente, y observó que el gato tenía un collar en su cuello. De su collar colgaba una llave. Habiéndose ganado la confianza del animal, Luis tomó la llave y la insertó en la cerradura del cajón. La ansiedad por la coincidencia se incrementaba en él, al igual que sus latidos. Y al abrir el cajón lo primero que vio fueron fotografías. No eran de parejas, ni de bebés, niños, animales, músicos, deportistas, animales o familias. Eran muchas fotos de una sola mujer, una bailarina de danzas árabes. Sonriente, carismática, seductora, posaba en las fotos del pilón que Luis contemplaba. La belleza de su rostro era motivo de deseo, y sus vestimentas eran realmente llamativas. Violeta. Un violeta que no estaba en ningún otro sitio del interior de la casa, que no se veía en ninguna otra foto o pared o mueble. Un violeta que sólo esa mujer, los pétalos del cajón y los tulipanes del jardín poseían.
Luis se estremeció. ¿Qué tan enloquecedor podría ser ese color? ¿Qué sentimientos sería capaz de despertar en alguien ya obsesionado? Pensamientos alborotadores poblaron su mente, y se repetían una y otra vez la misma secuencia de imágenes. Fotos de una bailarina sugestiva con atuendos violetas, pétalos de tulipán violeta pegados al cajón del mueble, un rectángulo de tulipanes violetas plantados recientemente. Un rectángulo en un jardín, con flores, ¿a qué se asemejaba eso? Fue entonces cuando Luis le dio un nuevo sentido a las palabras que su amigo le había dicho antes de viajar: -“Estaré fuera del país unos meses, últimamente algunos asuntos de mi trabajo me han perturbado un poco.”-

Guadalupe Castiñeira
Comisión nº 62
(Tp nº 4, “Describir el indicio”)

Anuncios

Esa sexta y penúltima noche de estadía lo había encontrado entre mujeres, tragos y apuestas en el casino del hotel. La bella blonda que logró deslumbrar a Jaas, el diplomático holandés, se había esfumado por un largo período de sus ojos, y éste se dedicó a buscarla entre mesas de blackjack, slots y tragamonedas. Sin embargo, finalmente la halló en compañía de dos de sus esbeltas amigas y un qatarí adinerado con intenciones de retirarse del casino.
La cierta resignación y el rotundo fracaso de seducción que experimentó lo llevaron directamente a una de las banquetas de la barra. Su barman llenó repetidamente su vaso con el exclusivo Jonnie Walker Blue Label y su mareo se intensificó de modo que solo deseó volver a su habitación.
Se retiró del sector del casino y la confianza en su elegancia no evitó que se dirija a descansar sin halagar a alguna dama. Aunque su cabeza se encuentre a punto de la explosión decidió recorrer las escaleras así lograba la disminución de los efectos etílicos en su organismo. En el pico de su ebriedad, llegó dificultosamente al segundo piso y su falta de reflejos se evidenció al no poder esquivar al conserje hotelero y un policía. Terminaron desplomados por el pasillo y Jaas se convirtió en el receptor de decenas de reproches del empleado del hotel, quien se reincorporó inmediatamente y corrió junto al oficial hacia la otra ala del piso. El diplomático no entendía el apuro de dichos personajes ni sus intenciones y no dudo en seguir aparatosamente los pasos de quienes ingresaron con prisa a la habitación 22.
En ella, encontraron una botella de champagne derramada en el suelo, una cama deshecha, valijas con ropa revuelta, y el cuerpo desnudo y ya sin pulso del qatarí Ben Sidi Abú Al Fadall.
Jaas lo reconoció al instante. Era el hombre que le había robado la ilusión de pasar la noche con aquella seductora señorita rubia. El motivo y el culpable de su muerte solo podían deducirse gracias a su intervención. Pero esta intervención era por pura entrega al caso y no tanto por despecho o rencor machista. De todos modos, era lógico. En esa agitada noche debía descansar, calmar su resaca y cambiar obligatoriamente el color rosa de su corbata por cualquier otro.

Me desperté sintiéndome extraño, como si hubiera sido real, como si hubiera estado allí, dentro de la misma historia. Últimamente era algo reiterado, el mismo sueño, sin una mínima variante;  madrugar a la misma hora y con la sorpresa de sentir algo tan extraño. Decidí escribirlo a medida que las imágenes iban recorriendo mi memoria.

“Aparecía en un hogar grande, luminoso, con un cálido aroma primaveral.  Me vestía con un traje de lino blanco y sandalias. Trabajaba en los cultivos de unas flores del dominio de Atón.  El culto a Amón no existía, había sido sustituido por éste. La gente pasaba delante de mí, y en ese instante sabía que eran cultivadores del jardín privado del Palacio del Faraón.

Mi trabajo consistía siempre en lo mismo: llevar un control muy riguroso y estricto de la entrada de las semillas, para el cultivo en el jardín, y además, el control del destino que aquellas flores debían tener (para hacer guirnaldas, ofrendas en funerales, fabricación de perfumes).

El Jardín era un palacio inmenso, con un hermoso lago, y en su centro paseábamos y trabajábamos. En el mismo, caminaba entre los lirios y flores de loto Nefertiti, agasajándonos con su presencia. Yo no pasaba mucho tiempo en el “campo”, solía estar dentro de las salas. Pero al pasear por él, era notorio el aroma de las flores al caer la tarde y la intensificación del color de las flores al mediodía. Algo más fuerte aún sucedía cuando estaba Nefertiti. ¡Qué mujer!

Sentía una verdadera adoración por ella, era mi señora y la veneraba como tal. Incomparable la belleza que poseía; pero no sólo por eso era distinguida, creo que al recordar sus ojos… esos ojos tan hermosos, que coincidían con el color de su pelo liso y castaño, y su cuerpo… su cuerpo parecía una escultura hecha por el mejor artista de la tierra.

Al poco tiempo de mi trabajo en el Palacio, las flores eran ya mi vida. Mi trabajo iba bien. Pero un día sucedió algo que no era usual, o hasta el momento no lo había sido. Se deshizo el matrimonio de Amenhotep IV con Nefertiti. Ella fue trasladada a un castillo lejano, hasta la muerte del faraón. Cinco años pasaron sin saber nada de ella, años en los cuales las flores del Palacio ya no volvieron a explosionar como antes.

Yo continué mi labor en el Jardín, la vida siguió por el camino que los dioses habían marcado para mí. Pero ella murió sola. Sola y relegada de todo. Una infección en la vista la mató. Se dijo que era trasmitida por las moscas y que asolaba a Egipto ya desde la antigüedad.”

Aquí finaliza siempre mi sueño. Luego del escrito, me bañé, me tomé un café, y fui a trabajar. Pero no en el Palacio, sino en la libreria de Corrientes y Callao. Algo tenía que cambiar con la escritura del sueño, algo iba a cambiar. Pero no lo sabría hasta el próximo sueño.

“Ya pasaron 25 años, Javier”.

25 años.

Javier no estaba seguro de si 25 años era mucho o era poco.

El tiempo.

Javier había aprendido en su primer año de facultad que el tiempo según el sociólogo Nievas, era la transcurrencia de un momento T1 a un momento T2, la sucesividad, el avance. Pero más que nada, Javier recordaba que el tiempo era la irreversabilidad.

25 años. 25 eternos años y sin embargo parecía como si hubiera sido ayer. El tiempo cura todo le habían dicho. Pero a Javier el tiempo no le había curado nada. A medida que pasaban los años, la herida se ahondaba cada vez más hasta un punto en que sentía que el corazón se le saldría presionado por la espalda, atravesando sus huesos y perforando su piel. Cada vez más con los pensamientos retorcidos, donde intentaba encontrarle esa vuelta para lograr que su cabeza se quedara, aunque solo fuera por un mero instante en paz. En paz. 25 años sin Paz.

Más de una vez se lo habían dicho. Es lamentable pero todo tiene su límite y así también la paciencia humana. El primer año y medio, dos años, lo comprendían. Javier se encontraba casi constantemente rodeado de afectos: presencia en carne y hueso, llamadas telefónicas o alguna que otra carta escrita con algo de simpatía pero ostentosamente por compromiso. Al tercer año, aquellos que no incluían el grupo de los grandes amigos que uno tiene contado con los dedos de una mano, y sin embargo la burocracia humana otorga el mismo titulo, fueron desapareciendo. Lamentaban lo ocurrido pero tenían sus propias rutinas que atender, y aquella del hombre triste y bajoneado, preguntón y desolado ya había desbordado el vaso de su comprensión y misericordia. Algunos aguantaron un tiempo más… pero la mayoría se había ido perdiendo en el camino, siguiendo sus propias rutas.

¿Por qué había que depender del tiempo como medida de sanación? Javier se lo preguntaba una y otra vez. Sí, 25 años ya habían pasado, ¿pero cuanto valían esos 25 años al fin y al cabo? El valor dependía de cada uno, pensaba Javier. Para algunos representaría una eternidad, para otros faltaria lo peor. Para Javier era una constante nebulosa, confusa y sofocante, donde el dolor y el sufrimiento eran exactamente iguales e incluso peores en cada uno de los días de esos 25 años. A la larga lloraba menos, eso si, pero por el simple hecho de que se había quedado sin lagrimas; sus ojos secos, penaban a través de la mirada y no a través del agua.

Cualquiera que había tenido la suerte de conocer a Javier hace mínimo 26 años podía afirmar como se había desgastado. Ahí si, con la vejez el paso del tiempo se hace evidente. Pero esto no era un tema de vejez; no era un tema de arrugas, consecuencias de años de expresiones y emociones ni era un tema de acumulación de sol que deriva en manchas imponentes. Javier estaba corroído por el sufrimiento, el enemigo en persona, que lo visito dia tras dia a lo largo de esos 25 años. Se había apagado el brillo de sus ojos, su espontaneidad y generosa picardia.

El dolor de cada uno es el más fuerte; y nadie, absolutamente nadie es capaz de comprender la magnitud o los grados de ardor dentro del otro. Y menos es alguien capaz de establecer, algo tan abstracto y efímero como la cantidad de tiempo necesario para sanar. Tal vez uno nunca sana. Y si sana, siempre quedará la cicatriz.

“Ya pasaron 25 años, Javier”.

25, un millón, ¿Qué mas da?

ESCRITO POR: CLEMENTINA

La balsa aún conservaba los trazos gruesos de tan angustiosa pintura, era un mar en calma, la balsa parecía una hoja de papel, balanceándose por aquellas aguas de jade azul recién inventadas por el viejo Wang-Fo.

El maestro y su discípulo por fin descansaron de su tormento, qué más daba que el mar se los comiera, qué más daba, si ya se los había comido la vida. Y ahí se encontraban, con los trajes rasgados y las pinturas manchadas de colores eternos que invitaban a escapar por ellas también. El anciano sabio iba en silencio por el viaje, callando su tesoro entre las manos, las puertas hacia sedas como rutas de escape a otra vida, la verdadera, la que recuerda todo, y todo es tal y como lo expresaban las pinceladas de sus manos en su vida finita,  nada tiene pregunta porque el todo ya es una respuesta, donde el silencio es el grito que calla cualquier palabra.

Así estaban Wang-Fo y su discípulo Ling, viajando por mares de jade azul y espuma blanca. El maestro silencioso vaciaba a la mar pintada sus viejos tarros de laca, y al hacerlo se dejaban descubrir los distintos tonos de verde y corales celestes que contenía. Ya no son necesarios, decía, ya tenemos todo lo que necesitamos, el discípulo no entendía, no sabía qué quería decir el anciano, aunque respetuoso y extrañado lo escuchaba y observaba. La pintura sólo nos sirve para tratar de representar la verdad que habita detrás de nuestra mirada, esa que simplemente conocemos por fe, por certeza, es por la misma certeza que nuestra vida tuvo su fin en aquel palacio, tú no estás más y yo te seguí pintando esa bufanda roja que llevas al cuello, como una serpiente sanadora que te deja estar conmigo en estas aguas.

Ya falta poco para llegar, decía, mientras una clara sonrisa se asomaba en su cara que lentamente fue rejuveneciendo al punto de llegar a representar poco menos de cuarenta años. Ya he venido antes, decía,  estoy feliz porque vienes conmigo y conocerás el reino de más allá de los mares. Esta balsa que he pintado, en poco tiempo ya no nos servirá, tiene el trazo de una mano angustiada por el cruel destino que quisieron imponerle, y cuando la angustia se pinta, pronto se desvanece, si no la pintaba rápido iba a morir en aquel castillo y mi cuerpo iba quedar tendido en ese suelo de piedra verde, y la gran tristeza no hubiera sido mi muerte, sino mi cuerpo, tan azul, tan mortecino, tan verdosos mis labios ¡y nadie que lo pintase!, tan bello, tan hueco y vacío, ¡y nadie lo pintaría!. Felizmente escapamos y tu bufanda la pinté con el rojo de tu sangre y es por ello que tu cabeza está en pie, porque te pinté sano y bien y la pintura nunca se equivoca, como lo creyó ese emperador que jamás conoció la certeza del mundo real, este que estamos recorriendo.

Ling escuchaba absorto y se tocaba el cuello, tenía una cicatriz pintada que fácilmente se disolvió con el agua y le dejó la piel intacta, él también empezó a rejuvenecer a medida que se acercaban a aquella montaña. El discípulo Ling tenía la apariencia de un niño de diez años.

El sol caía varias noches sobre las cabezas de los dos viajantes, no había tedio, no había hambre, sólo había un absoluto silencio que llenaba todas las preguntas nunca elaboradas y menos respondidas, ya no había mucho espacio para las palabras en ese momento.

Al caer la noche, Wang-Fo miró el firmamento y contempló con alegría todo su pasado, cada trazo de cielo lo llevaba inevitable al preciso instante en el cual había sido pintado aquel cuadro. Cuando Wang era un hombre tuvo la tarea de pintar el silencio. Un anciano en su lecho de muerte le pidió, casi implorando que le pintara el silencio, lo necesitaba para poder morir en paz, Wang casi de inmediato, sacó la seda más grande que tenía y vertió en ella una pintura negra tan profunda que casi se veían las estrellas sin siquiera pintarlas, así lo hizo y con la pintura fresca aún se lo mostró al anciano y su rostro con una gran sonrisa y lágrimas pudo cerrar los ojos en el más absoluto silencio. La pintura al estar fresca dejó caer una gota que se confundió con algún paraje al horizonte, y Wang al recordar esto, cambió de rumbo con los remos y dispuso una escala antes de llegar a la gran montaña.

Era una pequeña isla, muy blanca y muy brillante, tal como una gota de estrella caída del firmamento, allí los esperaba ese lugar creado solo para abrigar a Wang-Fo el día que partiese de la tierra finita de pinturas extraordinarias.

Conforme se acercaban a la isla, vieron que la balsa se iba desdibujando y el color del madero destiñéndose al punto de confundirse con el azul del agua y caer en ella en una increíble paz. Casi llegando a la orilla los depositó el último madero como alfombra roja a su nuevo paraje.

Caminaron por la orilla y tocaron tierra, el discípulo Ling, convertido en niño, regresó a su inocencia original y corrió por la arena blanca en inmenso jubilo, recorrió la isla de lado a lado, era muy pequeña, tenía dos orillas y varías palmeras que hacían una sombra perfecta para descansar. Wang, joven otra vez, hundió sus pies en una fresca arena que lo recibía con regocijo. Así estuvieron los dos, maestro y discípulo, saltando y cantando en aquella isla, no cabían las preguntas, ni las necesidades, en ese mundo sólo bastaban los ojos para mirar y el aire para respirar el más celeste de los cielos.

Al caer la tarde, Ling, que recobró su inocencia y curiosidad, decidió recorrer solo la isla, mientras su maestro dormía, caminó entre la vegetación de un increíble verde esmeralda y descubrió en la arena una gran empuñadura de metal, parecía plata con caracolas incrustadas, le llamó la atención tan bella pieza de arte, le quitó la arena y poco a poco descubrió que se trataba de una gran puerta de madera sin color alguno, era un boceto de puerta, se podían ver los trazos inacabados que su maestro Wang, seguramente habría pintado en el pasado.

Ling curioso, trató de abrirla jalando con todas sus fuerzas el plateado picaporte, pero era inútil, la puerta estaba cerrada y no tenía ninguna cerradura.  El discípulo desesperado, corrió hacia su maestro para contarle su reciente hallazgo, y le imploró que por favor pintase una cerradura y una llave para abrir tan misteriosa puerta. El maestro en un estado de relajación absoluta, entreabrió los ojos y le dijo: mi fiel Ling, en este lugar todo contiene su verdad y totalidad, no hay nada que pueda agregar o quitar, lo que está aquí es para amar, y los misterios que contiene no están para ser revelados, sino comprendidos en el silencio de la contemplación, colores en mí ya no has de encontrar, los eché a la mar mientras viajábamos en la barca, el único color que podríamos tener aquí, es el que llevamos dentro.  Y con un lento movimiento, dejó caer sus párpados y prosiguió su sueño.

Ling, quería abrir esa puerta más que cualquier otra cosa en el mundo, no necesitaba nada antes de hallarla, pero ahora la incertidumbre podía más que su paz. Meditó por un momento las palabras de su maestro y se dirigió al portal en silencio, con una concha filosa que encontró por el suelo, se hizo un corte en la palma de la mano y dejó caer gota a gota su sangre brillante y bella que en el pasado su maestro apreció en el día de su muerte. No sentía dolor alguno, y con improvisados pinceles hechos de palmeras pintó la cerradura y la llave que tanto quería, desafió las palabras de su maestro creyendo que con eso, calmaría su angustia.

La puerta poco a poco tomó color con la sangre de Ling, no sólo apareció la cerradura y la llave, sino que toda ella empezó a teñirse de un rojo cada vez más brillante, Ling sintió extrañeza ya que solo había usado algunas gotas de su mano, poco a poco se fue debilitando y sintió su cuello humedecer, miró su bufanda que ya no era roja, era tan blanca que su brillo lo cegó, en ese momento la puerta se abrió estrepitosamente hacia abajo, tenía una gran escalera, Ling casi sin sentir sus piernas bajó el primer escalón y al tratar de dar el siguiente paso su cabeza cayó hacia abajo y rodó junto con su cuerpo hasta el final de la escalera, cayó en el suelo verdoso del palacio del emperador. Wang-Fo abrió los ojos dejando caer una lágrima roja muy brillante: “Nos volveremos a encontrar, mi amado Ling, ya conoces las puertas”, y con ella pintó otra balsa y se echó a la mar rumbo a la gran montaña, mientras la noche caía sobre él en tibios colores eternos.

FIN

Gilda Casalino

Comisión 62

Después de aquella embestida,  Lautaro quedó inconsciente, la boleadora le rozó la cabeza lo suficientemente fuerte como para desmayarlo.  Los enemigos al verlo tirado en el suelo, decidieron llevárselo en calidad de esclavo, útil para las tareas penosas del desierto.

Así anduvo Lautaro viajando  por más de tres horas sobre el lomo de un caballo, cuándo por fin despertó y unos enormes ojos celestes sorprendieron a todos sus captores, nadie había visto semejante mezcla.  Enseguida le amarraron las manos a la rienda de un caballo y lo hicieron correr al ritmo del galope.  Así lo tuvieron durante varias horas, Lautaro gritaba pero nadie quería escucharlo, tenía los pies en yagas y las manos destrozadas, solo pedía morir para que el suplicio acabara.  Finalmente se detuvieron, el joven al borde del colapso con la mirada nublada veía que a su alrededor  solo había desierto y más desierto.  Para llegar a su destino tenía que caminar en esas dolorosas condiciones por una hora más, hasta llegar al lugar que sería su prisión por muchísimo tiempo, un tiempo sin nombre que le hacía olvidar las horas, los días y se iba convirtiendo en una densa masa de tormento que lo rodeaba del día a la noche.

No emitió palabra alguna, tenía la boca seca de la sangre coagulada en su garganta, que endureció y formó una costra que callaría su grito.  Su cabeza cayó y sus bellos ojos celestes  mezclados con la misma sangre, solo supieron mirar el suelo, ese polvo que le cubría las heridas de sus pies y de su desdicha.

Un día perdido en el tiempo vio que un hombre vestido diferente a los demás no dejaba de mirarlo, no entendía el por qué, había olvidado su propio rostro y con sus manos ásperas se tocó los pómulos para constatar si había algo raro en él.  Indiferente volvió a mirar al suelo y siguió con sus labores forzadas.

Dos amaneceres más pasaron frente a sus ojos y a lo lejos vio que ese mismo hombre venía hacia él acompañado de otros tantos vestidos de la misma extraña manera, ya nada peor que su día a día le podía suceder, le tomaron el brazo con suavidad y se lo llevaron con una leve sonrisa en inmensos caballos.  Al llegar a destino vio que una mujer con los ojos llenos de lágrimas y temblando se acercaba a él, junto a ella un hombre de iguales características.  Aunque todo era muy extraño, no se inmutaba ante nada, sentía que la vida pasaba sobre él ya sin angustia, el dolor se había convertido en habitual, así como su silencio y resignación.  Pero algo pasó cuándo la mujer le tocó la cara y lo hizo mirarla a los ojos, enseguida un aire extraño atravesó su garganta y un grito se estrelló sobre las puertas de la casa, no entendía que eran ellas, las empujó y supo en ese instante quién era, corrió hacia la cocina para recompensar su certeza con el cuchillo que había escondido en la campana cuando era niño.  Sus ojos estallaron a llorar y una voz de hombre dijo, ¡Madre! ¡Padre! ¡Soy Lautaro su hijo!, La pesadilla terminó, los tres se abrazaron y pasaron días de júbilo y cuidado,  pero la realidad era otra, aquel niño hecho hombre necesitaba su desierto, su inmensidad y su nada, le eran ajenas las paredes y las puertas, le era ajeno el amor y la alegría, no sabía vivir en paz  porque se la arrancaron de golpe cuando niño de la manera más cruel y aunque quiera arrullar su alma, era inútil.  Lautaro perdió su inocencia al otro lado de la cordillera y nunca más la recuperaría.

Condena

Allí estaba ella, demasiado irritada como para poder llorar la muerte de su padre, apretaba su bolso y no le quitaba los ojos de encima a Doña Victoria, que lloraba desconsolada al lado del fino cajón de metal que enterraría para siempre eso que callaban las bocas cómplices que rondaban al difunto. Así la veía Angelita, como a una extraña a pesar que era su propia madre. La observaba y sabía perfectamente que esas lágrimas no solo eran de duelo, eran de culpa, una muy grande que hacía que se ahogara en agobio más que en la inocente pena de una viuda.

Ahí estaba la dulce niña de los ojos de papá y de la indiferencia de mamá, aunque ya tenía treinta y tres años le seguían llamando así, como cuando era niña, no parecía tener la edad que tenía, tenía el mismo rostro que a los veinte y todos admiraban su lozanía. Pero ese día, Angelita dejó de ser joven y envejeció de amargura al ver tantas bajezas a su alrededor. Estaba tan enojada y triste que ni una sola lágrima se atrevía a asomarle la mirada, sus ojos estaban rojos de la ira y la impotencia de no poder hacer nada por su padre, de no poder reivindicar su vida frente a aquella familia obscurecida que llevaba su apellido. Cansada de tanta deshonra se decidió a actuar en cuestión de segundos, su padre no podía morir en vano y los buitres hacer el festín silencioso de quién se sale con la suya, ella tenía que hacer algo o sentiría que también se iría con él al olvido bajo tierra. Miró a su tío Alfonso que no dejaba de vigilar a la viuda con esos ojos que Angelita conocía muy bien y que le repugnaban cada vez que le dirigía la mirada. Tomó valor y se acercó a él lentamente, cada paso que daba era eterno, apretaba su bolso para que nadie viera como le temblaban las manos, su corazón estaba por explotarle del pecho, era cómo si al caminar no avanzara, como si permaneciera en el mismo lugar. Toda clase de pensamientos cruzaron por su mente, su padre muerto, su madre dándoselas de viuda, su abuela que era algo innombrable para ella, solo un ser tan desviado y ruin podría hacer lo que ella hizo con sus dos hijos, no merecía tampoco llamarla abuela, eran tal para cual, solo de una alimaña tal podía nacer otra. Asqueada al punto del desmayo caminó decidida a hacer lo que tenía que hacer. Finalmente junto a su tío, temblando, se inclinó para darle un abrazo de congoja, y mientras lo hacía y él le decía “ya Angelita, ya no eres una niña para ponerte así”, tomó su bolso y sacó el cuchillo que había escondido para esa ocasión, se lo hundió de un tirón en el vientre, y lo giró como un reloj sin tiempo mientras le decía al oído: “te llevaste a mi padre, ahora verás desde el infierno como te lloran esas dos traidoras indignas, rezaré todas las noches desde mi celda para que tu alma se consuma en la angustia por toda eternidad”. Alfonso cayó al suelo, Angelita desmayó y así quedaron los dos, tendidos sobre un charco de sangre que esta vez no fue en vano.

Página siguiente »