Facundo Pérez Taboada


Matthieu, apoyado contra el mástil de la balsa, tallaba una madera con su cuchillo. Intentaba darle forma, transformar ese trozo de naufragio en una muñequita para su hija, una muñequita que jamás iba a poder obsequiarle. Miró a su alrededor, los que quedaban seguían ocupados en sus tareas. Jacques probaba suerte con la pesca, Henri seguía discutiendo consigo mismo, el marinero miraba atento el horizonte.
Matthieu había dejado de mirarlo hace días. Ahora solo concentraba su vista en la balsa y sus integrantes, era lo más seguro. Además ya había perdido toda esperanza y ver tanta agua le daba sed, mucha sed. Rió para sus adentros, morir de sed rodeado por kilómetros y kilómetros de agua sin dudas era irónico. Trató de no pensar en ello y retomó su tarea. Era un tarea dificilísima, requería que el individuo se abstrajera completamente de la realidad, olvidara recordar, pensar, sentir. Lo de la muñeca no era nada en comparación, Matthieu siempre había tenido una habilidad excepcional para las tareas manuales.
Estaba cerca de terminarla cuando consideró darle mejor uso al cuchillo y ponerle fin a aquella pesadilla, pero su espíritu enflaqueció como ya había ocurrido una y otra vez. Se sintió avergonzado por tener el coraje para matar para vivir pero no para morir. Era un tonto, lo único que hacía era prolongar un viaje sin sentido.
Ella era igual y hacía lo mismo. Se podría haber quedado cómoda con su familia, pero su ímpetu juvenil la llevó a seguir un barco. Al mirar a aquellos hombres lo único que vio fue hambre y muerte. Se le revolvió el estomago y, sin dudarlo un segundo, descargó el vientre.
Matthieu se tocó la cabeza sorprendido. El marinero ya estaba gritando y agitando su camisa roja frenéticamente. La gaviota regresaba al Argus.

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Pedro estaba sumido en un sueño profundo, o quizás no tanto. Lo que es un hecho, es que algo que hace tiempo venía surgiendo en lo más profundo de sí despertó.
Pedro a duras penas se incorporó en su cama. Se sintió mareado, perdido, desconcertado. Como podía ser que se hubiera despertado así, de súbito, en el medio de la noche. ¡Con lo que a el le gustaba dormir! Más que gustaba, era una especie de necesidad. Pedro estaba cansado todo el tiempo, no importa cuanto durmiera, no importa si solo había estado despierto 3 o 4 horas, en cuanto quería hacer algo el sueño lo envolvía, lo atrapaba, lo seducía. El no tenía otra opción que ceder, estaba demasiado cansado de no hacer nada. Porque no hacer nada es algo que cansa.
Pero esta vez era distinto, se sentía distinto. En vez de recostarse otra vez Pedro se quedo sentado, meditando sobre lo que le estaba ocurriendo. Enseguida se dio cuenta que no quería meditar mas, quería hacer. Hacer cosas, lo que fuere que se le viniera a la cabeza, por más tonto que pareciera, por mas inservible, por mas infantil que fuera. Tenía inquietudes, tenia deseos y estaban insatisfechos. Se preparo mentalmente para ponerse de pie y empezar a vivir su vida. Junto fuerzas para salir de esa cama que intentaba succionarlo, sabía que le sobraban, estaba listo para escapar, y en ese preciso instante dudó.
La duda lo llevo a mirar atrás, hacia el lugar donde había desperdiciado tantas horas no viviendo su vida. Fue ahí cuando lo vio, o mejor dicho, cuando se vio. Estaba allí, acostado en su cama, durmiendo, como siempre. ¿Pero como podía ser? A su vez estaba a su lado, sentado, contemplándose dormir. Pedro se había desdoblado.
Acostado estaba el Pedro del pasado, el que había pasado todos esos años fantaseando con hacer millones de cosas pero no había hecho ninguna. Sentado junto a él estaba el nuevo Pedro, el que estaba listo para hacer todos esos sueños realidad. Pedro se dijo a si mismo: “Ahora más que nunca es mi oportunidad de vivir, lo único que tengo que hacer es caminar, y caminando, paso a paso voy a recorrer el mundo”
Pero lo que en un principio había sido una simple duda se transformo en una verdadera preocupación. ¿En verdad podría hacer todo eso? Pedro quiso mover sus piernas pero nada ocurrió. No solo no podía moverlas, no podía sentirlas. Lo intento de nuevo y nada. Su angustia comenzó a crecer exponencialmente, la garganta se le cerró, no podía respirar. Con un fuerte graznido Pedro se desplomo sobre Pedro. Donde en un momento hubo dos volvió a haber uno.
Pedro estaba sumido en un sueño profundo, no había duda.

Nota: Este es el primer cuento que escribí. El cuento surgió a partir de un sueño lucido y mi posterior reflexión sobre el mismo. En el momento sentí que debía transformarlo en un cuento y no pude volver a dormir hasta hacerlo. Fue escrito a las 4 de la mañana un día de semana. Tiene varios errores y cosas que se podrían reescribir, pero por alguna razón no me atreví a modificarlo. Espero que les guste.