Comisión 61


te guiño uno
te guiño el otro
me caigo.

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Hermoso dìa

pero el relog corre

y todo se fue

Los chinos siempre me llamaron la atención: sus negocios, su forma de vivir, sus creencias, todo. Domingo por la mañana con un hermoso sol iluminando la ciudad me dirijo al ” Barrio Chino para indagar y aprender más de ese cultura tan diferente a la argentina.
En el 2006, ante una solicitud de un grupo de comerciantes orientales del barrio, la Secretaría de Planeamiento Urbano del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires desestimó considerar a este sector como barrio chino, estableciendo que no correspondía a la verdadera estructura poblacional del barrio, que está compuesta en su inmensa mayoría por habitantes que nada tienen que ver con el supuesto origen oriental. Definió a este lugar como un lugar comercial de productos orientales, desarrollado en dos cuadras y asimilable a otras zonas comerciales de la Ciudad.
Empiezo a caminar, puedo ver muchos negocios, que aunque están llenos de cosas y muy desordenados realmente tienen pocas cosas interesantes para mi gusto, todos tienen muchos adornos, y siempre presente un gato casi siempre naranja que mueve una pata de arriba a abajo sin parar, dicen que es para atraer la suerte, yo no creo en la suerte. Me llamó la atención unas esferas rojas y con escrituras en su idioma colgadas afuera de los negocios. Me detengo y pregunto: — ¿ me podría decir que significan o qué dicen ?– y señalo en dirección a ellas. El chino me mira, las observa y con una sonrisa picara contesta: “entra plata, entra dinero”. Esto me causo mucha gracia; aunque son muy supersticiosos y me molesta este tipo de personas.
Continiué caminando hasta encontrarme un supermercado chino, pero chino chino no como los que encuentro siempre en los barrios de Buenos Aires, todos los productos son importados, con lámparas en los techos y muy decorados; había mucho té, diferentes tipos de harinas, los fideos finitos que nunca supe como se llaman, muchas bebidas enlatadas ( hasta capuchino), también ¡¡¡ pescado disecados en bolsitas!!! . Todo era enlatado y muy artificial, el clima se sentía muy oriental excepto porqué se escuchaba reggaeton de la radio. A la salida había un mesa con venta de comidas orientales, probé las famosas empanadas chinas llamadas Baozi, que es un tipo de bollo de pan relleno y cocinadas al vapor, estas eran de verduras, eran desabridas, sinceramente cuando di el primer mordisco deseaba una buena empanada argentina, de carne, al horno y bien condimentada.
De todas formas creo en la diversidad cultural y que todas las culturas son equivalentes, no hay mejores o peores, pero yo no viviría en oriente, no podría soportar superpoblación y tanta contaminación.
Son las 14 hs y sin nada mas por recorrer vuelvo a mi casa, me gustó y volvería otro día. Lo qué mas me gusto fue mi almuerzo en el Barrio Chino, sushi; igual es japonés no chino.

Cruzó la avenida sin mirar a los costados, ignorando el colectivo que pasaba como una flecha y lo castigó con un bocinazo feroz. En la vereda lo esperaba Miguel con el bombo pintado de celeste y blanco, grabado de Perón inclusive y el platillo chiquitito en el frente.
—¡Dale Negro, apurá loco! —gritó—. Dale que ya está entrando, loco.
Se dieron un abrazo y encararon para la cancha trotando, casi corriendo. El Negro tenía la camiseta del club, la gorrita y el paraguas por si se largaba. Cuando se acercaron al resto de la barra que marchaba a paso lento y religioso, Miguel entró a darle al bombo en negras y el Negro se unió al canto que rezaba:
—Vamo’ Defensore’, vamo’ a ser campeone’…
Querido, titán, capo le decían al Negro que pidió fuego para encender el pucho previo al partido. Miguel lo secundaba, dale que te dale al bombo pero sin hablar ni cantar; el le pegaba sin parar.
Después de alguna demora con la policía, veinte pesos van, veinte vienen, entró la barra a la cancha en pleno fulgor; las gargantas incendiadas, lagunas de sudor en las axilas, aliento a vino toro caliente y pancho con mostaza. Cuando aparecieron en la tribuna, se escucharon aplausos festivos de la platea y un silbido provocador que venía de la popular del equipo visitante, el Atlético. El estadio más que estadio era un potrero con tribunas; tribunas que la municipalidad les había regalado por los cien años del club. Al Negro le dejaron un lugar en el centro de la tribuna para que comandara los cantos, las arengas a los jugadores y las escupidas al réferi o a los del Atlético. Cuando se sacó la remera, muchos se sorprendieron por su pecho depilado pero no dijeron nada.
El clásico Defensores de Villa Elisa – Atlético San Román es histórico. No tanto por la calidad del juego (ninguno de los dos equipos llegó alguna vez a la Primera B) pero por el fuego que calienta las tribunas durante los noventa minutos. Fuego que, en la mayoría de los casos, toma forma de revólver y se traslada a la calle, se hace grito y corridas, disparos y sangre, vencedores y vencidos.
Aquel partido fue el primero, en mucho tiempo, que terminó sin incidentes; en relativa paz. Defensores ganó 3 a 1. Quizás fue la contundencia de su victoria la que hizo que los del Atlético aceptaran democráticamente la derrota. Ya en la calle, el Negro descorchó unas sidras como mangueras potentes que bañaron al resto de los hinchas. Miguel seguía, incesante, con el bombo. Empezaron a encarar para el bar de Enrique, donde se congregaban siempre después de cada partido, para tomar unas cervezas y bailar hasta entrada la madrugada. Pasaron por la estación del tren y, prendiendo otro cigarrillo, el Negro se despidió:
—Chau muchachos, acá los dejo, loco.
—No la ortivés negro, venite a lo del Quique loco, dale que hoy fue baile —contestaron algunos.
—Ya sé papá, pero hoy toca laburo, ¿viste?
Lo perdonaron, entonces. Después de todo, era el Negro. La muchedumbre siguió su paso pero Miguel se detuvo un instante. Ambos se miraron a los ojos, se acercaron y se despidieron personalmente con un beso cálido en el cachete.
—Cuidate —le dijo Miguel.
El Negro asintió y fue directo al andén; a esa hora ya no había nadie en las boleterías. La luna estaba allá arriba vigilándolo todo, cómplice, confidente. Ella sabe bien cómo guardar secretos.
El tren llegó un par de minutos después. El Negro se sentó en el piso del furgón, le gustaba viajar ahí. Además estaba solo y, aunque sabía que no podía, fumó un cigarrillo más.
Se bajó en la penúltima estación y caminó lento hacia su casa. Eran cuatro cuadras: calles de tierra, baldosas rotas –cuando las había-, algunas casas de chapa y faroles mortecinos repletos de publicidades electorales. Cuando entró a su casa, fue para su habitación pero no se acostó. Abrió el placard y del primer cajón sacó una pollera, después una remera apretada. En el baño agarró los preservativos y con un rouge barato y rojo como el infierno, se pintó los labios.
El Negro se miró al espejo; no podía llorar. Agarró la cartera negra que estaba debajo de la cama y salió para la Avenida Pellegrini. Recostado contra un farol, sacó un pucho de la cartera y esperó a que alguien pasara y le rogara veinte minutos de sexo sucio y marginal.

Matthieu, apoyado contra el mástil de la balsa, tallaba una madera con su cuchillo. Intentaba darle forma, transformar ese trozo de naufragio en una muñequita para su hija, una muñequita que jamás iba a poder obsequiarle. Miró a su alrededor, los que quedaban seguían ocupados en sus tareas. Jacques probaba suerte con la pesca, Henri seguía discutiendo consigo mismo, el marinero miraba atento el horizonte.
Matthieu había dejado de mirarlo hace días. Ahora solo concentraba su vista en la balsa y sus integrantes, era lo más seguro. Además ya había perdido toda esperanza y ver tanta agua le daba sed, mucha sed. Rió para sus adentros, morir de sed rodeado por kilómetros y kilómetros de agua sin dudas era irónico. Trató de no pensar en ello y retomó su tarea. Era un tarea dificilísima, requería que el individuo se abstrajera completamente de la realidad, olvidara recordar, pensar, sentir. Lo de la muñeca no era nada en comparación, Matthieu siempre había tenido una habilidad excepcional para las tareas manuales.
Estaba cerca de terminarla cuando consideró darle mejor uso al cuchillo y ponerle fin a aquella pesadilla, pero su espíritu enflaqueció como ya había ocurrido una y otra vez. Se sintió avergonzado por tener el coraje para matar para vivir pero no para morir. Era un tonto, lo único que hacía era prolongar un viaje sin sentido.
Ella era igual y hacía lo mismo. Se podría haber quedado cómoda con su familia, pero su ímpetu juvenil la llevó a seguir un barco. Al mirar a aquellos hombres lo único que vio fue hambre y muerte. Se le revolvió el estomago y, sin dudarlo un segundo, descargó el vientre.
Matthieu se tocó la cabeza sorprendido. El marinero ya estaba gritando y agitando su camisa roja frenéticamente. La gaviota regresaba al Argus.

Su mirada cálida al despedirla de la Isla de Aix en Francia aquel diecisiete de julio de mil novecientos dieciseis nunca se borraría de su memoria. Sus dulces palabras diciéndole cuánto la amaba y la extrañaría resonaban en su cabeza y la llenaban de esperanza en medio de la catástrofe en las costas africanas .
Días después muchas personas ya se habían alejado, regresado a sus hogares cálidos y seguros. Pero por supuesto ella, y otros ciento cuarenta y ocho, en su misma posición social, seguían allí tratando de sobrevivir en medio del hambre, la sed, la insolación y un gran dolor en sus corazones al darse cuenta que una barca de la marina francesa los había visto pero no quiso ayudarlos.
Los días pasaban y ella seguía esperando en aquella estrecha balsa; veía sus compañeros morir, los cuerpos pudrirse. Estaba aterrorizada ante esos cadáveres semicomidos, que no le permitían dormir ni un segundo.
Su esperanza era más fuerte y contaba los segundos para volver a ver a su prometido y finalmente cumplir su sueño de casarse y formar la familia que nunca tuvo.
El corazón del joven se conmovió y desplomó al verlos, sabía que no podía seguir de largo sin ayudarlos. Cuando se apresuró a socorrerlos lamentablemente quedaban quince tripulantes. Marie seguía ahí. Al terminar el muchacho sintió esa sensación de bienestar y paz interior que se siente cuando se es solidario. Los devolvió a Francia.
Marie corrió desesperada al hogar de su amado. No le importaba ir primero a su hogar, solo quería verlo a él. Días antes Mathieu había oído que ya no quedaban personas en el mar, que los que estaban en Francia eran únicamente los sobrevivientes.
Su profundo dolor y esperanza lo llevaron a actuar de manera apresurada pensando en concretar su amor con Marie mas allá de la muerte.

Marvin Van Winderde dijo con voz gruesa y un porte muy elegante al registrarse aquella noche en el hotel y presento su credencial de la embajada holandesa, parecía un buen hombre, lo acompañe hasta su habitación cinco estrellas, una gran suite como había pedido al entrar, en todo el trayecto por el pasillo caminó fumando un cigarrillo que me daba la impresión que nunca se terminaba, mientras en cada pitada levantaba exageradamente sus cejas. Al llegar a su habitación me entregó cinco euros y me pidió que le enviara una botella de whisky lo cual su suplido a la brevedad.
A la mañana siguiente Marvin salió y no volvió durante todo el día, yo no note su ausencia si no fuera por la secretaria del hotel que me lo preguntó, siempre le gustaron los rubios y de ojos verdes y no perdía oportunidad para engancharse alguno.
Al caer la noche entre los alborotos de la guerra y las quejas de los clientes del hotel no aguantaba mas quería que ese día terminara, la gota que rebalsó el vaso fue Marvin que me seguía de un lado al otro levantando sus molestas cejas y con sus zancadas de paton por su gran altura mientras buscaba la habitación de Ben Sidi Abu Fadail para instalarle un nuevo teléfono. Marvin caminaba quejandose de que el agua de su bañadera no salía caliente, que sus mueble no estaban bien lustrados y lo mas extraño que le faltaba una valija de su habitación que el embajador holandés lo había mandado a buscar a Servia y me amenazaba con denunciar a la administración del hotel si no aparecía antes de la mañana siguiente en la cual salía su vuelo. Llegamos a la habitación, la puerta estaba semiabierta, al entrar descubrimos que no había nada allí, ni ropa, ni valijas, ni nada que pudiera demostrar que Ben Sidi Abu Fadail hubiera estado en ese lugar, solo su cuerpo muerto y desnudo. De repente Marvin muy preocupado volvió a su habitación, yo tire el cuerpo a la basura estaba cansado de problemas y no quería hacer ningún tipo de declaración.

Eran las seis y media de la mañana siguiente cuando fui a la habitación de Marvin a llevarle una valija que otro huésped había encontrado tirada en el patio del hotel, pero Marvin no estaba, dejó solo lo justo de dinero sobre su cama para pagar su estadía y una notita que decía: –esta todo bien, Gracias.– Mi curiosidad era muy grande entonces abrí la valija y estaba completamente vacía pero con rastros de alguna sustancia tóxica a mi parecer. La embajada holandesa llamó horas mas tardes preguntando por Marvin pero nada sabía nada, yo pensé que iba directo ahí, nadie supo nada mas sobre Marvin y tampoco sobre la secretaria del hotel.

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