Comisión 61- Ximena González


Hace tanto frío. Y ni siquiera me dieron tiempo para tomar un abrigo. No me dejan hablar porque dicen que podría actuar en mi contra. ¿En mi contra? Pero por favor, de qué están hablando estos señores. Soy una mujer grande, no estoy para estos chistes. Me llevan paseando por todo San Pedro en patrullero, como si fuera una criminal. Pobre Esthercita, quién habrá sido el sinvergüenza que le hizo esto. Salió a la puerta Josefa, esa vieja tan chusma, seguro que gracias a ella ya todo el barrio se enteró de que me detuvieron. Vieja de porquería no se va a salir con la suya.
¡Ay Esther, cómo pudo ocurrirle esto! Quién puede tener el valor de asesinar a Esthercita, la persona más buena y adorable de nuestra ciudad. Esthercita, la vecina ejemplar, amable y solidaria que está para todos, siempre. Pobre Esther, que Dios la tenga en su gloria. Pero por favor, qué auto tan descuidado, los vidrios tan sucios. Y este hombre que me acompaña no está mucho mejor. ¡Suba un poco el vidrio hombre, que estamos en invierno!
No entiendo cómo pueden desconfiar de mi, vecina ilustre de San Pedro, familia tradicional. Soy una pobre vieja, que vive sola, con su gato, ¿cómo van a desconfiar de mi? Increíble, cada vez este país está peor. Pero ya me van a escuchar. Me callo, mejor me callo porque según ellos puede perjudicarme. Claro claro, excusas para no escucharme. Pero esto no va a quedar así, me toman por tonta porque saben que soy una mujer sola sin familia. Pero ya van a ver, esto no les va a salir tan barato.
Ay, ¿y dónde estarán Susana y Juana? Seguro a ellas también la están llevando a la comisaría, porque por lo poco que me explicó el vigilante este la última vez que a Esthercita la vieron con vida fue cuando la vimos nosotras, como todas las semanas. De mi casa se fue en perfecto estado, estoy segura. Así que a mi no pueden acusarme de nada. Pobre Esther, qué mal estaría si supiera que están acusando a su más íntima amiga. Menos mal que ya llegamos, porque me vio todo el barrio paseando como una asesina. Pero ya van a tener que limpiar mi imagen y pedirme perdón hasta cansarse. Estamos en la puerta. Lloremos, bajemos lentamente del auto con dificultades para caminar. ¿Traje el rosario? Menos mal. Tengo la coartada perfecta. ¡Pobre Esthercita, pero ya no me va a molestar más!

Ximena González- comisión 61

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La primera vez que este texto llegó a mis manos fue uno más. Como cualquier otro. Uno más entre tantos otros que había leído. Un fueguito me regaló “El mundo”. Ese día, cuando lo leí por primera vez, yo era un fueguito sereno. Debo reconocer que me gustó el regalo, me gustó que hayan querido compartir algo conmigo. Pero fui ingenua, no desperté enseguida, no me enteré del viento con el que ese obsequio había llegado a mí.
Por mi parte, seguí ardiendo serenamente, hasta que tuve un segundo encuentro con el mundo: tiempo después nos volvimos a ver, y no éramos los mismos fueguitos de antes. O al menos yo. Recorriendo cada palabra, cada coma, cada punto nuevamente, me iba transformando en un fuego loco, ansioso, inquieto y por fin había encontrado el verdadero sentido del regalo: aunque no éramos dos llamas iguales, él y yo nos encendíamos juntos, brillábamos. Gracias a su chispa, que por fin se había encendido (¿o tal vez era yo la que había estado apagada?) pude darme cuenta de que, a pesar del tiempo, el fuego dejaba brasas. Cada brasa era una oración que debía ser removida, recordada. Sólo debíamos soplar un poquito el viento que ahora sí podía sentir y volveríamos a brillar juntos. ¿El libro de los Abrazos? Sí, fue un abrazo entre dos fueguitos que iluminó nuevamente cada uno de sus mundos.