Carolina Nuñez


Eran tiempos bravos para los indios, escasos en cuánto a alimentos, y difíciles en cuanto  a la realización de su vida habitual. Los blancos, comúnmente llamados, interceptan las tierras indígenas matando a todos los indios que se le interponían en el camino, y trasladándolos cada vez más cerca de la frontera. Toda esta situación obligaba a los indios a defenderse y buscar abastecerse de la forma que podían. Muchas veces realizaban malones para conseguir alimento. Llegaban a las tierras habitadas por los blancos y con sus elementos: boleadoras, arcos y flechas sorprendían a estos hombres y le quitaban lo que les era útil para ellos.

Un día al hacer un malón habitual, se trajeron como recompensa, además del alimento que fueron a buscar, un niño de bellos ojos celestes. Esta recompensa fue en venganza de  los tantos niños de su tribu que fueron matados por los blancos. En un principio, pensaron sacrificar al niño blanco utilizándolo como ofrenda para los dioses en uno de sus rituales, pero fue tanta la ternura que los ojos de aquel niño trasmitían que terminaron incorporándolo a su tribu como uno más.

  Le enseñaron su lengua, su cultura, sus rituales; le enseñaron a cazar y a fabricar armas para su defensa. Lo único que le quedaba de su descendencia eran los ojos celestes y la tez blanca, pues se había convertido en un indio respetado por toda la tribu.

Un día, mientras estaban realizando uno de sus rituales matutinos, una pareja de hombres blancos, escoltados por un grupo de soldados, se hiso presente allí. Los ojos de aquella pareja eran tan celestes y penetrantes como los del niño blanco. La pareja  reconoció al niño, y al mirarlo comenzaron a caer lágrimas sobre sus ojos. Fue entonces cuando lo llevaron con ellos, tras pronunciar unas palabras que los indios no llegaron a comprender.  

Pasaron varios meses en los cuáles la tribu no volvió a ver al niño. Ya sus esperanzas de reencontrarse con él eran nulas, pues creían que lo habían matado, cómo a tantos otros niños de su tribu. Sin embrago, un día el niño blanco, ya hecho todo un hombre, volvió a las tierras desiertas. Allí lo esperaba su tribu, ya que si bien su sangre era blanca,  su corazón no lo era; se había criado entre los indios, y aquellos le habían enseñado a ser el hombre que es. Por ello era inevitable pensar que no lograría adaptarse a las costumbres de los blancos, los  que lo habían dado a luz, pues su vida correspondía a esa tribu, y nada más que a ella.

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No me pueden encerrar. Yo sólo lo hice por mi familia. Necesitábamos el dinero. Claudio me prometió no delatarme. Éramos amigos. El sabía que yo necesitaba la plata. Pero no sé porque lo hizo. No lo entiendo… ¿Quizás no fue él, no?, ¿Cómo podría hacerme eso a mí, su fiel compañero?

Voy a negar todo lo que me digan. Tengo que estar tranquilo, los nervios son un mal indicio. La desgracia no me puede ganar. ¡Dios mío!, que pensarán mis hijos cuando se enteren en que se convirtió su papá. Me van a odiar, y con razón por cierto. No, no puedo permitirlo. Tengo que hacerlo algo. Ya sufrieron demasiado por mi culpa y…

No me acuerdo bien de ese día. Estábamos cerca del almacén… Yo no quería hacerlo. Pero no me quedaba otra. Claudio me insistía, y bueno, él estaba acostumbrado a esos trotes. No me hagan daño dijo la anciana, dueña del lugar. Esa no era mi intención, en absoluto. Mi compañero manejaba la situación, eso me facilitó las cosas. Todavía recuerdo el temor de la pobre viejita. Yo me sentía igual de aterrado… Basta. No debo recordar más ese momento. Tengo que concentrarme en la declaración.

¿Dónde estará Claudio? Él me tiene que ayudar. Me deje guiar por sus ideas, y, mira como terminé. Este apestoso patrullero, lleno de robustos policías, que me maltratan constantemente. ¡No me puede pasar esto a mí!

Bueno. Llegó el momento de actuar. Que la suerte me acompañe al cruzar esa puerta. Tengo que ser creíble y nada más que eso.

Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que aquel día cuando me había confesado todo. Con esa mirada triste que lo caracteriza hace años, desde la pérdida de su madre.

Los Versen habían sido una familia normal. Michael era único hijo, lo que significaba que fuera el malcriado de su madre. Aunque el padre no se quedaba atrás, pues, lo adoraba enormemente, amor que se plasmaba en las largas caminatas por el parque, aquellas que realizaban juntos todas las mañanas. Sin embargo, este equilibrio familiar se rompió cuando Carl, su padre, murió repentinamente de una enfermedad terminal. Esto trajo mucha conmoción en la familia. Y una profunda tristeza en Michael, quien no lo logró superar.

El tiempo pasó, y tres años más tarde su madre, Elsa, conoció a un hombre que conquistó su corazón. La relación siguió profundizándose, y pronto la familia Versen había vuelto a tener una figura paterna. Pero, como era de esperar, Michael, no aceptaría esa relación, y la actitud materna significaría para él una traición familiar. Aunque sentía dolor por la actitud de su progenitora, nunca esto se transformó en odio, al contrario su amor mutuo no se podría disolver jamás. No obstante esto no justificaba la incomodidad del joven. Vivía los días en esa pequeña casa de Palermo, como insoportables, como una carga con que debía acarrear, pero que no podía soportar jamás. La situación se agudizó cada vez y lo llevó a cometer un acto del que se arrepentiría por el resto de su vida.

 Recuerdo ese día cuando tomó el coraje de contármelo. Era un miércoles al mediodía. Estábamos sentados en la plaza, aquella por la que caminaba junto a su padre, escuchando el sonido de los pájaros y contemplando la bella tranquilidad que nos rodeaba. Cuando entre lágrimas me dijo:

– No soporto más esta presión. Sólo quería vengar el honor de mi padre, pero la mala suerte volvió a entrometerse en mi camino.

Su plan y el desarrollo llevado a cabo rondan en mi mente como ideas que no encuentran lugar donde situarse. Cómo había envenenado a su madre por equivocación, con aquella poción que era para su esposo y que accidentalmente su madre injirió; y lo monstruoso que se sentía al encontrarla yaciendo sobre el piso de la cocina con el vaso en la mano, eran recuerdos difíciles de olvidar. Todo esto me prolongaba a un círculo irreal que me generaba mucha confusión: ¿Debía guardar el secreto o delatar a mi amigo? Me hallaba en la disyuntiva cuando un ruido me sobresaltó. Creí que era Michael, pero no. Todo lo proyectado era producto de mi mente, ya que mi viejo amigo al terminar de contar su historia se marchó y desapareció entre los árboles de aquella plaza. Esta rara sensación me condujo a recordar la muerte de mi hermano, atropellado por un colectivo cuando regresaba a casa. Fue entonces cuando comprendía a Michael, y me vi a mi mismo con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Si bien, quizás nunca más volvería a encontrarlo, pues creía que la desgracia le había vuelto a ganar, y debía buscar otros rumbos. Por otro lado, en mi mente yacía un sentimiento común que nos unía enormemente: el destino desdichado. Mi decisión ante esta antinomia que se reproducía internamente en mi ser fue la de tratar de olvidarlo.

Tiempo después, me encontraba de viaje en Rosario, mi ciudad natal, cuando un día, caminando por el centro con mi primo, se me hizo ver a Michael, sentado en un banco de la plaza principal. Mi inquietud fue inmediata. Le pregunté a mi primo si conocía al hombre ahí sentado, y me respondió inocentemente que era un loco que hace tiempo merodeaba por aquella plaza. La noticia me perturbó de tal modo que no quise preguntar nada más.

 

 En un  pequeño  pueblo cercano a Transilvania, vivían un grupo de niñas que tenían por pasatiempo  ir a la estación de tranvías de la cuidad. Todos los mediodías, después del almuerzo se juntaban en la esquina de la casa de una de ellas y partían hacia la estación. La  terminal de tranvías tenía para ellas un significado especial. Esas veinte cuadras que separaban la casa de Silvana, lugar donde se encontraban usualmente, de la estación, simbolizaban para ellas un camino hacia la felicidad. Cuando llegaban a la estación solían sentarse en un banquito que estaba al final de uno de los andenes y de allí miraban pasar los tranvías. Cuando se aburrían de estar yaciendo sobre el banco, se ponían a jugar. Su juego consistía  en hacer de estatuas  y tomaban como público a la gente que pasaba en el tranvía de las 15.30.

Su juego cambió notablemente un día cuando, mientras Silvana hacía una de sus estatuas preferidas, de un vagón calló un papelito que decía: “Muy lindas las estatuas. Viajo en la segunda ventanilla del cuarto coche. Mi nombre es Gonzalo”.  Desde ese día las chicas esperaban oír la silvatina del tranvía que estaba llegando, para retomar su juego de estatuas diario.  Ya desde el segundo día reconocieron al chico desde la ventanilla y se saludaban fervorosamente. Cada día que pasaba se había convertido en una rutina muy divertida para ellas, el esperar que Gonzalo las salude y les sonría tan amablemente.

Después de varias semanas de este juego tan singular, decidieron subirse al vagón  y conocer personalmente al chico de sus sueños. Ese día, sin embrago, Gonzalo no viajaba allí. La angustia ingresó a sus corazones, ya que habían anhelado tanto este momento de encuentro, que nunca imaginaron aquella decepción. Viajaron un par de estaciones más hasta llegar a Transilvania, la terminal de aquel tranvía, anhelando poder encontrarlo. Si bien habían recorrido esta ciudad un par de veces cuando eran más pequeñas, nunca se sintieron tan maravilladas con la mística que este lugar les proporcionaba.  Quizás una de las cosas que más las maravillaba era la abundancia de ranas que había en el parque central del comienzo de la avenida, ya que para su pueblito estas criaturas naturales eran inusuales. Pero también las encandilaban los vivos colores que en los edificios prevalecía.  Comenzaron a recorrer las calles laberínticas de la cuidad hasta llegar a un pequeño bar en la calle principal. Pensaron que su avatar había terminado, sin embargo,  se equivocaron. Entraron al bar,  ya agotadas por tanto recorrido, y mientras decidían que tomar, se dieron cuenta que en una pequeña mesa en un rinconcito se encontraba un chico muy parecido a Gonzalo.  Entre ellas, fervorosamente, decidieron quien iba a acercarse a él. Cuando finalmente la elegida tomo coraje, el chico salió del bar y cruzó la avenida hasta desaparecer entre la gente. Su intento de perseguirlo se desvaneció rápidamente. Las chicas tomaron un café,  y decepcionadas con el encuentro, volvieron  de regreso a su casa, con una idea fija en sus mentes: nunca más volverían a practicar  ese juego que las hizo ilusionar en vano.