Argumentación


 

Una gran mentira es como un pez en tierra; podrá agitarse y dar violentos coletazos, pero no llegará nunca a hacernos daño, no tenemos más que conservar la calma y acabará por morirse. 

La mentira no nos lleva a un buen puerto, me decía mi abuela de chica. Y es una frase que circula por todas las mentes. Pero si bien sabemos que mentir nos lleva por mal camino, y nos hace fingir lo que no somos, la mentira está presente en todas nuestras vidas. ¿Quién no ha mentido alguna vez? “El que esté libre de culpas o mentiras que arroje la primer piedra”.   

Nuestra vida tanto pública como privada está invadida por la mentira. Vivimos en una sociedad mentirosa. Hay distintas formas de mentir. Están las mentiras piadosas que se dicen para no herir susceptibilidades; las mentiras colectivas, como las emitidas por los diarios, las revistas, la radio, las cuales responden generalmente a intereses espurios; las mentiras familiares, que sostienen muchas veces una familia; las mentiras históricas, que llevan detrás la ideología del que las trasmite; y por supuesto abundan las mentiras políticas, promesas incumplidas que todos podemos comprobar  cuando terminan las elecciones y todo lo prometido se desvanece en el aire.

Pero hay una gran diferencia entre aquel que mintió alguna vez por una pequeña cosa y aquellos que conforman su vida a base de mentiras. Una vez que se entra en la red de las mentiras es difícil salir. Una mentira lleva a otra, y así se conforma toda una vida fantasiosa que se va encadenando en la falsedad, para no caer en la locura.

Pero la mentira “tiene patas cortas”, es decir, no llega muy lejos; porque los mentirosos tienen que tener ante todo muy buena memoria si no quieren ser descubiertos. Y al fin y al cabo la verdad siempre se filtra por algún lado. Por ese motivo, es preferible no falsificar las cosas, para no tener que acarrear luego con las consecuencias. El que miente es como un barco que hace agua hasta que se hunde irremediablemente en lo más profundo, a veces perdiendo lo que más quiere. Y una vez que se perdió la credibilidad es difícil volver a encontrarla.

 Sin embrago, el que quiere cambiar y dejar de mentir puede hacerlo, sea quien sea, lo que importa es intentarlo; porque somos los dueños de nuestro destino y estamos condenados a elegir todo lo que en ella suceda, bancándonos las consecuencias.

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Una gran mentira es como un gran pez en la tierra; podrá agitarse y dar violentos coletazos, pero no llegará nunca a hacernos daño, no tenemos más que conservar la calma y acabará por morirse.A pesar de que las mentiras siempre tienen patas cortas y no nos llevan a ningún lugar (o por lo menos a ningún lugar bueno) existen. Están en todos lados, especialmente en la política. Un claro ejemplo es el de la política argentina, tal como lo manifestó Tomás Eloy Martinez en su artículo de La Nación “Verdades y mentiras”: “La historia de la política argentina abunda en esas ventas de abalorios, que pierden rápidamente su brillo ante la cegadora realidad. La patria socialista del último Perón, la recuperación victoriosa de las Malvinas, el uno a uno de Menem, Cavallo y de la Rua, así como los fuegos fatuos del corralito, fueron algunos de esos espejismos que llevaron al país hacia abismos de los que no fue fácil Salir.” Cada una de esas promesas encierra una falacia. Inexplicable e irreversible es la decepción que sufren las grandes  masas de la población argentina. Sus esperanzas se hacen humo al entender que esas promesas no son más que engaños que encubren intereses particulares de los maravillosos políticos de nuestra nación. ¿Acaso hay algo peor que entregar la confianza y no recibir más que patrañas? Siempre la misma situación. Una doble cara. Una máscara que finalmente se cae. No creo como muchos otros, que una mentira que haga feliz valga más que una verdad que amargue. Las mentiras siempre mueren, si no es que se suicidan. Pueden resultar tentadoras e inofensivas, pero sin dudas son el peor defecto del ser humano. No son medibles ni se justifican por ser piadosas o pequeñas. Aunque suenen a verdad, en su esencia no serán más que calumnias. Es tan socialmente repudiable que desde niños nuestros padres nos enseñan, cual dogma infantil, la historia de un personaje llamado Pinocho. Un cuento repleto de sabiduría.Siempre habrá quienes traten de justificar su afecto hacia la mentira, pero nunca lo olviden: la mentira siempre muere aunque trate de matar y solo dura hasta que la verdad llega. La mentira jamás podrá ocupar el lugar de la verdad.

Noelia Lucchese

Comisión 63