La última luz se extinguió, y el silencio de la habitación se volvió monstruoso.  Ella lo había reconocido. Su rostro pálido, sus tatuajes, su cuerpo consumido por los vicios habían sido los disparadores de este reconocimiento.  Esta simple enfermera tenía delante suyo al asesino de sus padres.  Estaba a cargo de su salud y de su recuperación.  Sin saber, sin pensar las consecuencias que podría traer vengarse de él, ella decidió terminar con su vida. La felicidad por así decirlo, no tardó en manifestarse en su rostro. La imagen era tétrica: la enfermera con el cuerpo muerto enfrente suyo. Luego de cumplir con su tarea, como así ella lo sentía, se encargó de limpiar todo para no dejar ninguna huella.

Al finalizar, salió del hospital y se dirigió al cementerio donde estaba el cadáver de su padre. Le empezó a hablar y a contarle que había vengado su muerte; que con lo que a eso respectaba podía “dormir” tranquilo. Y que pronto la iba a tener a ella, a su hija “durmiendo” a su lado.

Anocheció y la enfermera sentada en la terraza de su casa, apretó bien fuerte una foto que tenía de él y saltó quitándose la vida.