Son las once de la noche del martes. Los créditos de Clase Turista: el mundo según los argentinos se proyectan impasibles sobre la pantalla de televisión bajo los conocidos círculos azul, verde y rojo. Como siempre, al final del programa los exiliados comparten con cientos de espectadores aquello que extrañan más de vivir en la Argentina. “Mis amigos”, “mi familia”, “caminar por la calle Corrientes”, “el fútbol”. Y sin embargo, cuando se les pregunta si volverían, la respuesta es invariable, determinante, decisiva y hasta a veces un poco dolorosa para quien la escucha desde la comodidad del living y bajo el refugio de la patria: “No”.

Clase turista es un programa documental en el que se presentan distintos lugares del mundo a través de la mirada y las experiencias de argentinos que emigraron por motivos diversos, en su mayoría laborales. Pero es más que una transmisión televisiva. Es una ventana al mundo de aquellas personas que eligieron un futuro distinto, lejos del asado, el mate, el tango y la bandera celeste y blanca, donde el desarraigo es moneda de todos los días y la identidad una barrera difusa. “Al principio estás de vacaciones”, dice uno de los entrevistados. Sí, al principio. Me resulta inevitable preguntarme qué pasa cuando se deja atrás la emoción de lo nuevo y la fugacidad de lo exótico abre paso a la incomodidad de lo desconocido. Cuando la inquietud se esconde en cada uno de los rincones de aquel monstruo de asfalto formando con sus recovecos, puentes y recorridos una ciudad extranjera que se transforma en casa pero nunca en hogar. Cuando las calles que antes eran circuitos turísticos se convierten en la ruta obligada para ir a trabajar, un camino distinto que no figura en la Guía T y en donde los habituales puntos de referencia como “el barcito de la esquina” o “el quiosco de Pepe” son reemplazados por otros locales, lo que lleva a los transeúntes como víctimas de una broma pesada a doblar en la esquina equivocada. Cuando las palabras dejan de serlo para transformarse en una combinación de letras o símbolos que no significan más que jeroglíficos pintados en los carteles. Cuando las conversaciones no son otra cosa que ruido, sonidos inteligibles que se esfuman en el viento sin poder ser rescatados del otro lado de las barreras del idioma. Cuando los 25 de mayo y los 9 de julio son sólo números negros en los calendarios y las banderas que flamean en los mástiles son de cualquier color menos celestes y blancas. Cuando las costumbres se tornan residuos de la vida que se tenía para sobrevivir y mimetizarse en un universo paralelo, donde el derecho parecería ser el revés y el emigrante es un intruso que irrumpe en la armonía de una cultura homogénea pero por sobre todo diferente.

A pesar de todo, el torbellino de sensaciones que se arremolina violentamente amenazando con apoderarse de la mente de los viajeros encontró un oponente aún más fuerte, que lo obliga a disiparse casi con la misma rapidez con la que se forma, a esconderse en lo profundo del alma del emigrante para no salir nunca más a la superficie, siendo el eterno derrotado de una lucha injusta y desigual. Este adversario se alimenta de las inseguridades y las crisis, de los miedos y las necesidades, de la corrupción y el delito, hasta reproducirse como una plaga que no tiene posibilidad alguna de ser erradicada, rigiendo el destino y las decisiones de cada una de sus víctimas. No tiene rostro ni nombre, pero encuentra su voz en todos los que anhelan un futuro mejor de aquel que se vislumbra en el país de origen, que no colma las expectativas del profesional, del estudiante, de los jóvenes, de los matrimonios, de las familias. Se infiltra en todas las conversaciones y se adueña de los medios de comunicación, multiplicándose en los canales y asegurándose de dejar sus huellas en el imaginario de la sociedad entera. Explota las frustraciones y los deseos. Es engañoso, persuasivo, persistente pero también realista. Y así, bajo el amparo de las problemáticas y los obstáculos cotidianos se instala en los hombres y mujeres y crea en ellos una personalidad conflictiva que entra en discusión con su pasado y su presente, instándolos intransigentemente a hacer una elección firme y a veces definitiva: el futuro o la identidad.

Es entonces cuando ante la disyuntiva, la posibilidad de subir los escalones de la seguridad social y financiera desplazan a la patria con el esplendor del éxito que enceguece los corazones, construyendo la imagen utópica de una sociedad mejor y por qué no ideal. El emigrante se embarca en un viaje hacia lo desconocido y emprende un nuevo comienzo. Lleva en una valija mal armada fragmentos maltrechos de una Argentina no apreciada, acomodados a los apurones con la esperanza inocente de que puedan suplir la identidad de la tierra natal. Amontona una pila de recuerdos en el placard y cierra la puerta con doble llave para recurrir a ellos en los momentos de soledad y angustia. Pero no se percata de que en el trajín de lo cotidiano, las calles de Buenos Aires o las sierras de Córdoba se desvanecen hasta perder la intensidad de sus colores y el fulgor de su brillo, quedando reducidas a siluetas difusas. Con el paso del tiempo, el placard se ve asediado por nuevas imágenes que luchan por entrar y amenazan con cubrir hasta el último rincón viviente del pasado, como sombras egoístas que se niegan a compartir su lugar con el recuerdo. “Mientras más rápido te olvidás de Argentina, más rápido te adaptás al país donde vivís, te acercás a un objetivo”. Las palabras de Daniel, residente en Moscú desde hace treinta años, resuenan en mis oídos al darle sonido y forma a un sacrificio ineludible, pero que no muchos se atreven a pronunciar en voz alta. La eventual hostilidad extranjera se ve así amortiguada por una frase que oscila entre los dichos populares y las verdades absolutas: el fin justifica los medios.

Mientras se intenta alcanzar la meta soñada, detonante de un desarraigo irreversible, el emigrante se refugia en fotografías, películas y programas televisivos que alimentan la necesidad de contacto con el país de origen. Mercancías que son contempladas en el intento de satisfacer los requerimientos de una patria que resulta sin embargo esporádica y momentánea. Una patria que no persiste más allá de la adquisición de ese fragmento de una Argentina lejana, importado por las industrias y colocado del otro lado de pantallas y vidrieras. Una patria con precio y código de barras que se agota con el consumo, con cada uso o mirada. Exhibida en paredes, estantes o resguardada en cajones, genera la ilusión temporal de que las raíces y los recuerdos se mantienen intactos, inalterables; que persisten con la misma vivacidad con la que llegaron a suelo extranjero. Pero en realidad se debilitan con las presiones exteriores que exigen a los emigrantes adaptarse a un mundo totalmente nuevo. Porque para triunfar primero hay que sobrevivir.

Al menos en la práctica, la vida cotidiana en el exterior implica en cierto modo olvidarse de todo aquello que forma la propia identidad. Resulta inevitable tener que reemplazar cada pieza del propio ser por otras que se construyen con los recursos brindados por el país extranjero. Es un proceso progresivo y quizás imperceptible, en el que no existe más remedio que reprimir la esencia para encajar en la sociedad. La lengua materna es rezagada y queda destinada forzosamente al círculo familiar o bien al diálogo interno que el emigrante mantiene secretamente consigo mismo. Mientras tanto, un idioma desconocido fluye por los alrededores y les recuerda constantemente a los argentinos el hecho de que no pertenecen allí. Se alza como el guardián de todas las conversaciones, desde las más nimias hasta las más profundas y sólo se hace a un lado una vez que se logran incorporar las palabras extranjeras. Estructuras gramaticales distintas y significados nuevos desplazan en silencio conocimientos lingüísticos anteriores. Los códigos sociales se redefinen para dar lugar a otros diferentes, imprescindibles para forjar relaciones que rompan con el aislamiento que se busca con ansias superar. Los viejos hábitos y las tradiciones no encuentran lugar en el seno de la nueva cultura. Están condenados a vagar como fantasmas mientras costumbres nuevas emergen abriéndose paso entre las olas de una sociedad distinta, buscando evitar el naufragio y ganar la simpatía y el respeto de ojos críticos. El consumo de objetos, vestimentas y alimentos debe ajustarse a la disponibilidad de los mercados extranjeros, que generalmente no ofrecen a sus clientes el sabor del verdadero dulce de leche. Se dejan atrás las preocupaciones argentinas; ahora son las extranjeras las que importan. Las problemáticas económicas, sociales y políticas que al arribar parecían distantes y ajenas se vuelven cercanas, propias. El individuo atraviesa un proceso de reconversión que deja huellas imborrables en lo más profundo de su alma. “Yo no soy ingenuo, sé que eventualmente cuando tenga de quince a veinte años acá, voy a ser más chino que argentino y ya estoy al 75% del camino en la conversión”. Las palabras de Diego Laje, residente en Hong Kong desde hace diez años, le dan voz a una identidad resquebrajada, atraída por las luces orientales y aturdida por el impacto cultural.

 Así, el individuo renuncia a su mundo entero y como si se tratase de un pacto funesto deja morir lo que alguna vez fue para crear un universo completamente nuevo que le permita comunicarse y subsistir. Engañado, cree encontrar su lugar en el planeta, cuando en realidad lo pierde para siempre. Porque al fusionarse con una cultura diferente, el emigrante deja de ser argentino y lucha por integrarse en un país que sin embargo nunca será suyo. Queda por lo pronto una pregunta por hacerse, alguna vez presente en la conciencia del exiliado pero adormecida y ahogada con la satisfacción de la adaptación: ¿en verdad vale la pena?