Era un día gris. El viento azotaba la ciudad y retorcía las ramas de los árboles mientras la lluvia repiqueteaba contra las ventanas del auto en el que Santiago, un hombre alto, canoso y de mediana edad; viajaba cómodamente. La tormenta no era para él más que un murmullo lejano. Estaba totalmente absorto en una novela que había decidido leer para romper con la tediosa monotonía que los viajes implican.

Para él, viajar no era más que un estorbo que lo separaba de cualquiera que fuese el destino deseado. Le molestaba que la velocidad a la que el auto se movía redujera la realidad a meros manchones de colores, y que las personas que caminaban por las calles no fueran más que una corriente humana que cargaba con sus preocupaciones, inmersa en sus propias vidas; sin rostro, sin personalidad, sin pasado, con un presente irreal y un futuro incierto. Odiaba que los sonidos, tan numerosos y diversos, se vieran ahogados por el zumbido del viento que silba en los oídos de cualquier viajero que deja las ventanillas abiertas. Para Santiago, el mundo era mucho más que toda esa  mezcla desprolija de elementos. Y así, prefería concentrarse en el libro que tenía en sus manos en lugar de reflexionar sobre esa única imagen borrosa a la que tenía acceso desde el asiento trasero del vehículo. Las tapas naranjas y las letras doradas de la novela que estaba leyendo lo habían cautivado desde el estante más alto de una librería que solía frecuentar muchos años atrás, cuando aún era un adolescente. Este viaje repentino le daría la oportunidad de terminar aquella historia que jamás había concluido, de atravesar las páginas del tan esperado capítulo final.

Hundido en el asiento, Santiago se dejaba llevar por los acontecimientos amontonados en las letras negras que desfilaban ante sus ojos como hormigas. Su memoria había reservado un rincón especial para aquel mundo paralelo en el que el protagonista habitaba con todos sus secretos, alegrías, miedos, frustraciones, logros,  recuerdos, tristezas…Un mundo totalmente distinto de aquella mezcla indiferenciada de sensaciones que estaba detrás de las ventanillas de los autos y a donde en realidad valía la pena viajar. Un mundo vívido con senderos que se bifurcan y se retuercen peligrosos, indomables; y que Santiago recorría junto a los personajes, memorizando sin dificultades sus andanzas, mientras era consciente del placer secreto de ser el único testigo del momento en el que el protagonista finalmente pierde su cordura. Aquel día predecible pero confuso en el que el asesinato se produce.

Era una gélida tarde de invierno. Él yacía parado con la frente en alto y la mirada perdida en el rincón más sombrío del callejón, donde el tiempo parecía haberse detenido. Respiraba con dificultad. Un escalofrío recorría su cuerpo al tiempo que su mente intentaba procesar  todo lo que acababa de ocurrir. El cuchillo, iluminado por el sol anaranjado que amenazaba con desaparecer para siempre en el horizonte, desprendía destellos rubíes mientras la sangre se escurría por la empuñadura de madera. El cuerpo sin vida del hombre se encontraba a un costado del contenedor de basura. Reinaba el más absoluto silencio. Ya no había gritos, ni ruidos, ni dolor. Sólo paz. Y eso lo tranquilizaba. Le recordaba a ese momento de su vida en el que todo era mucho más simple. Cuando la oscuridad y la confusión no dominaban su mente, y aquella furia irrefrenable no se había apoderado de cada centímetro de su cuerpo como un parásito que lo había transformado en un ser totalmente irreconocible. En esa época no existían esas voces que lo enloquecían. Habían comenzado como susurros, pero con el tiempo se habían transformado en aullidos ensordecedores que parecían llevarlo por los caminos equivocados, que lo habían doblegado hasta convertirlo en un prisionero encarcelado en lo más profundo de su propia alma, donde nadie podía escucharlo. Cerró los ojos para recordar otros tiempos más felices en los que el cielo parecía más azul y el sol más brillante. En los que todo era perfecto. Ella lo había rescatado del abismo de la soledad y le había mostrado lo maravilloso que el mundo podía ser; era su conexión con la realidad y las puertas a lo eterno. El reloj se detenía en su compañía mientras el resto de las personas sólo eran parte de una neblina difusa. No existía ninguna otra cosa que quisiera tener más que sus ojos sonriéndole cada mañana.

Jamás hubiera imaginado que esa felicidad le pudiera haber sido arrebatada tan brutalmente como sucedió aquel funesto día de octubre. Un silencio sepulcral envolvía la casa cuando regresó de su habitual recorrido matutino por el barrio. Sin embargo, no se percató de que algo había ocurrido hasta que resbaló con lo que parecía ser un rastro de sangre que se extendía por todo el pasillo y doblaba en la esquina, para luego desaparecer en el dormitorio. Inmediatamente, fue asaltado por un pánico instintivo. Sentía cómo la adrenalina corría por sus venas mientras atravesaba los pocos metros que lo separaban de la habitación. Las ventanas aún estaban abiertas, tal y como él las había dejado una hora atrás. El contenido de los cajones, desparramado por el suelo, rompía con la habitual armonía con la que la casa estaba usualmente organizada. Poco le importó. Lo único en lo que podía reparar en ese momento era en el rostro de ella, reflejado en el espejo que cubría la pared del fondo de la pieza y que ahora estaba resquebrajado formando un inmenso rompecabezas de cristal. La vida se había fugado de sus hermosos ojos verdes, que miraban hacia la puerta como si hubiesen estado esperando que él volviera antes de lo previsto para salvarla. Sabía que ya era demasiado tarde cuando la tomó en sus brazos, rogando que reaccionara.

El libro cayó de las manos de Santiago. Hubiera querido culpar al pozo que el conductor no hizo tiempo a esquivar, pero sabía que su propia torpeza no se debía a eso. La muerte de la joven lo había afectado más de lo que hubiera imaginado. Desde el principio, Santiago había tenido el presentimiento de que algo así sucedería. Nadie podía darse el lujo de experimentar una felicidad tan exagerada. Disimuladamente, se secó con la manga de la campera las lágrimas que habían brotado descontroladamente de sus ojos, tomó el libro y continuó leyendo a pesar del nudo en el estómago que le impedía respirar:

Los días, dieron paso a las semanas; las semanas a meses. La policía encontró al culpable y un proceso judicial se inició. Los diarios publicaron la noticia como parte de una estadística sobre la inseguridad. Como si ella no fuera más que eso. Un número. Los programas televisivos presentaban el crimen acompañado de una música apocalíptica, pero las imágenes y el ruido no significaban nada para él. Estaba en un estado de animación suspendida del que no encontraba salida. La cabeza le daba vueltas. No podía evitar pensar que tal vez, si aquella mañana no hubiera tardado tanto en cruzar la calle o no se hubiera detenido para saludar al vecino, quizás ella seguiría viva. Y eso lo torturaba. Le carcomía la conciencia y lo había arrastrado a la vigilia permanente. Sólo lo tranquilizaba el hecho de que esa basura que le había arrebatado lo único que le había dado sentido a su vida, estaría muy pronto confinado en una celda para siempre. Pero estaba muy equivocado. La evidencia resultó ser insuficiente y el asesino quedó libre. Libre para respirar, reír, llorar, sentir la brisa primaveral sobre el rostro. Algo que ella jamás podría volver a hacer. Por eso, ver al culpable mintiendo sobre su inocencia frente a camarógrafos y periodistas que lo único que buscaban era una primicia, fue demasiado para él. El monstruo que había venido alimentando en su interior finalmente tomó el control y decidió hacer justicia por mano propia. Ya nada más lo detendría.

Y así fue cómo él se encontraba parado en aquel callejón solitario esa gélida tarde de invierno. Sólo le había tomado un día encontrar el paradero del asesino, un minuto para que el corazón de aquel infame dejara de latir y un segundo para perder su alma para siempre. Fue el principio del fin. La caza furtiva de ese individuo había llenado un vacío en su interior que ni siquiera sabía que existía, y había saciado la sed de las voces que hacía tiempo reclamaban venganza. Sin embargo, ese instante de paz interior desapareció tan fugazmente como había llegado al comprender que no importaba si se había hecho justicia o no; ella no volvería. Cayó de rodillas mientras se cubría los oídos con las manos. Sentía cómo las voces gritaban una vez más y jugaban con sus pensamientos, exigiendo sangre como un sacrificio macabro para devolverle la tranquilidad que nunca recuperaría. Sabía que, aunque lo intentara, no podría resistirse.

Ni el ruido de las bocinas pudo evitar que Santiago interrumpiera su lectura. Totalmente absorto en la miseria del personaje, se encontraba recorriendo junto a él los rincones de la ciudad, lo acompañaba en el acecho de inocentes cuyo destino infortunado no sería otro que el de terminar en algún callejón, al igual que el criminal que había desencadenado el desastre. Santiago presenciaba cada uno de los asesinatos desde las sombras, impotente. No había nada que deseara más que gritar y decirle que se detuviera; terminar a su vez con el sufrimiento de aquel hombre que protagonizaba esa historia y al que  había llegado a conocer tanto como a sí mismo a lo largo de las páginas. Los pocos párrafos que lo separaban del punto final le dejaban el amargo presentimiento de que su amigo de tinta y papel sería inevitablemente arrinconado por la justicia. Por eso, cuando las oraciones revelaron cómo un grupo de policías sorprendió al protagonista en uno de sus asesinatos, no pudo evitar sentir una mezcla de lástima y temor. Ya no estaba seguro de querer llegar al final de la novela.

  

Santiago supo que estaba acercándose a su destino cuando el conductor aminoró la marcha. Había dejado de lado esa sensación extraña que había experimentado unos momentos atrás. De alguna manera, saber después de tanto tiempo cómo terminaba la historia lo tranquilizaba un poco. Inmutable, observó cómo la realidad que lo rodeaba dejaba progresivamente de ser una mancha indiferenciada de colores, ahora que el conductor había disminuido la velocidad. Comprendió entonces que su viaje había terminado, pero siempre habría nuevos capítulos por escribir. Miró a través de la ventanilla y sonrió. Podía distinguir claramente las hojas verdes de los árboles, el anaranjado de los ladrillos y las paredes blancas y azules de la estación de policía frente a las cuales el auto estaba siendo estacionado. Dos hombres uniformados abrieron sorpresivamente la puerta del vehículo y lo obligaron a salir. No notaron que, escondido debajo del asiento trasero, había un libro de tapas naranjas y letras doradas que bajo el título de “Diario Íntimo”, escondía en sus páginas el alma del más reciente pasajero.