El teatro esta vacío. Las butacas esperan ansiosas ser ocupadas, pero eso no ocurrirá hasta el día de estreno.No somos más de diez fotógrafos los que entramos a la sala. Nos dispersamos. Nos apropiamos de un rincón. Nos acomodarnos. Ahora, solo nos queda esperar.

Es increíble como la cámara logró volverse una poderosa extensión de mis ojos. Poderosa, porque es capaz de llegar a donde ellos quieren pero no pueden, capaz de reproducir al infinito lo que en ellos tuvo lugar una sola vez.

En pocos meses, aquella antigua tecnología, logro en mis pupilas una especie de simbiosis. Digo “especie” porque ambas no viven unidas. Sin embargo, la cámara fotográfica, no puede registrar sin mis ojos y ellos ya no pueden ver dejando atrás los códigos de la cámara.

Así es que voy por la calle y me encuentro con un plano detalle de las manos de una señora, que ubicada en la vereda de enfrente, desparrama sus dedos por su cara, en el intento de deshacerse del maldito sueño. Así es que veo a un anciano detenerse en el extremo de un escalón, que ocupa la delantera de un antiguo edificio, formando una perspectiva casi perfecta entre su bastón y las líneas verticales y horizontales que invisten la construcción. Camino y hago zoom en las copas de los árboles encontrándome con las distintas tonalidades de sus hojas. Llego a la estación de subte, bajo las escaleras mecánicas, miro hacia abajo y mis pies, los del señor de adelante y los escalones que nos sostienen, se encuentran desenfocados. Lo único claramente detallado es la cara de un nene, que sonríe entre pares de piernas, a la altura de nuestros pies.

Carlos, nuestro profesor, se nos acerca uno por uno, para informarnos que faltan detalles en el vestuario y en la escenografía. Lógico, ya que se trata de un ensayo general. También nos confirma que podemos movernos por la sala a nuestro gusto y que podemos acceder al palco. Minutos después las luces bajan, una voz en of ordena que tengamos apagados los celulares, anuncia que no se permite beber o comer durante la función y nos pide que por favor no saquemos fotos. La última aclaración es graciosa, teniendo en cuenta que los únicos que estamos presentes, lo estamos con nuestros equipos preparados, listos para apuntar, apretar el gatillo y disparar.

La cámara te vuelve inquieto. Inquieto ante la búsqueda insaciable, continua, hasta obsesiva por documentar, por encontrar sentidos. Lo haces, lo logras y querés más. Y es, justamente, esa ambición la que te lleva a la meta. Es esa ambición, la que te lleva a querer seguir experimentando. Una vez, leí que lo terrible que hay en toda fotografía es “el retorno de lo muerto”. Capaz sea ese el motor que nos impulsa a querer obtener una foto: “La necesidad de fijar lo vivo”.

 Títeres de tamaño real se intercalan entre brazos, cabezas y voces humanas. Cada paso, cada palabra, cada expresión, esta predestinada. La luz de tal o cual color, su intensidad o la ausencia de ella. El ingreso de un nuevo personaje o el abandono de escena de otro con el que ya estamos familiarizados. La música de fondo. Los silencios. Todo esta relacionado. Cada detalle forma parte de un premeditado diseño. La adrenalina me invade de pies a cabeza. No es necesario buscar nada. Todo esta ahí. Servido ante mis ojos. Las imágenes se disparan solas, unas tras otras. Todo produce sentido. A tal nivel que me siento incapaz de representarlo en simples imágenes.

Creo que anteriormente solo había ido una o dos veces al teatro. Me pregunto porque y no tengo una respuesta. Por ahí sería justo echarle la culpa al cine. Es en comparación de él que puedo descifrar lo mágico del teatro. Es en comparación de él, que puedo entender el porque de esa insatisfacción con lo registrado en escena. En el teatro contemplas en carne y hueso cada minuto. Todo el desarrollo de la obra, con su conflicto y resolución, lo tenés ahí, en vivo y en directo. Haciéndote, inevitablemente, parte de él.

Humanos y muñecos, sobre el escenario, representan la obra Calderón. El argumento es la representación del poder, por medio de la marginación que los marginados practican, a su vez, sobre otros marginados. Las diferentes escenas transcurren en distintos sueños de Rosaura, el personaje principal. Y la buena ambientación de la obra, logra realmente esa sensación pesallidesca en nosotros, así y todo, estando concentrados en lo nuestro.

Son aproximadamente diez cámaras en acción que, a pesar de estar sin flash, se anuncian con el sonido del disparador, incapaz de disimular. Son aproximadamente diez cámaras las que  “esperan lo inesperado todo el tiempo”.