Como todos los lunes me preparaba para ir a la facultad a la tardecita para cursar desde las siete de la tarde a las once de la noche. Cuando ya pensaba en dirigirme a la estación de tren, mi madre, generosa, me dijo: “no voy a usar el auto si querés llévatelo”. Lógicamente acepté gustoso, ya que esto implicaba mucho menos tiempo de viaje, comodidad y buena música a todo volumen; en lugar de subirme a un tren con una humedad insoportable.

    Salí manejando entusiasmado, sin saber ni siquiera imaginar lo que me depararía el futuro, aquí pequé de ingenuo, ya verán el por qué. El viaje fue muy ameno, por momentos viajando por las avenidas de la realidad y por otros en mi mente con las letras de las canciones, lo cual es medio peligroso, pero mis sentidos seguían acá cuando mi cabeza volaba. Todo parecía hacer de una tarde de lunes tranquila y mansa, pero el tránsito comenzó a moverse a paso de hombre y al llegar a la avenida 9 de julio me encuentro con un vallado y cinco policías que desviaban a los vehículos para circular por la calle Lima. Me acerqué lo mayor posible a un uniformado y le pregunté qué ocurría, a lo cual respondió nada amablemente con un: “Avenida de Mayo”. No era muy detallada esa explicación pero interpreté que había un corte en Avenida de Mayo, el policía lo dijo como que era la calle que hoy tocaba que sea cortada, me resultó cómico. Pero sin enojarme, me relaje con la música y encendí un cigarrillo.

    Pasado el corte; que según alcancé a ver era de veteranos de Malvinas. Luego la radio me lo confirmó, pero eran ex soldados que no habían ido a la guerra y reclamaban algún tipo de indemnización como los que si combatieron; llego a la avenida Independencia y suspiro. Una hora tarde pero había llegado. Subo las escaleras rápidamente y en el pasillo me encuentro con una amiga que me dice que la clase ya había terminado, o mejor dicho, no hubo clases puesto que entregaron las notas de los parciales. Supuse que me daría una buena noticia y que la hora casi parado en la avenida tenía su recompensa, pero no fue el caso, un triste dos solo hizo que salga a la luz toda la ira acumulada.

    Volví  acompañado por cuatro compañeras, que alcanzaría a una para de colectivos más cercana a su casa. Lo único que hicieron fue atenerse a escuchar mis quejas contra los cortes de calles. Se había iniciado un debate sobre el  tema, pero mi estado irritable fue mucho más fuerte. Cuando se bajaron parecían hartas de mis gritos y de no poder expresar sus ideas, las cuales yo despotricaba.

    Así fue un lunes más en “La ciudad de la furia”.