Hacía cinco meses que veníamos jugando religiosamente todos los fines de semana y entrenando al menos dos veces por semana para llegar a la final del campeonato. Teníamos un equipazo, pero el nivel del torneo era muy parejo y nos tuvimos que romper el alma para llegar hasta ahí. Decí que lo teníamos a él. ¡Qué fenómeno! ¡Cómo la movía el Papu! Era una cosa de no creer, una cosa de locos. Sin exagerar, era el mejor enganche que había visto en mi vida. Nunca entendí qué hacía jugando con nosotros, ese muchacho estaba para ser profesional. Pero bueno, el fútbol es muy injusto a veces, hay que tener suerte para llegar a Primera.

El Papu había caído en el barrio hacía menos de un año. Se mudó enfrente de mi casa, donde hasta ese entonces vivía doña Rosa. ¡Menos mal que apareció! Nos vino como anillo al dedo porque a una semana del comienzo del campeonato todavía nos faltaba un jugador para completar la lista. ¡Y qué jugador metimos por Dios! Era un tipo introvertido, de pocas palabras. Al principio me parecía medio raro, hasta llegué a pensar que andaba en alguna fulera pero con el tiempo me fui dando cuenta que era buen pibe. Vaya uno a saber por qué, tenía más confianza conmigo que con el resto de los muchachos. Supongo que habrá sido por el hecho de ser vecinos y volver juntos de casi todos los entrenamientos, qué sé yo. La cosa es que charla va, charla viene, y una noche terminé comiendo un asado en su casa después de entrenar.

La casa estaba tal cual como la había dejado Rosita, salvo en el cuarto principal. Ahí, el Papu había pegado unos posters y había puesto una biblioteca enorme con libros de todo tipo, desde poesía hasta libros futboleros. Hablamos de todo un poco, pero no me contó mucho de él. Sentía que se ponía incómodo cuando le preguntaba acerca de su vida. Por lo que me dijo, supe que antes de mudarse vivía en la Capital y que se había ido para escaparse de los quilombos, aunque no me habló de qué tipo de quilombos. También supe que su familia vivía en el sur, en la Patagonia. Creo que en Chubut. Pero de su vida personal, eso fue todo.

La semana previa al sábado 24 de febrero, día en el cual se jugaría la final, se me hizo eterna tanto a mí como al resto de mis compañeros. Llegábamos al partido teniendo la valla menos vencida y con el Papu como goleador del campeonato con veinticinco goles. Veníamos en una muy buena racha así que teníamos la moral por las nubes, pero los nervios y la ansiedad eran más fuertes. Estábamos tan obsesionados que esa semana ninguno fue a laburar. Es más, el Cholo echó a su familia de su casa dos días antes del sábado para que hiciéramos ahí la concentración, como si fuéramos un plantel profesional. Era una locura pero igualmente todos accedimos, menos el Papu que en el entrenamiento del miércoles nos dijo que le había surgido un problema familiar y tenía que viajar al sur sí o sí. Cuando escuchamos esa noticia se nos vino el mundo abajo. No nos podía faltar justo en este partido. De todos modos nos dijo que iba a hacer lo imposible por estar el sábado al mediodía para jugar la final como debía ser.

Esa tarde la cancha estaba colmada de gente, nos había venido a alentar todo el barrio con bombos, redoblantes, papelitos y banderas. Estaban todos, todos menos el Papu. En el vestuario se vivía un clima muy tenso. Recuerdo que intenté tranquilizar a mis compañeros argumentando que seguro se habría retrasado. Pero a esa altura nadie, ni siquiera yo, confiaba en que él apareciera. Finalmente se hizo la hora de salir a la cancha y no nos quedó otra que resignar la espera. Jugamos un primer tiempo horrible. No dábamos ni dos pases seguidos y el pobre Fatu, el arquero, se las tuvo que arreglar como pudo contra los delanteros rivales. Al finalizar la primera etapa nos fuimos al entretiempo con una derrota parcial de dos a cero.

Pero cuando el árbitro estaba a punto de pitar el comienzo del segundo tiempo la historia cambió para siempre. Un tipo en botines y pantalones cortos, con un buzo con capucha que le ocultaba el rostro, entró corriendo al campo de juego. – ¡Un Minuto referí! –exclamó –Acá estoy muchachos, me enteré que estamos perdiendo.

Era él. Se sacó el buzo y dejó lucir el número 10 que brillaba en su espalda. Comenzó el segundo tiempo y el Papu nos encaminó hacia la victoria. Ganamos cuatro a dos con dos goles suyos, uno del Pipi y  uno mío, para consagrarnos campeones. La fiesta parecía ser interminable. Todos los nuestros, que miraban desde afuera, invadieron la cancha para festejar con nosotros. Después de dar la gloriosa vuelta olímpica, me acordé de nuestro héroe. Lo busqué para abrazarlo pero no lo encontré por ningún lado.  Les pregunté uno por uno a los muchachos y nadie supo decirme dónde se había metido. Iban pasando los minutos y seguía la euforia al grito de “dale campeón, dale campeón”. Nos entregaron las medallas y la enorme copa de campeones, pero el Papu no aparecía.

Don Carlos, dueño de la mejor pizzería del barrio, nos invitó a todos a brindar con una cerveza bien fría y unas grandes de muzza. Mientras el resto se adelantaba, yo fui hasta la casa de nuestro crack para persuadirlo a que se uniera al festejo. Cuando llegué la puerta estaba abierta. Me mandé para adentro asustado y con la guardia en alto, por si me tenía que trompear con algún chorro.  La casa estaba destruida. Entre muebles caídos, papeles tirados y libros rotos, encontré los botines, todavía embarrados, de mi amigo. Lo busqué por todos los rincones pero no había otro rastro más que esos benditos zapatos. Salí a la vereda y vi como dos Ford Falcon verdes atravesaban la calle a toda velocidad. Me pareció extraño, pero  no le di importancia. Estaba preocupado pensando en dónde podría estar el Papu.

Nunca más lo volví a ver. Poco tiempo después me enteré que otros tres vecinos del barrio tampoco volvieron a ser vistos por la zona. Sinceramente nunca supe con certeza qué fue lo que le ocurrió a la estrella de nuestro equipo. Lo único que puedo afirmar es que aquel sábado 24 de febrero de 1977 fue la última vez que lo vi al Papu tirando una gambeta.

 

Agustín Capsala, comisión 61