Llegamos “temprano”: Las doce de la noche del sábado, buen horario. ¿Y esa fila? ¿Por qué tan larga? ¿Es la de acá? Si recién a la una y media abren las puertas, y ya a las doce hay esta cantidad de gente esperando, no me imagino cuánto esperarán los que lleguen después que nosotros. Parados, conversamos para pasar el tiempo. Veo la hora en mi celular, ya es la una y media. ¿Habrán abierto las puertas? La fila de gente avanza tan lentamente. Para colmo, no tuve mejor idea que ponerme estos zapatos tan lindos pero tan incómodos que hacía mucho que no usaba; y ya me están molestando. Son las dos, seguimos acá, ¿y si nos vamos a otro lado? Ya se, es una broma, cómo nos vamos a ir ahora (pero si la cola no avanza más…). Ya casi estamos, y la cara de los de seguridad no es nada linda. Qué emoción conocer por primera vez un lugar tan popular. Las dos y media de la mañana, y nuestro perseverante grupo de 8 personas llega, finalmente, a las puertas de Goa la France. Memorable.
Pero se manifiesta otro obstáculo a superar: la presentación de documentos. Momento levemente estresante en el que los ocho deberíamos poder entrar exitosamente. ¿Lo lograremos? Complicado por cómo nos miran. ¿Y si no les gusta la cara de alguno de nosotros y lo obligan a irse? Se estropearía la noche. Soy la última del grupo. Presento el documento y el hombre de metro noventa y cinco lo mira. Entrecierra sus ojos y me observa el rostro. Vuelve a ojear el documento. Se me hace eterna esa espera. ¿Y si piensa que lo estoy engañando y ese no es mi documento? Claro, porque tenía otro peinado a los dieciséis. ¡Y esa foto que tengo en el documento es horrenda, no parezco yo! Me ve por última vez, me devuelve el documento y me deja pasar. Respiro otra vez. Perfecto, los ocho logramos entrar. ¡A divertirse se ha dicho!
Breve descripción física del lugar: salón de proporciones considerablemente amplias. Los reflectores lo alumbran de forma divertida, hasta que suelen aparecer esas luces blancas titilantes que enceguecen durante unos segundos. Y ahí ya no es tan divertido experimentar que se atrofie nuestro sentido de la vista. Muchísima gente, apretujada, intenta bailar. Alcohol y cigarrillos por doquier. Y todo se traduce a la sencilla suma entre un edificio, dos mil personas y tres objetivos principales a lograr en el lapso de las próximas cuatro horas: tomar, bailar, disfrutar.
No tengo idea de qué hora será, pero estoy comenzando a aburrirme. Si no busco algo nuevo para distraerme, voy a empezar a pensar en mis pies de nuevo. ¿Y ese de allá? ¿Me está mirando? ¿Vos decís, Bere? Viene para acá, sigue mirándome. ¿A mí me mira? Llega, me sonríe, agarra mi mano. Lentamente me separa de mi grupo.
La prueba de fuego: bailar con desconocidos. Porque con mis amigos puedo bailar de cualquier forma, y todo es perfecto, ya que nos conocemos y hemos compartido gratos momentos. Pero de los extraños no conozco su forma de bailar. Y yo que pienso que me muevo de forma horrible y descoordinada. Pero no, esta vez no. Comenzamos a bailar “Abusadora”. Sin soltarnos las manos me alejo de él, y vuelvo a acercarme despacio al ritmo de la canción. Luego, el ritmo se acelera. Mis nervios empiezan a disminuir al notar que logramos coordinar. Me mira, le sonrío, me sonríe, miro el piso. ¡Qué sucio ese piso! Vasos de plástico, latas, botellas de vidrio, cigarrillos, líquido, mugre. ¿Y si pierdo el equilibrio con estos zapatos? Ojalá que no me caiga porque la suciedad me traga. Levanto la vista para volver a verlo. Entre la oscuridad y las luces de colores, se origina ante los ojos un efecto similar al que produce ver un caleidoscopio. Si este muchacho llega a tener tatuajes, piercings, feos dientes, una sola ceja, ojos chicos o granos en la cara, ni puedo saberlo. Tampoco si fuera modelo de pasarela me daría cuenta. Creo que es de tez morena. Creo que tiene linda sonrisa. Seguimos bailando. Se acerca aún más a mí e intenta hablarme al oído. Comienzan las preguntas. Y las respuestas que doy parecen sacadas de una revista de tests personales: no, no vengo seguido; 19; Guadalupe; ¿Qué?; Balvanera; ¿Qué?; sí; no; ¿Quée?; no lo sé; tal vez; ¿Quéeee? Y aunque tuviera la mejor buena voluntad o el oído más desarrollado del mundo para escucharlo, logro entender la tercera parte, con suerte, de lo que me dice. Sonrío. Qué buen recurso para las mujeres, cuando no entendemos lo que se nos dice, hacernos bien las sotas. Sonriendo, de a ratos observando aquella nueva forma de vida extraterrestre que de la mugre del piso emanará, esquivo más preguntas y finjo que no lo veo esperando una nueva respuesta de mi parte. “Qué linda sonrisa que tenés” me dice. Dejo de mirar el piso y lo miro a él, sorprendida. Mi risa se torna nerviosa. Me sonrojo, o eso supongo. En la oscuridad no se ve, pero me quema la cara. Le digo gracias y me besa. ¿Me besa? ¡Me besa! ¡Me está besando un desconocido! No me conoce, la canción dura 5 minutos como mucho, y ya me está besando ¿Y ahora qué? Me toma de la cintura y empiezo a sentirme incómoda.
Operativo de salvataje: el baile de la distraída. Tomo sus manos para sacarlas de mi cintura. Me separo de él lentamente, sonriéndole, y retomo el ritmo de lo poco que quede para bailar de esa canción (suponiendo que al terminar la misma, haré lo que sea para volver a mi manada). Me permito bailar sueltamente. Me siento bella, me siento sensual, una reina del baile. Él levanta su brazo y me hace dar una vuelta. Otra vuelta más. Y otra más. Parezco una calesita. Termina la canción y comienza al instante otra de reggaeton, un poco menos enérgica.

—Tengo que volver con mis amigos —le digo —. No, no tengo celular, se me rompió —es la última respuesta que le doy (mentira) —. Si, pasame tu número y te mensajeo después. ¡Un gusto! —es lo último que escucha de mí (“Pinocha” me decían).
Me besa la mano, me deja ir. Libre otra vez, perfecto. Vuelvo a mi grupo. Me hacen gestos burlones mis amigos; efectivamente vieron todo lo que sucedió. No me importa, estoy de nuevo con ellos. Y sigo bailando, pero con menos espacio disponible. Con repetitivos movimientos de cadera, cintura y cabeza, levantando los brazos, aplaudiendo o saltando un poco en el lugar es más que suficiente para mantener el ritmo. Aquellas canciones que más bailo en casa nunca las pasan, pero me adapto a las que hay. Algunas son pegadizas, y otras mejor ni escuchar la letra porque son absurdas o desagradables.
Otra llamativa particularidad de los boliches: son lugares en donde la combinación de música más disparatada, con las letras más machistas, cosificadoras, incitadoras de sexo y sumamente denigrantes, logran que cualquier persona allí, ya pasada levemente de copas, baile aquel ritmo pegadizo y monótono de una forma tan inexplicable como natural. Me siento bien, me siento feliz. Muerdo mis labios. Sonrío. Suelto mi pelo. Me estoy divirtiendo. De repente me tambaleo un poco. No creo que esté pasada de copas, no puede ser. Si solamente tomé dos pantera rosa, tres cuartos de un sex on the Beach, cinco sorbos de cerveza, medio vaso de speed con licor de melón…ah, también esa consumición gratis de lemon champ que venía con la entrada, pero era una insignificante copita. Y Bere me convida un sorbito de tía maría cream, y con el frizzé violeta que compraron los chicos no hago mucho más que unos buches, ¡pero qué rico! Bueno, tal vez bebí un poco de más; pero me siento bien, un poco mareada quizás. Cada vez se me complica más bailar con estos zapatos. Pero para mi sorpresa, no siento mucho dolor. ¿Por qué será? Quién puede saberlo. Sigo bailando. ¿Y esa chica que llora quién es? Uy, se la ve tan mal, quizás le pasó algo grave. Seguro que se peleó con el novio. La miro unos instantes y, aunque no la conozco, me da pena verla así. Me pesa el collar. No puedo bailar así, sacudiéndolo. Tengo la cartera colgada en mi hombro e intento abrir el cierre. Me cuesta hacerlo, ¿qué me pasa? Me rio como una estúpida, y finalmente logro abrirlo y guardar el collar. ¿Qué hora será? Este celular que se me pierde, ¿dónde lo tengo? Ahí está, en mi bolsillo, siempre escondiéndose el travieso. Lo prendo para ver la hora. ¿Las seis de la mañana? ¿Yaaa? ¿Qué dijiste? ¿Que ya nos tenemos que ir? ¿En serio? ¡Pero si la estoy pasando tan bien! Bueno, está bien, pero tengo que pasar por el guardarropa por mi campera. ¿Me buscás el papelito, Bere? Qué se yo dónde lo guardé, fijate en mi cartera. ¿Alguien tiene mi papelito? Los chicos me preguntan cuál y les digo que el del guardarropas. Empiezo a gritar: ¡Ya está, ya está, no lo busque nadie! Acá está, en mi otro bolsillo. Qué fila larga para esperar por la ropa. ¿Ustedes están para el guarda…? Gracias. ¿Ustedes están también para el…? Ah, gracias (la pucha…). Listo, heme aquí, parada en la segunda fila de la noche. No hay tanta gente, pero tardan tanto. Siempre lo mismo. Y me esperan Bere y los chicos más allá, casi en la salida. ¿No me dejarían, no? Otra espera que parece interminable, me quiero ir a mi casa. Las seis y veinte. Tendrían que tener más empleadas contratadas para esto de guardar y devolver las prendas de la gente. Con dos mil personas acá no se puede tener solamente dos chicas caracúlicas en el guardarropa. Por fin, vuelve a mí mi campera. Estos condenados zapatos. Me está costando tanto caminar, pero tengo que apurarme para encontrar a los chicos. Ahí están, qué suerte. No se fueron, me esperaron. Qué buenos amigos que son, cómo los quiero. ¿Saben que los quiero mucho? ¡Ay no se rían así, si es la verdad!
Estamos afuera ya. Quiero tomar un taxi. ¿Cómo que no? ¿Por qué no, si me duelen los pies? ¿Cómo que nadie tiene plata? ¿No quieren que pague yo el taxi? Bueno, está bien, caminemos, pero ya me saco los zapatos. ¡Bere no te rías! Ayudame y sosteneme que no me los puedo sacar. Ahí está, mucho mejor. Al fin me saco los zapatos. LI-BER-TAD, frenesí, do re mi fa sol la si, ¡eso es el amor para mí! Y no conozco a nadie que me haya hecho sentir así… ¡uy qué buena canción esa! Turu dururu, turu dururu, turu dudu tururúuu…turu dururu tutu-tuuu-tuuu-tuuu-tuuuu uy este teléfono, ¿todavía no tengo señal? Qué raro porque ya estoy afuera del boliche.
Recorriendo el último tramo, luego de la gran odisea nocturna: Es de día. Camino y el aire fresco acaricia mi rostro. Me zumban los oídos. Las calles de un domingo a las siete de la mañana son tan silenciosas. No pienso tomar el espejo de mi cartera para ver cómo la puerta pintada que era se convirtió en un zombie de maquillaje corrido (mirá si me asusto…). Si tuviera que elegir entre amputarme los pies o sentir lo que estoy sintiendo al caminar, lo pensaría muy seriamente. Pero a pesar del dolor y las situaciones complicadas que se hayan presentado, me divertí con mis amigos. Y entre anécdotas y risas camino junto a ellos, con los zapatos en la mano, pensando que la suciedad de los pies podré sacármela, fácilmente, en no menos de tres baños consecutivos.