Son las 10:30 de la mañana. Estoy parada frente a las rejas negras del colegio “Sagrada Familia”. Ante mí se despliegan los veinte escalones grises que subí y bajé durante siete años y en los que – por qué negarlo – también tropecé unas cuantas veces. Toco timbre y escucho casi automáticamente el característico sonido metálico que me indica que ya puedo abrir la puerta. Empujo, tiro. Tiro, empujo. Siempre tuve problemas con eso, pero después de un año y medio, voy a darme el lujo de atribuir mi torpeza a la falta de práctica y a hacer caso omiso al hecho de que mi cara ahora es bordó, por la vergüenza de tardar medio minuto en una operación tan simple. Y claro, es que las puertas siempre estaban abiertas a las 7:40 de la mañana.
La recepción no parece haber cambiado en lo absoluto. Las dos banquetas, negras y acolchonadas, ubicadas en una esquina. La portera que me saluda desde la otra, sentada detrás de una ventanilla, alegre, con una sonrisa de oreja a oreja. Hablamos un poco. Me pregunta cómo estoy, cómo me va en la facultad… me cruzo con algunos profesores. Repito el mismo discurso unas dos o tres veces. Parecería ser una grabación que mi cabeza se empeña en reproducir una y otra vez. Subo los tres pisos que me separan de la oficina de Marce, una de mis antiguas preceptoras.
Primer piso. Todo parece perfectamente normal hasta que miro a la derecha y veo un bloque gigantesco de lockers azules y grises que cubren las dos paredes a los costados del pasillo. Que yo recuerde eso no estaba ahí. Distinto. Impactante. Creo que este es el momento para mencionar una frase que escuché una vez y que describe perfectamente la mezcla de sorpresa, confusión, asombro y nostalgia, que invaden a cualquiera que visita el colegio en donde solía estudiar: el síndrome del ex – alumno. No importa si uno egresó hace dos años o dos meses, siempre hay algo totalmente nuevo y fuera de lugar, que desconcierta, que quizás no implica un cambio radical, pero que para un ex – alumno significa entrar en un universo paralelo. Hasta lo hace sentir viejo.
Segundo piso. El aula de quinto año con los clásicos carteles pegados en la pared haciendo alusión al esperado viaje de egresados. Coloridos, pero nunca voy a dejar de pensar que los que hice con mi curso eran mejores. Aún me persigue ese orgullo grupal. Dejó huellas, al parecer un tanto imborrables.
Al fin, el tercer piso. Ya estoy viendo la preceptoría, pero me freno instintivamente. En medio de la pared blanca del fondo del pasillo, detrás de la cual siempre pensé que estaba la nada misma, veo una puerta de madera. De esas de aspecto misterioso, que parecen fuera de lugar y que no llevan a ningún lado que no sea una dimensión desconocida. La miro con simpatía: parece un portal al mundo mágico de Narnia. Pero en seguida me pisotean la ilusión y me dicen que es la oficina nueva del profesor de informática. De nuevo, el síndrome del ex alumno.
Entro a la preceptoría. Reconozco automáticamente el armario de madera del fondo que guarda las tizas y los objetos perdidos. Está un poco gastado pero sigue siendo el mismo lugar donde alguna vez descansó mi libro de lengua, mi campera de gimnasia, mi carpeta de cívica, mi guía de historia…jamás prestaba atención a las cosas que quedaban debajo del banco. Las paredes estaban adornadas con innumerables papeles, tarjetas, recordatorios y el característico calendario con las fechas de cumpleaños. Saludo a Marce que me comparte unos mates mientras llena unas planillas de asistencia en la computadora. El escritorio estaba repleto de papeles, señaladores, cajas de colores, clips y boletines quincenales, esos gracias a los cuales todos nos hicimos expertos en caligrafía para falsificar la firma de los padres y sobrevivir un fin de semana más. No había nada distinto, pero aún así me parecía todo totalmente nuevo.
Son las 12:45. Suena el timbre. Veo por la ventana de la preceptoría cómo van bajando por las escaleras una, dos, tres personas aisladas, presagiando lo impostergable, hasta que las puertas de las aulas se abren con estruendos y salen todos en estampida hacia la libertad. Ni siquiera intento cruzar la multitud. Creo que atravesar un pogo en un recital de Los Piojos sería menos arriesgado. Ahí no hay mochilas con cintas, tachas, llaveros puntiagudos y no sé cuántas cosas más que le sacarían un ojo a cualquiera. Recién cuando bajan todos, saludo a Marce y decido volver a casa.
Es extraño volver a un lugar alrededor del cual solía girar mi vida entera hace unos años. En donde la única preocupación era estudiar para las lecciones orales. La verdad es que no importa cuánto haya cambiado el edificio, sigue siendo el mismo lugar donde pasé días enteros. Reí, lloré y aprendí muchas más cosas de las que estaban escritas en los pizarrones. Donde comencé a formar una identidad.