Caminando de vuelta de un largo día, cansada de todo, sumergida en mis pensamientos, en las luces y sombras de mis propias calles, en las esquinas de mis ideas y en los baches de mis recuerdos, el tintineo de una moneda que rodó, despertó mi atardecer. Había caído ahí, justo al lado de la cabeza de quien parecía dormir sobre un cartón, cubierto por unas telas de color indefinido, que hacían de frazadas. Apuré el paso, ya me las arreglaría para conseguir otra moneda para el colectivo…
Mientras trataba de esconder esa visión en otra calle oscura del alma, una voz cordial me llamó a la realidad. “Seguramente le hará falta ésto”… ¡Qué importaba esa moneda! Su insistencia me paralizó, pero desandé lo que había andado sin andar y me acerqué con miedo. Tuve que ponerme en cuclillas, quien tenía a mi lado no podía incorporarse. Más allá de sus rodillas sólo existía el vacío. “Muchas gracias” fue torpemente lo único que pude decir. Una sonrisa iluminó su cara, como si él fuese el dueño de la moneda y se alegrara de encontrarla. Me puse en su piel, “Dios lo bendiga”, dije, levantándome y antes de irme, desenredé de mi cuello la bufanda que llevaba. Él la necesitaba mucho más que yo. “Dios la bendiga a usted también”.
Y compartiendo bendiciones, yo con mi moneda, él con su bufanda, nos despedimos con una mirada. En la esquina doblé y el viento me robó una lágrima de frío, pero también de felicidad.