Con algo de miedo, admito, pero entusiasmo: salgo de casa.
Me recibe esa frescura que solo te puede dar la mañana. Frescura que le abre la puerta al día, al por venir… que sacude las últimas migajas de cansancio que deja el desayuno. Pero es invierno y lo fresco quema, por eso después de cerrar con llave, me calzo mis guantes azules que nunca me fallan.
Respiro profundo. Me acomodo mis lentes negros, me aseguro que estén bien puestos. Y con valentía camino despacio hacia la estación, junto a los primeros movimientos de la ciudad.
Tengo tiempo. Es tan temprano que las calles todavía bostezan y se estiran en pantuflas.
Paso por la puerta de Rogelio, quien al igual que yo, forma parte de los que ya estamos en movimiento. Se que todavía no tiene abierto pero también se que ya prendió las luces y arranco su rutina… Me lo susurra el rico olor a pan y facturas calientes que me invade en esos tres metros y medio.
Me detengo al final de la cuadra y aguardo. Bocinas y ruedas a gran velocidad se vuelven protagonistas. La espera se me hace larga. Me empiezo a poner nervioso. Comienzo a sentir ojos sobre mi cuerpo. Volteo a mi izquierda, pero claro, no puedo ver. Me siento indefenso. Giro mi cabeza hacia la derecha, me quedo así un rato. Pienso en que estoy algo paranoico. Es extraño, pero puedo jurar que hay alguien y me esta observando. Entonces, lo confirmo, ese alguien se mueve, avanza. A mi izquierda varias personas también lo hacen. Ya no se escuchan automóviles. Ahora en escena están los pies. Entiendo que el rojo nos esta dando el paso y sigo el sentido de la masa en movimiento.
Llego a la estación. La cual no forma parte de una mañana tranquila y con tiempo.
Esta repleta de personas que apuradas se avalanchan unas con otras camino hacia la boletería. Mi velocidad difiere del ritmo de los demás. Una mujer me ayuda a acomodarme en la fila. Luego, con mi boleto, busco un lugar del que me apropio para la espera, al igual que todos los días. Porque se como funciona, sin embargo ahora me siento ajeno a ello.
Puede ser debido a que percibo una desconfianza permanente hacia el otro, que antes no. ¿Dije desconfianza? Creo que la palabra justa es indiferencia. Siento a los individuos más individuos que nunca, parece que cuanto más lejos se encuentren de uno, mejor.
Muchos suspiran. Otros se mueven dentro de su mismo radio. El “mientras” es algo pesado, que todos desean soltar. El mientras fastidia y altera.
El piso tiembla. Su sonido lo delata y a los pocos segundos lo tenemos en frente. Me mantengo rígido en mi lugar. La gente se apura. Algunos bajan, otros suben y en el medio estoy yo. Una mano se aproxima a mí y me ayuda a subir al tren.
Ya adentro, el rechazo hacia el prójimo se ve obligado a desaparecer y hombros con hombros, piernas con piernas, espaldas con espaldas… desconocidas entre si, viajan en contacto.
Me bajo, fue fácil no perderme. Retiro es la última estación.
Camino unos metros y me freno entre todas aquellas personas, que como maquinas programadas, se trasladan sobre sus zapatos con un mismo objetivo: dirigirse al lugar a donde deben llegar. Por lo que todo lo que pueda llegar a dificultar sus pasos es un obstáculo. Obstáculo donde nace la intolerancia y el egoísmo que están siempre al asecho en sus cuerpos que abstraídos se mueven como entes por el lugar.
No puedo verlos pero ellos tampoco se ven. En algún momento todos nos volvimos invisibles.
Es suficiente. Me saco los lentes y las vendas que cubren mis ojos. Los guardo en el maletín. Me refriego la cara. Poco a poco mis pupilas dilatadas se acomodan a la luz. Miro a mí alrededor. Unos segundos después, también me dirijo al lugar a donde debo llegar. “Lo esencial es invisible a los ojos”.