Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que el día aquel, cuando me había confesado todo. Recuerdo que el reloj marcaba las tres de la mañana de una noche fría y tormentosa, en el momento en que mi sueño fue interrumpido por unos golpes insistentes en la puerta principal. Michelle estaba parado en el umbral, impaciente. Tenía una expresión ausente y mostraba una frialdad tal que hizo que un escalofrío recorriera mi espalda. No fue hasta que lo hice entrar que me di cuenta de que sus ropas, empapadas por la lluvia, estaban manchadas con barro y sangre. Se sentó pálido y tambaleante en una silla sin proferir una palabra. Me dediqué a mirarlo por un largo rato, durante el cual no escuché otra cosa que el sonido amenazador de los truenos y el viento que golpeaba las ramas de los árboles contra la ventana.
Repentinamente, Michelle se decidió a quebrar el silencio: “La maté” –me dijo. Sus palabras resonaron en toda la habitación, rebotaron en las paredes hasta llenar todos y cada uno de los rincones de la casa. Horrorizado, me aparté de un salto. Sabía a quién se refería. Hacía tiempo que su novia Cynthia y él estaban teniendo problemas. Nunca supe bien qué era lo que pasaba, pero me atrevo a decir que ella lo estaba engañando con otro y que él lo sabía, sin embargo, nunca imaginé que Michelle sería capaz de hacer una cosa así. Por lo menos no el Michelle que yo conocía. Habíamos sido siempre tan unidos, tan parecidos, como hermanos. Pero ya no más. La expresión de su semblante no mostraba ni una pizca de remordimiento. En verdad parecía creer que lo que había hecho no estaba del todo errado. No sé si fue furia o miedo lo que se apoderó de mí en ese instante, pero lo cierto es que un impulso irrefrenable hizo que lo echara de mi casa. Sin titubeos, sin preguntas, sin siquiera escuchar lo que tenía para decirme.
Desde entonces no quise hablar más con él. Por eso es que cuando lo vi parado frente a la puerta de casa, me alejé manejando para no volver hasta la noche. Me interné en un bar, cerca de la facultad, hasta que oscureció y las primeras estrellas comenzaron a aparecer. Cuando finalmente volví, era tarde, y una soledad inusual reinaba en el barrio. Un ruido me sobresaltó. Creí que era Michelle, pero no. Era Valeria, mi novia, que me esperaba frente al portón del garaje. Se veía preocupada cuando subió al auto. No recuerdo bien todo lo que sucedió después. Sólo sé que las frases “estoy saliendo con Michelle” o “necesito un tiempo”, aún retumbaban en mi cabeza cuando Valeria salió del auto; y también cuando apreté el acelerador hasta que dejé de ver su mirada asustada y confundida, que había desaparecido abruptamente debajo del capó. Entonces comprendí a Michelle y me vi a mí mismo, como si me hubiera desdoblado, con la misma expresión en el rostro. Aquella que tanto había despreciado unas semanas antes y que ahora me miraba desde el espejo retrovisor, fría, despiadada, imperturbable. Estaba paralizado. Sentía que todo era una pesadilla, una de esas en las cuales uno sabe que está soñando, pero de la que no se puede despertar, mientras es tragado por la oscuridad de un profundo abismo cayendo para siempre en el olvido. La cabeza me daba vueltas. Mis pensamientos se arremolinaban, indomables, tratando de dar cuenta de todo lo que había pasado.
Tomé el celular y marqué el número de Michelle. Me atendió una voz vacía, que distaba mucho del tono alegre y jovial del muchacho que solía conocer. Le exigí una explicación y ahí fue cuando me contó todo lo que había estado tratando de decirme en los últimos días. Sin embargo, había una cosa más que aún no me había revelado y que quería saber: el verdadero motivo de la muerte de Cynthia. Pero no pude formular las palabras. Esto había ido demasiado lejos. La sola idea de que Valeria pudiera haber estado involucrada cruzó fugaz por mi mente y me provocó un retorcijón en el estómago. Corté el teléfono. No quise preguntar nada más.