Cruzó la avenida sin mirar a los costados, ignorando el colectivo que pasaba como una flecha y lo castigó con un bocinazo feroz. En la vereda lo esperaba Miguel con el bombo pintado de celeste y blanco, grabado de Perón inclusive y el platillo chiquitito en el frente.
—¡Dale Negro, apurá loco! —gritó—. Dale que ya está entrando, loco.
Se dieron un abrazo y encararon para la cancha trotando, casi corriendo. El Negro tenía la camiseta del club, la gorrita y el paraguas por si se largaba. Cuando se acercaron al resto de la barra que marchaba a paso lento y religioso, Miguel entró a darle al bombo en negras y el Negro se unió al canto que rezaba:
—Vamo’ Defensore’, vamo’ a ser campeone’…
Querido, titán, capo le decían al Negro que pidió fuego para encender el pucho previo al partido. Miguel lo secundaba, dale que te dale al bombo pero sin hablar ni cantar; el le pegaba sin parar.
Después de alguna demora con la policía, veinte pesos van, veinte vienen, entró la barra a la cancha en pleno fulgor; las gargantas incendiadas, lagunas de sudor en las axilas, aliento a vino toro caliente y pancho con mostaza. Cuando aparecieron en la tribuna, se escucharon aplausos festivos de la platea y un silbido provocador que venía de la popular del equipo visitante, el Atlético. El estadio más que estadio era un potrero con tribunas; tribunas que la municipalidad les había regalado por los cien años del club. Al Negro le dejaron un lugar en el centro de la tribuna para que comandara los cantos, las arengas a los jugadores y las escupidas al réferi o a los del Atlético. Cuando se sacó la remera, muchos se sorprendieron por su pecho depilado pero no dijeron nada.
El clásico Defensores de Villa Elisa – Atlético San Román es histórico. No tanto por la calidad del juego (ninguno de los dos equipos llegó alguna vez a la Primera B) pero por el fuego que calienta las tribunas durante los noventa minutos. Fuego que, en la mayoría de los casos, toma forma de revólver y se traslada a la calle, se hace grito y corridas, disparos y sangre, vencedores y vencidos.
Aquel partido fue el primero, en mucho tiempo, que terminó sin incidentes; en relativa paz. Defensores ganó 3 a 1. Quizás fue la contundencia de su victoria la que hizo que los del Atlético aceptaran democráticamente la derrota. Ya en la calle, el Negro descorchó unas sidras como mangueras potentes que bañaron al resto de los hinchas. Miguel seguía, incesante, con el bombo. Empezaron a encarar para el bar de Enrique, donde se congregaban siempre después de cada partido, para tomar unas cervezas y bailar hasta entrada la madrugada. Pasaron por la estación del tren y, prendiendo otro cigarrillo, el Negro se despidió:
—Chau muchachos, acá los dejo, loco.
—No la ortivés negro, venite a lo del Quique loco, dale que hoy fue baile —contestaron algunos.
—Ya sé papá, pero hoy toca laburo, ¿viste?
Lo perdonaron, entonces. Después de todo, era el Negro. La muchedumbre siguió su paso pero Miguel se detuvo un instante. Ambos se miraron a los ojos, se acercaron y se despidieron personalmente con un beso cálido en el cachete.
—Cuidate —le dijo Miguel.
El Negro asintió y fue directo al andén; a esa hora ya no había nadie en las boleterías. La luna estaba allá arriba vigilándolo todo, cómplice, confidente. Ella sabe bien cómo guardar secretos.
El tren llegó un par de minutos después. El Negro se sentó en el piso del furgón, le gustaba viajar ahí. Además estaba solo y, aunque sabía que no podía, fumó un cigarrillo más.
Se bajó en la penúltima estación y caminó lento hacia su casa. Eran cuatro cuadras: calles de tierra, baldosas rotas –cuando las había-, algunas casas de chapa y faroles mortecinos repletos de publicidades electorales. Cuando entró a su casa, fue para su habitación pero no se acostó. Abrió el placard y del primer cajón sacó una pollera, después una remera apretada. En el baño agarró los preservativos y con un rouge barato y rojo como el infierno, se pintó los labios.
El Negro se miró al espejo; no podía llorar. Agarró la cartera negra que estaba debajo de la cama y salió para la Avenida Pellegrini. Recostado contra un farol, sacó un pucho de la cartera y esperó a que alguien pasara y le rogara veinte minutos de sexo sucio y marginal.