Entre sus manos podía sentir como se desarmaba el puñado. Veía como los pequeños grumos de arena iban cayendo uno tras otro, mezclándose, hasta unificarse en la superficie.
Con sus pies apoyados en la tierra tenia control sobre su peso. Podía quedarse ahí parado todo el día, inmóvil. O bien podía caminar, correr, volcar todo su cuerpo en el suelo y arrastrarse. Tenía el poder de decidir para donde ir y de que manera.
En cada inhalación lo invadía el perfume de la arena húmeda impregnada con la sal.
Las olas rompían contra las piedras en la orilla y no importaba si era la playa de su ciudad, ni siquiera importaba si era la playa de alguna ciudad. Era una playa, en fin. Tierra firme. Observaba el horizonte y en el podía verla. Podía sentirla.
Se podría denominar esperanza, pero para John, no era más que un pasatiempo.
Su mundo ahora era el azul en todas sus tonalidades y el contraste lo hacían ellos, con sus pieles y las pocas ropas que les habían quedado.
Todo se había vuelto simple. Hasta su utopía que para el y para todos en la balsa se había convertido en un sinónimo de horizonte, el cual, siéndole fiel a lo que representaba parecía no hacer más que alejarse y volverse inalcanzable.
Pero lo simple a veces es de lo más complejo. Por eso hace unas horas que John había decidido no voltearse nunca más. Se había acomodado en un extremo, acurrucado con sus piernas contra su vientre para no rozar el agua. Prefería tener unicamente al horizonte en su campo visual. No quería mirar más a sus compañeros. No quería seguir estando cara a cara al dolor.
El tiempo corría… y llantos y gritos chocaban contra su espalda, lo atravesaban, lo perforaban. Se trataba de intentar sobrevivir aunque sea un día más, mientras del otro lado de aquella línea horizontal se encontraba la vida.
Entre diferentes tonalidades, trazos y pinceladas en búsqueda de representar todos aquellos sentimientos de los náufragos de la balsa de la Medusa. El tiempo de Géricault también corría, mientras del otro lado de la tela creaba vida eterna.