“Si, definitivamente la llave panzona es la de arriba”
María abrió la puerta e inmediatamente fue invadida por el perfume del hogar.
Respiro hondo, aspiro con ganas, sonrío.
El aroma tan propio de la casa de Lucy recorría su cuerpo, abriendo puertas en su memoria, donde imágenes de diferentes tiempos renacían unas tras otras y se mezclaban, se entrelazaban perdiendo horizontes…
Comenzó a recorrer la casa. El espejo sobre el sillón, los almohadones naranjas, los muebles de madera, el mantel de flores en la cocina, las tazas gordas de lunares, el cuadro de Dalí en el descanso de la escalera.
Todo estaba en su lugar, cada cosa ocupaba el lugar que había ocupado siempre, al igual que su amistad con Lucy, que seguía firme sobre esa confianza plena que la caracterizaba.
Hace tanto que no pisaba la casa que ya no recordaba cuando había sido la última vez.
Lucy estaba de viaje y le había dejado a cargo sus plantitas y la alimentación de Charly. En su momento, había digerido el pedido como una responsabilidad más, otra cosa más en la que debía ocuparse en la semana. Sin embargo ahora se sentía feliz de estar allí, a pesar de lo poco que estaba viendo a su amiga y de que ahora ella se encontrara en otro continente la sentía cerca como hace mucho no lo hacía.
En la cocina, sobre la mesa del mantel de flores, había una cartita recordándole las medidas de la porción para alimentar al perro y dándole las gracias por el favor.
Una vez que terminó con las tareas encomendadas, María se dirigió al segundo piso.
Al subir las escaleras se encontró con una sorpresa. Este espacio no se había mantenido intacto con el tiempo, ahora esa gran habitación que funcionaba como sala de estar, play room o tantos otras formas que utilizaban para referirse a ella, era un largo pasillo largo con tres puertas.
La primera habitación era la de Lucy y su marido, la segunda de Luciano y la tercera al parecer de una nena.
Las paredes del pasillo estaban cubiertas con fotos, fotos de Lucy y Oscar, fotos de Luciano, su hijo de 9 años y fotos de una nena. Al parecer, no hace mucho que las habían colgado, ya que había marcos vacíos y en el suelo se encontraba dos grandes cajas repletas de álbumes y fotos sueltas.
María se acomodo en el suelo junto a la caja en la que había tantas fotos actuales como viejas y tomo el álbum más grande para comenzar a hojearlo. Este tenia una encuadernación fuerte de tapa marrón y se titulaba “familia”. A Lucy siempre le había gustado materializar recuerdos. La fotos estaban ordenadas por tiempo de menor a mayor, así que en las ultimas páginas se encontró con las actuales…en todas aparecía la nena, aunque no había ninguna de Lucy embarazada, era evidente que era parte de la familia.
Una gran nostalgia comenzaba a hacerse sentir en María.
Entre las fotos sueltas se encontraba una foto de ellas en la secundaria, otra en el jardín, en su casamiento, otra en el nacimiento de Luciano, en el café en el que en algún tiempo habituaban todos los viernes, en la plaza del barrio, en una de las tantas casas que María había tenido… Tantos momentos, pero ninguno era de hace menos de 8 años. La más actual era la del nacimiento de su primer hijo.
Lucy estaba en Europa, pero María la sentía mucho más lejos que eso.
“Una relación se basa en compartir nuestro tiempo con el otro” pensó, pero hace años que ellas no cumplían esa ley.
La casa representaba su amistad. Toda esa confianza y amor que se tenían seguía intacto como la distribución del espacio y sus objetos en el primer piso. Mientras que el segundo piso representaba el presente, con sus transformaciones, con lo no compartido y la nostalgia de lo que fue.

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