Era la primera vez que Luis conocería la casa de su amigo Claudio, quien se ausentaría unos meses fuera del país para vacacionar.
Una vez estacionado su auto y cerradas sus puertas, se tomó unos segundos para contemplar la fachada de aquel formidable solar. No era el tamaño, sino el aspecto de esa casa lo que producía cierto deleite al verla. Definitivamente, su poseedor era alguien que conocía, en algún aspecto, el arte de la combinación de los colores para captar la atención de un espectador. Y esa casa, moderna pero no convencional, llamativa pero no escandalosa, voluminosa pero no inmensa, tenía esa dosis justa de atributos que, auque la ofrecieran como común y corriente, a la vez la convertían en algo que no podía ser salteado por la vista tan fácilmente. Paredes blancas. Tejado, puertas y ventanas negros. El exterior de la casa, sólo esos dos colores. Sencillo pero imponente.
Luis debía encargarse de visitar la casa periódicamente, para regar las plantas y alimentar al gato. Luego de observarla unos instantes, finalmente se dispuso a entrar. Después de todo, tenía un par de tareas que realizar y luego volvería a sus actividades del resto del día. Para su asombro, la casa era notablemente distinta por dentro. Dicen que la decoración de una casa es, a veces, el reflejo de alguna característica de la vida de quienes habitan en ella. Y definitivamente, allí dentro la decoración revelaba en sus máximas expresiones la dedicación de un artista. Claudio era una clase de artista, por así decirlo. Su trabajo era la fotografía. Su obsesión, los colores. Y el exterior de su casa mostraba una sutileza que el interior desgarraba con intensidad. Los colores de las paredes y los muebles eran llamativos y variados, aunque seguían cierto esquema de orden. Su organización era provocativa y a la vez interesante. Y las paredes se encontraban adornadas de fotografías de bebés, niños, parejas, músicos, deportistas, animales y hasta familias enteras que en algunos casos ocupaban toda una pared formando con los cuadros un árbol genealógico.
Luego de atravesar el comedor y estando en la cocina, Luis sirvió alimento para gatos en un pequeño plato y lo colocó en el suelo. Esperó unos segundos a que el gato apareciera instantáneamente para comer, pero éste no se manifestó. Probablemente estaría durmiendo en otro cuarto, mueble o repisa.
Faltaba entonces regar las plantas solamente, por lo que Luis se dirigió hacia el jardín en la parte trasera de la casa. Para su sorpresa, sólo había tulipanes plantados, todos blancos. Todos excepto un llamativo rectángulo de tulipanes color violeta intenso, entre tantos tulipanes blancos. Ese jardín poseía la combinación entre la sobriedad del exterior y, a la vez, la audacia del interior de la casa. Al regar los tulipanes lentamente y con dedicación, Luis prestó especial atención en la tierra de los tulipanes violetas. Al parecer ésta era más oscura, más nueva que la que se encontraba debajo de los tulipanes blancos. Probablemente los violetas habían sido colocados hacía no mucho, pero sin lugar a dudas eran relativamente nuevos, o por lo menos más nuevos que los blancos.
Cumplidas ambas tareas y una vez dentro de la casa, Luis se preparó para dejarla en breve. Tomando su abrigo se detuvo unos minutos más para contemplar los muebles del living. Todo se veía en perfecta armonía, hasta que su vista tropezó con un mueble de altura mediana y un solo cajón.
Su amigo Claudio había sido bastante claro respecto a que sólo hacía falta darle mantenimiento a las plantas y a su mascota. Pero Luis no podía quitar la vista de aquel mueble que tenía frente a sus ojos. No era el mueble lo que llamaba su atención, sino el cajón que poseía. Con una cerradura, y pétalos de tulipán violeta pegados, distribuidos en los alrededores de la misma. Luis era una persona sumamente respetuosa de la privacidad de las personas, pero ese cajón tan peculiar producía en él una sed incontenible de curiosidad que estaba dispuesto a saciar. Probó abrirlo, pero estaba cerrado, debía haber una llave en algún lado. De repente se escucharon ruidos en la cocina. El gato entró al living. Era de color blanco, naranja y negro, tan llamativo como la casa, y poseía unos profundos ojos negros.
Sin quitarle la vista de encima a Luis, el gato caminó hacia él, dando un salto hacia el mueble y con un par de movimientos logró acomodarse. Lleno por el alimento, su mirada era fija pero no agresiva. Luis lo acarició, prudente, y observó que el gato tenía un collar en su cuello. De su collar colgaba una llave. Habiéndose ganado la confianza del animal, Luis tomó la llave y la insertó en la cerradura del cajón. La ansiedad por la coincidencia se incrementaba en él, al igual que sus latidos. Y al abrir el cajón lo primero que vio fueron fotografías. No eran de parejas, ni de bebés, niños, animales, músicos, deportistas, animales o familias. Eran muchas fotos de una sola mujer, una bailarina de danzas árabes. Sonriente, carismática, seductora, posaba en las fotos del pilón que Luis contemplaba. La belleza de su rostro era motivo de deseo, y sus vestimentas eran realmente llamativas. Violeta. Un violeta que no estaba en ningún otro sitio del interior de la casa, que no se veía en ninguna otra foto o pared o mueble. Un violeta que sólo esa mujer, los pétalos del cajón y los tulipanes del jardín poseían.
Luis se estremeció. ¿Qué tan enloquecedor podría ser ese color? ¿Qué sentimientos sería capaz de despertar en alguien ya obsesionado? Pensamientos alborotadores poblaron su mente, y se repetían una y otra vez la misma secuencia de imágenes. Fotos de una bailarina sugestiva con atuendos violetas, pétalos de tulipán violeta pegados al cajón del mueble, un rectángulo de tulipanes violetas plantados recientemente. Un rectángulo en un jardín, con flores, ¿a qué se asemejaba eso? Fue entonces cuando Luis le dio un nuevo sentido a las palabras que su amigo le había dicho antes de viajar: -“Estaré fuera del país unos meses, últimamente algunos asuntos de mi trabajo me han perturbado un poco.”-

Guadalupe Castiñeira
Comisión nº 62
(Tp nº 4, “Describir el indicio”)