Cuando los pájaros cantaban, cuando la resolana invadía mi rostro, cuando el olor a café se colaba en mi nariz, allí estaba. Como si lo estuviera llamando. Fue inevitable. Por que a pesar de ser juzgado, yo lo anhelaba, lo deseaba. Algo tan absurdo a los ojos, tan insignificante para el analfabeto, y algo tan preciado para el lector, yo me sentía afortunada de tener la oportunidad de sostenerlo en mis manos.
Al comenzar ocurrió algo inhabitual, las hojas daban vueltas y vueltas, como el viento en el otoño, seco, rápido. No había noción del tiempo, eso no importaba. Estaba en un lugar sin sentido, sin motivación, pero provocaba que mi mente produjera las imágenes que las palabras no me las mostraban.
Imaginaba situaciones que tal vez jamás en mi vida las podría llegar a experimentar.
Por momentos me reía, sin sentido alguno, cualquiera que me haya visto hubiese pensado que estaba loca. Pero al leer era lo que me provocaba, no podía evitarlo, me hacia feliz y eso era lo primordial.
A medida que avanzaba en la lectura, me ponía triste, al momento sentía que estaba en medio de una catástrofe.
Aparecían fuertes cosquilleos por mi cuerpo, un placer que jamás volvería a sentir.
Pasaban las horas y yo seguía en el mismo lugar, sin haber movido un dedo, pero indirectamente sí. Era una adicción, qué su efecto terminaría en muy poco tiempo.
Sin querer llegar al final, este apasionado momento vivido se iba acabando. No estaba triste, estaba gratificada. Estaba feliz.