Su mirada cálida al despedirla de la Isla de Aix en Francia aquel diecisiete de julio de mil novecientos dieciseis nunca se borraría de su memoria. Sus dulces palabras diciéndole cuánto la amaba y la extrañaría resonaban en su cabeza y la llenaban de esperanza en medio de la catástrofe en las costas africanas .
Días después muchas personas ya se habían alejado, regresado a sus hogares cálidos y seguros. Pero por supuesto ella, y otros ciento cuarenta y ocho, en su misma posición social, seguían allí tratando de sobrevivir en medio del hambre, la sed, la insolación y un gran dolor en sus corazones al darse cuenta que una barca de la marina francesa los había visto pero no quiso ayudarlos.
Los días pasaban y ella seguía esperando en aquella estrecha balsa; veía sus compañeros morir, los cuerpos pudrirse. Estaba aterrorizada ante esos cadáveres semicomidos, que no le permitían dormir ni un segundo.
Su esperanza era más fuerte y contaba los segundos para volver a ver a su prometido y finalmente cumplir su sueño de casarse y formar la familia que nunca tuvo.
El corazón del joven se conmovió y desplomó al verlos, sabía que no podía seguir de largo sin ayudarlos. Cuando se apresuró a socorrerlos lamentablemente quedaban quince tripulantes. Marie seguía ahí. Al terminar el muchacho sintió esa sensación de bienestar y paz interior que se siente cuando se es solidario. Los devolvió a Francia.
Marie corrió desesperada al hogar de su amado. No le importaba ir primero a su hogar, solo quería verlo a él. Días antes Mathieu había oído que ya no quedaban personas en el mar, que los que estaban en Francia eran únicamente los sobrevivientes.
Su profundo dolor y esperanza lo llevaron a actuar de manera apresurada pensando en concretar su amor con Marie mas allá de la muerte.