Matthieu, apoyado contra el mástil de la balsa, tallaba una madera con su cuchillo. Intentaba darle forma, transformar ese trozo de naufragio en una muñequita para su hija, una muñequita que jamás iba a poder obsequiarle. Miró a su alrededor, los que quedaban seguían ocupados en sus tareas. Jacques probaba suerte con la pesca, Henri seguía discutiendo consigo mismo, el marinero miraba atento el horizonte.
Matthieu había dejado de mirarlo hace días. Ahora solo concentraba su vista en la balsa y sus integrantes, era lo más seguro. Además ya había perdido toda esperanza y ver tanta agua le daba sed, mucha sed. Rió para sus adentros, morir de sed rodeado por kilómetros y kilómetros de agua sin dudas era irónico. Trató de no pensar en ello y retomó su tarea. Era un tarea dificilísima, requería que el individuo se abstrajera completamente de la realidad, olvidara recordar, pensar, sentir. Lo de la muñeca no era nada en comparación, Matthieu siempre había tenido una habilidad excepcional para las tareas manuales.
Estaba cerca de terminarla cuando consideró darle mejor uso al cuchillo y ponerle fin a aquella pesadilla, pero su espíritu enflaqueció como ya había ocurrido una y otra vez. Se sintió avergonzado por tener el coraje para matar para vivir pero no para morir. Era un tonto, lo único que hacía era prolongar un viaje sin sentido.
Ella era igual y hacía lo mismo. Se podría haber quedado cómoda con su familia, pero su ímpetu juvenil la llevó a seguir un barco. Al mirar a aquellos hombres lo único que vio fue hambre y muerte. Se le revolvió el estomago y, sin dudarlo un segundo, descargó el vientre.
Matthieu se tocó la cabeza sorprendido. El marinero ya estaba gritando y agitando su camisa roja frenéticamente. La gaviota regresaba al Argus.