Esa sexta y penúltima noche de estadía lo había encontrado entre mujeres, tragos y apuestas en el casino del hotel. La bella blonda que logró deslumbrar a Jaas, el diplomático holandés, se había esfumado por un largo período de sus ojos, y éste se dedicó a buscarla entre mesas de blackjack, slots y tragamonedas. Sin embargo, finalmente la halló en compañía de dos de sus esbeltas amigas y un qatarí adinerado con intenciones de retirarse del casino.
La cierta resignación y el rotundo fracaso de seducción que experimentó lo llevaron directamente a una de las banquetas de la barra. Su barman llenó repetidamente su vaso con el exclusivo Jonnie Walker Blue Label y su mareo se intensificó de modo que solo deseó volver a su habitación.
Se retiró del sector del casino y la confianza en su elegancia no evitó que se dirija a descansar sin halagar a alguna dama. Aunque su cabeza se encuentre a punto de la explosión decidió recorrer las escaleras así lograba la disminución de los efectos etílicos en su organismo. En el pico de su ebriedad, llegó dificultosamente al segundo piso y su falta de reflejos se evidenció al no poder esquivar al conserje hotelero y un policía. Terminaron desplomados por el pasillo y Jaas se convirtió en el receptor de decenas de reproches del empleado del hotel, quien se reincorporó inmediatamente y corrió junto al oficial hacia la otra ala del piso. El diplomático no entendía el apuro de dichos personajes ni sus intenciones y no dudo en seguir aparatosamente los pasos de quienes ingresaron con prisa a la habitación 22.
En ella, encontraron una botella de champagne derramada en el suelo, una cama deshecha, valijas con ropa revuelta, y el cuerpo desnudo y ya sin pulso del qatarí Ben Sidi Abú Al Fadall.
Jaas lo reconoció al instante. Era el hombre que le había robado la ilusión de pasar la noche con aquella seductora señorita rubia. El motivo y el culpable de su muerte solo podían deducirse gracias a su intervención. Pero esta intervención era por pura entrega al caso y no tanto por despecho o rencor machista. De todos modos, era lógico. En esa agitada noche debía descansar, calmar su resaca y cambiar obligatoriamente el color rosa de su corbata por cualquier otro.