La primera vez que este texto llegó a mis manos fue uno más. Como cualquier otro. Uno más entre tantos otros que había leído. Un fueguito me regaló “El mundo”. Ese día, cuando lo leí por primera vez, yo era un fueguito sereno. Debo reconocer que me gustó el regalo, me gustó que hayan querido compartir algo conmigo. Pero fui ingenua, no desperté enseguida, no me enteré del viento con el que ese obsequio había llegado a mí.
Por mi parte, seguí ardiendo serenamente, hasta que tuve un segundo encuentro con el mundo: tiempo después nos volvimos a ver, y no éramos los mismos fueguitos de antes. O al menos yo. Recorriendo cada palabra, cada coma, cada punto nuevamente, me iba transformando en un fuego loco, ansioso, inquieto y por fin había encontrado el verdadero sentido del regalo: aunque no éramos dos llamas iguales, él y yo nos encendíamos juntos, brillábamos. Gracias a su chispa, que por fin se había encendido (¿o tal vez era yo la que había estado apagada?) pude darme cuenta de que, a pesar del tiempo, el fuego dejaba brasas. Cada brasa era una oración que debía ser removida, recordada. Sólo debíamos soplar un poquito el viento que ahora sí podía sentir y volveríamos a brillar juntos. ¿El libro de los Abrazos? Sí, fue un abrazo entre dos fueguitos que iluminó nuevamente cada uno de sus mundos.