Ya de adolescente, las delgadas y apolilladas hojas de un libro (hasta entonces desconocido por mí) pasan por mis manos. Sus versos un tanto violentos, un poco más descarados me desconciertan. Al avanzar con la lectura, cada vez más pausada, más lenta, todos mis sentidos descansan en ella.
Mi atención se focaliza en el denominado “borracho de sangre azul”. No es más que un hombre que no solo no puede controlar su adicción a la bebida sino que, peor aún, perdido está en un mundo repleto de formalismos y tradiciones arcaicas. Su desentendimiento con la vida me obliga a continuar con la lectura.
Ya no se trata de leer con objeto de entretenerme, por mero placer. Busco eternizar esta ávida lectura para poder sentirme parte de todos y cada uno de estos poemas que acontecen en un bar o, quizás, en un viejo burdel.
Me basta con imaginarme sentada frente a la barra junto al borracho y presenciar sus triunfos o sus desventuras, tal vez.
Tan fácil me resulta abstraerme al bar pero tan complejo es enfrentar la realidad.
De pronto, sin previo aviso, otro libro cae en mi poder. Me detengo, especialmente, en una de sus tantas páginas y leo la siguiente frase “El mundo es un escenario, pero la obra tiene mal distribuidos los papeles”. Permanezco atónita unos segundos. ¿Es válida, acaso esta afirmación? ¿Será que yo, realmente, debería formar parte de aquel pintoresco bar? O por una de esas inquebrantables disposiciones del destino debo conformarme con el aquí y el ahora que me atormentan.