Nací en un mar de historias… navegué por todas las costas del mundo… naufragué con mis catorce años en las islas de la Malasia… donde conocí a mi pirata. A mi hombre perfecto. Aunque lo tuve que dejar para hacer muchas leguas submarinas… para volar ochenta días en globo… Lo dejé incluso por Hugo Wast y sus heroínas argentinas. Lo dejé por muchas otras vidas que se cruzaron. Lo dejé, pero siempre creo llevarlo en un rinconcito. Y me parece verlo en cada barco del horizonte.

Con el tiempo cambié mis paseos orientales por descubrir América… Pasé cinco siestas en profunda soledad, aunque hubiese querido que fueran cien años… me perdí en un pueblo perdido… en una generación que así como apareció, desapareció. Me sumergí tanto que aún me veo en los misteriosos pasillos de la misteriosa casa de los misteriosos Buendía…

Crucé los Andes para conocerla y encallar en todas sus historias. Isabel me llevó por lugares extraños. Mágicos. Hizo que quisiera vivir la vida de todas sus protagonistas. Ella es la responsable de que día a día ame más cada libro que las olas dejan en mis manos.

Mi vida es un gran vaivén de historias, de personajes, de tragedias y de realidades que podrían ser las mías. Vidas que en algún momento, por más ínfimo que sea, se parecen un poco a mí. Y eso es lo que me gusta. Eso es lo que me lleva a abrir cada tapa con expectativa, con ilusión. Y también desear que no llegue el final. Desear que se alargue un poco más. Y que ese final no termine. Que nunca deje de navegar. Conocer el mundo desde el mástil… y anclar donde haya un buen motín…

Margarita María Laxague