Tumelo se levantó de su pequeña cama de madera cuando las primeras luces del alba entraron por la ventana. Lavó su cuerpo rápidamente dentro de una tinaja de agua fría, que acumulaba los restos de suciedad de los diferentes integrantes de la familia. Luego de vestirse, y tratando de no despertar a nadie, tomó un abrigo de arpillera y salió a la calle. La aridez de la zona, los secos arbustos y las calles de tierra, se fusionaban con los rayos del sol tiñendo el panorama de un color anaranjado. Llegó a la parada del ómnibus a tiempo, tenía un largo viaje hasta la “gran ciudad”. En el trayecto se concentró en el paisaje que exhibían las ventanillas: casas de materiales precarios y techos de chapa. Un panorama envuelto por la inmensa pobreza. En un determinado momento se durmió profundamente y recién despertó al llegar a su destino.
El lugar al que se dirigía le parecía irreal, él jamás acudía a sitios tan pulcros y lujosos como aquellos. A través de las grandes puertas de vidrio, se podía ver un alto escritorio desde el cual asomaba la pequeña figura de una dama. Ésta, al notar a Tumelo, lanzó una mirada cargada de desconfianza y rechazo. Habiéndose percatado de esto, el joven se acercó y de muy buen modo le dijo: “Discúlpeme señorita, no quisiera molestarle en su horario de trabajo pero quiero saber a quiénes acudir para que traten a mi hermano que sufre de SIDA. Los hospitales para gente de color están saturados de enfermos por la epidemia y no cuentan con las instalaciones necesarias, por eso es que he decidido venir aquí”. La mujer parecía no inmutarse ante el desgarrador relato y sin siquiera mirarlo a los ojos dijo: “¿Acaso no ves que este es un lugar para los ciudadanos sudafricanos? Tú no tienes nada que hacer aquí. No me robes más tiempo y regresa a tu Bantustán, salvaje”. El muchacho quedó atónito y atravesó la puerta del hospital con los ojos inundados en lágrimas. La impotencia y tristeza lo invadían por lo cual no hizo más que sentarse en el cordón de la vereda y estallar en llanto. Después de un largo rato sintió que alguien le hablaba. Levantó la vista y vio a un hombre de unos cuarenta años, blanco como el marfil, que se dirigía a él. En un primer lugar, desconfió. No estaba listo para soportar nuevamente una escena como la del hospital. Pero los ojos verdes de ese hombre traslucían una infinita bondad. Le preguntó qué le pasaba. Allí fue cuando Tumelo comenzó a contarle al hombre de su hermano Kwame y de la enfermedad que lo aquejaba. El caballero lo ayudó a levantarse y le habló con enorme ternura afirmándole que asistiría a su hermano, ya que era doctor en aquella clínica.
Burlando a las autoridades, logró atender al enfermo y conseguir los medicamentos para mejorar su situación. Kwame siguió peleando por su vida durante muchos años. Hoy, aquel hombre blanco de mirada humanitaria rompe en llanto cada sábado cuando deja un manojo de Fynbos en el Cementerio de Avalon.