Una silla. Alguien sentado mirando fijamente a un monitor, a veces ríe silencioso, a veces no cambia de gesto por horas, el único movimiento que hace es con sus manos. Son sus dedos los únicos cómplices del viaje escondido que le ordena el pensamiento.  Puede estar “conversando” con alguien o fingiendo hacerlo. Puede estar en China o en la Luna, en el espacio exterior o en la vista satelital de la cuadra de su casa o en la mente de aquellos que al otro lado del mundo reciben las letras alborotadas, restringidas en muchos casos a ciento cuarenta caracteres de sus manos aventureras. Pueden estar negociando, protestando, gritando mudamente, pintando banderas o boceteando el ideal de su vida en imágenes estáticas.

¿Qué podría pensar alguien que ve esta escena desde afuera treinta años atrás? No podría quizás imaginarse que esa persona se esté desplazando a lugares lejanos e insospechados y que además esté haciendo contacto con otros como él. Ese espectador de otro tiempo diría que es una locura, se preguntaría: “¿cómo se desplaza si se ve tan quieto/a?”, sospechará entonces que si son sus dedos quienes lo hacen viajar, entonces sería el viaje metafórico propio de los escritores, pero no. Esa persona puede estar en cualquier otro lugar simplemente “conectándose” a un click de distancia a la preciada “red”. Es nuestra querida y muchas veces imprescindible Internet: un anexo mucho más inmiscuible y controlador que el vigilante por excelencia: la televisión.

Estamos ante la presencia de un medio más, disfrazado de libertad como los otros, pero este, tiene la particularidad  que al menos en muchos casos se puede responder a través del medio, pero no al medio en sí mismo. Podremos escribir cartas pero la respuesta a estas puede darse o no. El famoso feedback de la comunicación sólo se da entre los usuarios, y eso que de manera acotada. La televisión por su parte se presenta como un monólogo dictatorial donde no caben las respuestas, donde los usuarios se limitan a escuchar y callar, acatar y reproducir ese discursito inventado por los que tienen el poder en la mano, mejor dicho, el poder en el medio, para decir insospechadas infamias y armar escenarios acordes a la carroña de sus intenciones, achatando y en el mejor de los casos —acordes al sistema— eliminado el pensamiento crítico.

No me detendré a analizar la televisión, medio por demás sabido, estupidizante y alienante, sujeto a una secuencia programada de mensajes, coactando la libertad de elegir, pues la totalidad del repertorio televisivo ya está escrito en el menú ideológico con letras grabadas en plata, oro, petróleo, soberanías ajenas y demás excusas farsantes.

Vayamos al asunto de la más actual “libertad” de información, más bien diría de control, que recorre sin tapujos la estática telaraña hegemónica. ¿Para qué usamos internet? Es una pregunta amplia pero no por ello incontestable. Voy a tratar dos aspectos generales de estos usos a fin de resumir los más masivos. En primer lugar usamos Internet como herramienta “informativa”, creemos, o nos hacen creer, que aquello que leemos es legítimo. Siguiendo a Néstor García Canclini:“…con la globalización también vinieron Google y Yahoo, las enciclopedias virtuales, la oportunidad de acceder a diarios y revistas en pueblos a los que no llegan en papel y conocer libros y espectáculos donde faltan librerías, salas de concierto o de cine. Ser internauta aumenta, para millones de personas, la posibilidad de ser lectores y espectadores.”

Lo que no nos dice García Canclini es que esos libros, esas revistas, esas “enciclopedias” virtuales llegan a esos millones de usuarios, siempre y cuando ellos conozcan dichos libros, revistas y demás joyas de la información. No nos dice que depende de nuestros hábitos de búsqueda en Google o de alguna otra plataforma para que esa información llegue al curioso destinatario, para poder lograr ser ese lector y ese espectador tan afortunado. Al parecer el único historiador, líder de opinión y relacionista público virtual es nuestra consultadísima Wikipedia —no por casualidad figura como la búsqueda número uno disponible a hacerle click en Google— que si bien nos sirve para consultar sobre distintos temas, antes de darnos por bien informados, debemos desmenuzar dicha información y cual rompecabezas descifrar qué voz es la que dice y qué perfil el que escucha y calla. A menos que podamos contrastar dicha información con nuestras competencias culturales, apoyadas en conocimientos académicos, no podremos diferenciar “historia” de historiografía, best sellers de literatura y chivos expiatorios de héroes bajo tierra.

En segundo lugar, usamos Internet como un medio de entretenimiento y de relaciones sociales, tal como afirma García Calclini “Las redes virtuales cambian los modos de ver y leer, las formas de reunirse, de hablar y escribir, de amar y saberse amados a distancia, o acaso imaginarlo.” Es así como en nuestro afán de asfixiar el tiempo acudimos a las famosas redes “sociales”: su más célebre representante nuestro queridísimo compañero: Facebook.

Todos caímos, de alguna manera caímos o nos dejamos caer. Allá por el año 2002 empezaron a aparecer las redes sociales como una forma novedosa de relacionarse en internet, ya el Messenger quedaba chico y se tornaba interesante para algunos mostrar algunas fotos a sus amigos y familiares. Poco tiempo después estas primeras redes sociales, la más famosa por entonces Hi-Five empieza a declinar ya que habían proliferado otras mucho mejores. En 2007 lanzan Facebook en español y es ahí donde muchos hispano hablantes empezamos a darle espacio a esta plataforma.

Al principio parecía inofensiva, vamos a probar a ver qué pasa, vamos a llenar un inocente cuestionario, y subir algunas fotos. Y así comenzamos a crear nuestro perfil: fuimos solicitados como amigos, invitados a grupos, comentados por distintos personajes, encontrados por gente olvidada de nuestra niñez y etiquetada en fotos ajenas donde aparecimos sin siquiera acordarnos que ese momento lo habíamos vivido en algún borroso pasado. En muchos casos fotos que jamás quisiéramos que saliesen a la luz, pero que nada podemos hacer al respecto, a lo mucho des etiquetarnos, pero la imagen seguirá en aquel perfil por los siglos de los siglos lo querramos o no.

Poco a poco, caímos en Facebook, en un viaje sólo de ida. Y es que de Facebook nadie podrá escapar jamás. Estás allí con nombre y apellido, con gustos e ideologías, con protestas y aplausos, con imágenes de tu vida y de tus afectos, ubicación geográfica y creencias religiosas. Todo ello bajo la propiedad perpetua de los que están detrás de los quinientos millones de usuarios en todo el mundo, ejerciendo el control de la información que le proporcionamos para usos que nadie sabe con certeza a donde irán a parar, pues todo lo que publiquemos y todas las fotos que subamos y las conversaciones que tengamos, estarán guardadas en los discos duros de los servidores pertenecientes a los más escalofriantes poderes, siendo bajo contrato aceptado por nosotros mismos de su propiedad permanente.

Este viaje simulado de libre albedrío es en realidad una libertad encadenada a los dueños de nuestra información “privada”, exponiéndonos a libres monitoreos sobre nuestros consumos e ideales, creando sin mayores dificultades perfiles ideológicos, geográficos, religiosos, politizados y despolitizados de cada uno de nosotros. Y si en algún momento se nos ocurriese borrar nuestro perfil, seremos “libres” de hacerlo pero ellos seguirán teniendo toda nuestra información a disposición para cuándo se nos ocurriese volver al uso del servicio, reponiéndosenos automáticamente todo aquello que creíamos haber “borrado”.

Sin embargo, el medio nos distrae con chupetines electrónicos de lo que sucede realmente en el exterior de la pantalla. Estamos hipnotizados en una cultura de la imagen y la apariencia, donde el 80% de los perfiles muestran representaciones ideales de sus vidas, estáticas y sonrientes, mostrando el lado más irreal de lo que decimos que somos. Nadie publica una foto llorando, teniendo rabia, maldiciendo, recién levantado, en una pelea, siendo despedido, pasando hambre o sufrimiento, siendo juzgado, discriminado o reprimido.

Entonces, en un mundo abarrotado de medios tecnológicos, nos encontramos engañados en la apariencia de que somos dueños de nuestras elecciones, que nadie nos controla, que podemos informarnos, que la radio, el cine, la televisión e internet son los voceros del saber. Nos venden la idea de que viajamos con un click, que podemos estar en todos lados a la vez, cuando por fuera físicamente lo único que vemos es una persona estática con la mirada fija en una pantalla.

Como decían Adorno y Horkheimer “…el medio de comunicación separa a los hombres también físicamente. El auto ha tomado el lugar del tren (…)” “Los hombres viajan sobre círculos de goma rígidamente aislados los unos de los otros”. Sesenta y seis años después los hombres siguen separados como bien lo veían estos dos filósofos, creyendo viajar a través de una conexión cuál máquinas, creyendo estar en mil lugares a la vez, pero con la trampa de que son lugares estandarizados vistos por un solo ojo, por una sola manera de decir el mundo por la voz de la globalización, cuando esto sólo significa el aniquilamiento de la diversidad, sobre todo a nivel ideológico, cuando todos los medios estructuralmente aún obviando el contenido están cortados con la misma tijera.

Y así, la originalidad y la diversidad han sido extirpadas de los medios. El observador y consumidor de medios, será también extirpado de sus propios ojos, donde otro le dirá qué mirar, cómo hacerlo, qué necesitar, acerca de qué pensar, qué decir, a quién decírselo y sobre todo, hacernos creer que somos autónomos. Ser un esclavo moderno, distraído, subestimador de sus propias ideas, una ameba cultural necesaria para que este sistema estandarizador de miradas pueda subsistir. Al final del día, la silla quedó vacía, la pantalla en negro, al igual que nuestra libertad.

Gilda Casalino

Comisión 62