¿Qué se puede esperar de un hombre que compara niños con ovejas, vacas y venados, mujeres con yeguas y cerdas preñadas; que se refiere a granjeros y artesanos como mendigos de profesión; que se expresa con la más desagradable e impensable crueldad acerca de lo delicioso, nutritivo y completo que podría llegar a ser un niño de un año de nacido, como plato de la buena mesa de los ilustres hacendados; y que con ligera crudeza propone a los más “económicos” hacer uso de su piel en guantes y calzado?

Podría pensar en un primer momento que se trata de una sátira atroz de lo que significó la economía en crisis vivida en Irlanda en aquella época. Reproduciendo la propia crueldad de las condiciones de vida en su escalofriante exposición, en nombre de una “solución razonable” para paliar la carencia de carne, pues el Reino no administraba el comercio como era debido. Pero esta propuesta sería demasiado inocente para el ruin relato que expone el tal Swift. El detalle con el que describe la manera cómo dispondría de semejante alimento, de qué modo se cocinaría y sazonaría, hace dudar de que esta proposición sea sólo una treta.

Si esto fuese cierto, habría de pensar que este hombre vivió toda su vida rodeado de sadismo y aprendió a no sentir ni el más mínimo escalofrío al imaginar el dolor ajeno.

Comparar a un niño, que es la criatura más bella y pura de toda la existencia con un pedazo de carne además de mercancía, denota la más oscura impiedad puesta a la luz. No sólo muestra su perversidad al tratar el tema de la disposición de los niños como festín, sino al poner al propio discurso al nivel de las bajezas más insólitas, valiéndose de la literatura para mostrar la máxima carroña del espíritu.

Haya sido escrito este ensayo con intenciones sarcásticas, irónicas o simplemente viles, ¿De qué sirve la perduración de un escrito tan infame que después de 281 años sigue siendo leído una y otra vez?

¿Vale la pena corromper el lenguaje de esta manera, a costa de lo más puro para exhibir con desfachatez  a lo que se puede llegar, cuándo se lacera el decir sin ningún tipo de medida ni prudencia?

Si se tratase de una condena al privilegio del Reino a condición de las penurias generalizadas, me parece que no está a la altura del digno levantamiento, más aún si es con su pluma que ha de hacerlo. Hay palabras que jamás debieran ser puestas sobre los niños, estado más honesto del nosotros.

Si existiese una sentencia para los escritores malvados como este, le concedería el castigo de quemar todas sus obras para que nadie jamás leyese semejante inclemencia.

Gilda Casalino

Comisión 62