El ideal del capital: un negocio cerrado, un trato hecho. Él, viste de traje, un poco de barriga deja imaginar su gruesa billetera, como si la abundancia fuera reflejo de un cuerpo mal cuidado.  Es un hombre mayor, bordea los cincuenta, cabello canoso. Unos lentes con aires juveniles, mas bien diría a la moda y una gran sonrisa, tan grande como la inercia con que la ejecuta. Sonríe tantas veces al día, como los tratos que tiene que cerrar para darle cuentas al jefe, porque definitivamente él no lo es. El dueño del circo está disfrutando de sus placeres en algún lugar lejano. Los títeres, creyendo que son ellos los dueños del éxito, actúan puntualmente y de manera prolija hacia los intereses que mueven sus hilos. 

Podríamos hablar un poco de la mujer que lo acompaña, pero ante todo hay que decir que lo que los une en esta imagen, es un gran apretón de manos, tan falso como que sus alegrías son verdaderas.  Ella, una muchacha joven, lo más probable es que acabe de terminar el colegio, o quizá se encuentre estudiando alguna carrera rápida que le permita lo antes posible acomodarse a la vida laboral que aspira: ganar un buen sueldo, uno que le alcance para endeudarse un poco, con un departamentito en cuotas y un auto alcanza, toda chica ejecutiva debe tener un auto que la represente, que represente el “éxito” que en cáscara quiere mostrar a sus futuros clientes.  Viste un traje que parece el reflejo del que viste el hombre ejecutivo, tan masculino y opaco como aquél, solo le falta la corbata para hacer juego, pero eso ya sería exagerar, un perfil bajo es suficiente.

Una blusa blanca con rayitas verticales muy seria, no vaya a parecer una mujercita tonta y no una mujer ejecutiva moderna, hay que mimetizarse con ellos en lo posible. Para ello recogió su cabello, de tal manera que nadie sospeche que su larga cabellera la haga verse alocada o ineficiente. No ha olvidado el maquillaje impecable, ya que una mujer de negocios debe reflejar los detalles hasta en su propio rostro dibujado. Tampoco olvidó pintarse los labios para que así su gran sonrisa brille aunque sea un poco. Ella aspira a ocupar algún día el puesto que su superior ostenta, el de Gerente General, ¡con mayúsculas! Estar en esa posición será alcanzar el tan ansiado éxito que sin remordimientos ni timidez se vende en cada esquina. Convertirse en la cara visible de un “gran negocio” que no le pertenece y que a lo sumo le dará unas buenas monedas de más que le permitirán ascender en egresos. Ya no le alcanzará con el departamentito y el auto, ahora querrá la gran casa, para ello trabajará para unos cuantos bancos más de por vida.

El muchacho detrás de la escena del apretón de manos, un tanto borroso y anónimo, representa el falso poder del hombre de negocios, pues hace el papel de su seguridad personal, ya que al ostentar un falso estatus, quizá los que no tienen, quieran quitarle alguna parte del pastel que con tanto ahínco cuida y prepara. El muchacho debe dar la imagen de tipo serio, elegante y rudo, eso exige el protocolo. Al igual que ellos, viste un traje muy formal y opaco, un azul muy triste que hace juego con la falsa escena.

Todo esto acontece en algún rincón de una calle empresarial que se desdibuja en la foto, quitándole importancia al entorno en donde se desenvuelven los hechos. Lo único que importa es cerrar el trato, sonreír falsamente, cuidar al viejo, cumplir el protocolo y después cada uno a su casa a soñar con el mentiroso “algún día”. Todo ello fotografiado para vender, ideales de vida, éxito enlatado, aspiraciones esclavas en un mundo carcomido por la apariencia, el vil metal y la libertad enmascarada.

Gilda Casalino

Comisión 62