Orélie-Antoine de Tounens, un aventurero francés, llegó a las tierras chilenas en 1858. Su profesión de abogado lo apasionaba tanto que lo llevó a repartir justicia en tierras lejanas. Durante sus dos primeros años en territorio americano permaneció en Coquimbo, poblado ubicado en la costa chilena, y con la ayuda de algunos comerciantes franceses que habitaban aquellas tierras aprendió español y diseñó su plan para socorrer a los araucanos. Luego de esta preparación, en 1960, emprendió su viaje al sur para encontrarse con estos grupos mapuches. Su intención era hacer justicia y ayudar a este pueblo desamparado, olvidado. Ni si quiera el gobierno chileno les brindaba alguna asistencia.
La tribu lo recibió de muy buena forma. Creían, según una vieja leyenda, que el fin de la guerra y de la esclavitud coincidiría con la aparición de un hombre blanco. La salvación se las proporcionaría este aventuro francés. Pronto fue proclamado rey de la Araucanía y fue legitimado por los grupos mapuches. Creó una constitución, en la cual se establecían los derechos que estos pueblos iban a adquirir. Designó ministros, entre ellos fueron designados los jefes de las tribus que lo apoyaron en la propuesta. Todo parecía ir por encaminado. Estos pueblos que nunca habían obtenido la más mínima ayuda tenían ahora un soberano que los acompañaba en la resolución de sus problemas. Tounens era considerado un aventurero que había logrado su objetivo y estaba orgulloso de su “victoria”.
Pocos meses después de fundar el reino de la Araucanía, los pueblos de la Patagonia argentina pidieron al joven francés poder pertenecer a su imperio. Este, de inmediato proclamó a la Patagonia parte de su reino. Les fueron dados sus derechos y obligaciones. Todo marchaba relativamente en orden. No se manifestó real interés por parte de los gobiernos tanto argentino como chileno hacia estas tierras. Pero como en toda historia de benevolencia, siempre hay un hecho que desencadena la traición. Así fue que al poco tiempo Rosales, un capataz de la zona, lo denunció ante el gobierno chileno. Esto generó el procesamiento del aventurero francés y su posterior deportación a su país originario.
Su regreso a Francia, que quizás para todos era el fin de sus ideales utópicos, significó para él algo totalmente distinto. Era tan fuerte su pasión por ayudar esos pueblos que decidió regresar dos veces más al sitio. Sus intentos fracasaron pero su ideal siempre estuvo presente. Esto explica por qué al momento de su muerte, cuando no volvería más a esas tierras, las tribus sureñas aclamaban su presencia, pedían por su rey. Quizás sus ideales fueron correspondidos, y sólo el pudo entender la razón de semejante hazaña.