Me desperté sintiéndome extraño, como si hubiera sido real, como si hubiera estado allí, dentro de la misma historia. Últimamente era algo reiterado, el mismo sueño, sin una mínima variante;  madrugar a la misma hora y con la sorpresa de sentir algo tan extraño. Decidí escribirlo a medida que las imágenes iban recorriendo mi memoria.

“Aparecía en un hogar grande, luminoso, con un cálido aroma primaveral.  Me vestía con un traje de lino blanco y sandalias. Trabajaba en los cultivos de unas flores del dominio de Atón.  El culto a Amón no existía, había sido sustituido por éste. La gente pasaba delante de mí, y en ese instante sabía que eran cultivadores del jardín privado del Palacio del Faraón.

Mi trabajo consistía siempre en lo mismo: llevar un control muy riguroso y estricto de la entrada de las semillas, para el cultivo en el jardín, y además, el control del destino que aquellas flores debían tener (para hacer guirnaldas, ofrendas en funerales, fabricación de perfumes).

El Jardín era un palacio inmenso, con un hermoso lago, y en su centro paseábamos y trabajábamos. En el mismo, caminaba entre los lirios y flores de loto Nefertiti, agasajándonos con su presencia. Yo no pasaba mucho tiempo en el “campo”, solía estar dentro de las salas. Pero al pasear por él, era notorio el aroma de las flores al caer la tarde y la intensificación del color de las flores al mediodía. Algo más fuerte aún sucedía cuando estaba Nefertiti. ¡Qué mujer!

Sentía una verdadera adoración por ella, era mi señora y la veneraba como tal. Incomparable la belleza que poseía; pero no sólo por eso era distinguida, creo que al recordar sus ojos… esos ojos tan hermosos, que coincidían con el color de su pelo liso y castaño, y su cuerpo… su cuerpo parecía una escultura hecha por el mejor artista de la tierra.

Al poco tiempo de mi trabajo en el Palacio, las flores eran ya mi vida. Mi trabajo iba bien. Pero un día sucedió algo que no era usual, o hasta el momento no lo había sido. Se deshizo el matrimonio de Amenhotep IV con Nefertiti. Ella fue trasladada a un castillo lejano, hasta la muerte del faraón. Cinco años pasaron sin saber nada de ella, años en los cuales las flores del Palacio ya no volvieron a explosionar como antes.

Yo continué mi labor en el Jardín, la vida siguió por el camino que los dioses habían marcado para mí. Pero ella murió sola. Sola y relegada de todo. Una infección en la vista la mató. Se dijo que era trasmitida por las moscas y que asolaba a Egipto ya desde la antigüedad.”

Aquí finaliza siempre mi sueño. Luego del escrito, me bañé, me tomé un café, y fui a trabajar. Pero no en el Palacio, sino en la libreria de Corrientes y Callao. Algo tenía que cambiar con la escritura del sueño, algo iba a cambiar. Pero no lo sabría hasta el próximo sueño.