“Ya pasaron 25 años, Javier”.

25 años.

Javier no estaba seguro de si 25 años era mucho o era poco.

El tiempo.

Javier había aprendido en su primer año de facultad que el tiempo según el sociólogo Nievas, era la transcurrencia de un momento T1 a un momento T2, la sucesividad, el avance. Pero más que nada, Javier recordaba que el tiempo era la irreversabilidad.

25 años. 25 eternos años y sin embargo parecía como si hubiera sido ayer. El tiempo cura todo le habían dicho. Pero a Javier el tiempo no le había curado nada. A medida que pasaban los años, la herida se ahondaba cada vez más hasta un punto en que sentía que el corazón se le saldría presionado por la espalda, atravesando sus huesos y perforando su piel. Cada vez más con los pensamientos retorcidos, donde intentaba encontrarle esa vuelta para lograr que su cabeza se quedara, aunque solo fuera por un mero instante en paz. En paz. 25 años sin Paz.

Más de una vez se lo habían dicho. Es lamentable pero todo tiene su límite y así también la paciencia humana. El primer año y medio, dos años, lo comprendían. Javier se encontraba casi constantemente rodeado de afectos: presencia en carne y hueso, llamadas telefónicas o alguna que otra carta escrita con algo de simpatía pero ostentosamente por compromiso. Al tercer año, aquellos que no incluían el grupo de los grandes amigos que uno tiene contado con los dedos de una mano, y sin embargo la burocracia humana otorga el mismo titulo, fueron desapareciendo. Lamentaban lo ocurrido pero tenían sus propias rutinas que atender, y aquella del hombre triste y bajoneado, preguntón y desolado ya había desbordado el vaso de su comprensión y misericordia. Algunos aguantaron un tiempo más… pero la mayoría se había ido perdiendo en el camino, siguiendo sus propias rutas.

¿Por qué había que depender del tiempo como medida de sanación? Javier se lo preguntaba una y otra vez. Sí, 25 años ya habían pasado, ¿pero cuanto valían esos 25 años al fin y al cabo? El valor dependía de cada uno, pensaba Javier. Para algunos representaría una eternidad, para otros faltaria lo peor. Para Javier era una constante nebulosa, confusa y sofocante, donde el dolor y el sufrimiento eran exactamente iguales e incluso peores en cada uno de los días de esos 25 años. A la larga lloraba menos, eso si, pero por el simple hecho de que se había quedado sin lagrimas; sus ojos secos, penaban a través de la mirada y no a través del agua.

Cualquiera que había tenido la suerte de conocer a Javier hace mínimo 26 años podía afirmar como se había desgastado. Ahí si, con la vejez el paso del tiempo se hace evidente. Pero esto no era un tema de vejez; no era un tema de arrugas, consecuencias de años de expresiones y emociones ni era un tema de acumulación de sol que deriva en manchas imponentes. Javier estaba corroído por el sufrimiento, el enemigo en persona, que lo visito dia tras dia a lo largo de esos 25 años. Se había apagado el brillo de sus ojos, su espontaneidad y generosa picardia.

El dolor de cada uno es el más fuerte; y nadie, absolutamente nadie es capaz de comprender la magnitud o los grados de ardor dentro del otro. Y menos es alguien capaz de establecer, algo tan abstracto y efímero como la cantidad de tiempo necesario para sanar. Tal vez uno nunca sana. Y si sana, siempre quedará la cicatriz.

“Ya pasaron 25 años, Javier”.

25, un millón, ¿Qué mas da?

ESCRITO POR: CLEMENTINA