Crecer, madurar, aprender de los errores, aceptar las diferencias. Que difícil que se hace. Cuando uno es chico, que no entiende o a veces no quiere entender las cosas. Cuando no se tiene responsabilidades ni obligaciones, cuando tu mundo, el que te creas, es de color de rosas. Piensas que todos los que te rodean son buenos y sus actos de son buena fe y que sus errores lo hacen sin quererlo. Lo único que quieres es jugar, ir al colegio a ver a tus compañeros y las señoritas para divertirte y nada te preocupa. O lo que te preocupaba en ese momento con el tiempo te das cuenta que cuando creces los problemas son mas difíciles de solucionar.

La adolescencia, seguida de la juventud y el madurar tienen sus ventajas y es una etapa que tiene sus encantos. Tener amigos de verdad, de esos que te apoyan, que te escuchan, que simplemente te acompañan a hacer los mandados, a estudiar. Y porque no pasar un rato tomando unos mates, una cerveza o fernet en su defecto. Hablar de la vida, de lo que a uno le pasa, reirse de todo y hasta olvidarse el motivo de las risas.

Cuando uno es joven se cree inmortal, piensa o quiere pensar que esta etapa de la vida va a durar para siempre. Porque en las lindas etapas y ciclos de la vida uno no quiere que se termine. Por miedo a lo nuevo, a no saber que es lo que sigue. Como afrontar ser independiente, arreglárselas solo.

Al mirarse en el espejo uno se ve los defectos, las virtudes, lo que nos gusta y lo que no de cada uno. Pero atrás de esa imagen, que es lo que primero todo el mundo ve, hay una persona que sufre, ríe, siente bronca, impotencia, amor, se tienta de uno mismo. ¿ Cuántas veces nos odiamos por las cosas que hacemos y cuántas veces mas por las que dejamos de hacer?

Muchas veces nos da miedo enfrentarnos con nosotros mismos, miedo de ver que encontramos, que vemos, que somos. Sin embargo es muy reconfortante mirar hacia adentro dejando de lado los prejuicios, lo que digan los demás, lo que diga tu familia, tus amigos, solo vos versus vos.

Fiorito Luisa

Comisión 62