La balsa aún conservaba los trazos gruesos de tan angustiosa pintura, era un mar en calma, la balsa parecía una hoja de papel, balanceándose por aquellas aguas de jade azul recién inventadas por el viejo Wang-Fo.

El maestro y su discípulo por fin descansaron de su tormento, qué más daba que el mar se los comiera, qué más daba, si ya se los había comido la vida. Y ahí se encontraban, con los trajes rasgados y las pinturas manchadas de colores eternos que invitaban a escapar por ellas también. El anciano sabio iba en silencio por el viaje, callando su tesoro entre las manos, las puertas hacia sedas como rutas de escape a otra vida, la verdadera, la que recuerda todo, y todo es tal y como lo expresaban las pinceladas de sus manos en su vida finita,  nada tiene pregunta porque el todo ya es una respuesta, donde el silencio es el grito que calla cualquier palabra.

Así estaban Wang-Fo y su discípulo Ling, viajando por mares de jade azul y espuma blanca. El maestro silencioso vaciaba a la mar pintada sus viejos tarros de laca, y al hacerlo se dejaban descubrir los distintos tonos de verde y corales celestes que contenía. Ya no son necesarios, decía, ya tenemos todo lo que necesitamos, el discípulo no entendía, no sabía qué quería decir el anciano, aunque respetuoso y extrañado lo escuchaba y observaba. La pintura sólo nos sirve para tratar de representar la verdad que habita detrás de nuestra mirada, esa que simplemente conocemos por fe, por certeza, es por la misma certeza que nuestra vida tuvo su fin en aquel palacio, tú no estás más y yo te seguí pintando esa bufanda roja que llevas al cuello, como una serpiente sanadora que te deja estar conmigo en estas aguas.

Ya falta poco para llegar, decía, mientras una clara sonrisa se asomaba en su cara que lentamente fue rejuveneciendo al punto de llegar a representar poco menos de cuarenta años. Ya he venido antes, decía,  estoy feliz porque vienes conmigo y conocerás el reino de más allá de los mares. Esta balsa que he pintado, en poco tiempo ya no nos servirá, tiene el trazo de una mano angustiada por el cruel destino que quisieron imponerle, y cuando la angustia se pinta, pronto se desvanece, si no la pintaba rápido iba a morir en aquel castillo y mi cuerpo iba quedar tendido en ese suelo de piedra verde, y la gran tristeza no hubiera sido mi muerte, sino mi cuerpo, tan azul, tan mortecino, tan verdosos mis labios ¡y nadie que lo pintase!, tan bello, tan hueco y vacío, ¡y nadie lo pintaría!. Felizmente escapamos y tu bufanda la pinté con el rojo de tu sangre y es por ello que tu cabeza está en pie, porque te pinté sano y bien y la pintura nunca se equivoca, como lo creyó ese emperador que jamás conoció la certeza del mundo real, este que estamos recorriendo.

Ling escuchaba absorto y se tocaba el cuello, tenía una cicatriz pintada que fácilmente se disolvió con el agua y le dejó la piel intacta, él también empezó a rejuvenecer a medida que se acercaban a aquella montaña. El discípulo Ling tenía la apariencia de un niño de diez años.

El sol caía varias noches sobre las cabezas de los dos viajantes, no había tedio, no había hambre, sólo había un absoluto silencio que llenaba todas las preguntas nunca elaboradas y menos respondidas, ya no había mucho espacio para las palabras en ese momento.

Al caer la noche, Wang-Fo miró el firmamento y contempló con alegría todo su pasado, cada trazo de cielo lo llevaba inevitable al preciso instante en el cual había sido pintado aquel cuadro. Cuando Wang era un hombre tuvo la tarea de pintar el silencio. Un anciano en su lecho de muerte le pidió, casi implorando que le pintara el silencio, lo necesitaba para poder morir en paz, Wang casi de inmediato, sacó la seda más grande que tenía y vertió en ella una pintura negra tan profunda que casi se veían las estrellas sin siquiera pintarlas, así lo hizo y con la pintura fresca aún se lo mostró al anciano y su rostro con una gran sonrisa y lágrimas pudo cerrar los ojos en el más absoluto silencio. La pintura al estar fresca dejó caer una gota que se confundió con algún paraje al horizonte, y Wang al recordar esto, cambió de rumbo con los remos y dispuso una escala antes de llegar a la gran montaña.

Era una pequeña isla, muy blanca y muy brillante, tal como una gota de estrella caída del firmamento, allí los esperaba ese lugar creado solo para abrigar a Wang-Fo el día que partiese de la tierra finita de pinturas extraordinarias.

Conforme se acercaban a la isla, vieron que la balsa se iba desdibujando y el color del madero destiñéndose al punto de confundirse con el azul del agua y caer en ella en una increíble paz. Casi llegando a la orilla los depositó el último madero como alfombra roja a su nuevo paraje.

Caminaron por la orilla y tocaron tierra, el discípulo Ling, convertido en niño, regresó a su inocencia original y corrió por la arena blanca en inmenso jubilo, recorrió la isla de lado a lado, era muy pequeña, tenía dos orillas y varías palmeras que hacían una sombra perfecta para descansar. Wang, joven otra vez, hundió sus pies en una fresca arena que lo recibía con regocijo. Así estuvieron los dos, maestro y discípulo, saltando y cantando en aquella isla, no cabían las preguntas, ni las necesidades, en ese mundo sólo bastaban los ojos para mirar y el aire para respirar el más celeste de los cielos.

Al caer la tarde, Ling, que recobró su inocencia y curiosidad, decidió recorrer solo la isla, mientras su maestro dormía, caminó entre la vegetación de un increíble verde esmeralda y descubrió en la arena una gran empuñadura de metal, parecía plata con caracolas incrustadas, le llamó la atención tan bella pieza de arte, le quitó la arena y poco a poco descubrió que se trataba de una gran puerta de madera sin color alguno, era un boceto de puerta, se podían ver los trazos inacabados que su maestro Wang, seguramente habría pintado en el pasado.

Ling curioso, trató de abrirla jalando con todas sus fuerzas el plateado picaporte, pero era inútil, la puerta estaba cerrada y no tenía ninguna cerradura.  El discípulo desesperado, corrió hacia su maestro para contarle su reciente hallazgo, y le imploró que por favor pintase una cerradura y una llave para abrir tan misteriosa puerta. El maestro en un estado de relajación absoluta, entreabrió los ojos y le dijo: mi fiel Ling, en este lugar todo contiene su verdad y totalidad, no hay nada que pueda agregar o quitar, lo que está aquí es para amar, y los misterios que contiene no están para ser revelados, sino comprendidos en el silencio de la contemplación, colores en mí ya no has de encontrar, los eché a la mar mientras viajábamos en la barca, el único color que podríamos tener aquí, es el que llevamos dentro.  Y con un lento movimiento, dejó caer sus párpados y prosiguió su sueño.

Ling, quería abrir esa puerta más que cualquier otra cosa en el mundo, no necesitaba nada antes de hallarla, pero ahora la incertidumbre podía más que su paz. Meditó por un momento las palabras de su maestro y se dirigió al portal en silencio, con una concha filosa que encontró por el suelo, se hizo un corte en la palma de la mano y dejó caer gota a gota su sangre brillante y bella que en el pasado su maestro apreció en el día de su muerte. No sentía dolor alguno, y con improvisados pinceles hechos de palmeras pintó la cerradura y la llave que tanto quería, desafió las palabras de su maestro creyendo que con eso, calmaría su angustia.

La puerta poco a poco tomó color con la sangre de Ling, no sólo apareció la cerradura y la llave, sino que toda ella empezó a teñirse de un rojo cada vez más brillante, Ling sintió extrañeza ya que solo había usado algunas gotas de su mano, poco a poco se fue debilitando y sintió su cuello humedecer, miró su bufanda que ya no era roja, era tan blanca que su brillo lo cegó, en ese momento la puerta se abrió estrepitosamente hacia abajo, tenía una gran escalera, Ling casi sin sentir sus piernas bajó el primer escalón y al tratar de dar el siguiente paso su cabeza cayó hacia abajo y rodó junto con su cuerpo hasta el final de la escalera, cayó en el suelo verdoso del palacio del emperador. Wang-Fo abrió los ojos dejando caer una lágrima roja muy brillante: “Nos volveremos a encontrar, mi amado Ling, ya conoces las puertas”, y con ella pintó otra balsa y se echó a la mar rumbo a la gran montaña, mientras la noche caía sobre él en tibios colores eternos.

FIN

Gilda Casalino

Comisión 62