EL DIPLOMATICO HOLANDES

Inevitablemente, siempre que Aachien oía el fragoroso crepitar del fuego se reavivaban en su mente los recuerdos más tristes de su juventud. Frente a él, ardía aquella habitación del cuarto piso en el hotel de Sarajevo, y al arder atizaba su pasado, la segunda guerra mundial, el hostigamiento de los nazis, los refugios, la violencia, la necedad de los hombres, su dolor…
Minutos antes, el diplomático holandés había sentido el estridente sonido de una explosión, todo bajo sus pies había temblado, su estropeado cuerpo había caído bruscamente y su habitual taza de café matutina se había despedazado. Minutos antes, había tomado sus gruesos lentes, su bastón y había corrido lentamente por el pasillo hasta el lugar del episodio. Ahora estaba allí, presenciando una escena que le parecía inefable a pesar de serle familiar. Era un hombre que a sus sesenta y ocho años y sabiéndolo todo sobre los horrores de la guerra por su inolvidable ayer, aún quedaba paralizado de estupor ante este tipo de situaciones.
Desde el umbral de la puerta, Aachien pudo divisar a un sujeto que yacía inerte en medio de las llamas que envolvían la habitación y que consumían las paredes con gran voracidad. Fue testigo también del calor abrasador, de la sangre derramada, de las esquirlas incrustadas en los muros, de la maleta sin deshacer sobre la cama y de unos manuscritos apilados en un rincón que imploraban no ser incinerados. De repente, dos muchachos muy exaltados llegaron al lugar, el sagaz viejo los identificó y supo que el que traía uniforme verde oscuro era personal de seguridad del hotel, pero el otro que lo había empujado groseramente, como si estuviera molesto de verlo allí, y se abrió paso, era el conserje. No por su perspicacia esta vez, sino por su todavía buena audición, Aachien oyó el nombre de Ben Sidi Abú Al Fadaíl y comprendió que se referían al muerto. Sólo quedaba saber si éste era víctima o victimario y así reportar a la ONU del nuevo ataque en manos de o en contra
de los musulmanes. Fuera como fuera, su deber era informar sobre la situación y mediar en el conflicto civil que azotaba a la ciudad. Con la gran autoridad que a su entender merecía, exhortó al joven conserje a que le proporcionara información sobre lo ocurrido, pero éste, tomándolo fuertemente del brazo lo apartó del lugar y con una mirada amenazante lo obligó a callarse. No había dudas de que aquel despreciable sujeto era cómplice, de que no era un simple empleado. El diplomático comprendió entonces que estaba en medio del fuego cruzado.
A la semana siguiente, la OTAN inició su intervención armada. Según lo anunciado, la medida tomada se debía al recrudecimiento de la guerra civil entre serbios-croatas y musulmanes y había sido determinante para la decisión el cruel asesinato del funcionario holandés testigo de un ataque musulmán.
CARRETTO, Elina