Eran tiempos bravos para los indios, escasos en cuánto a alimentos, y difíciles en cuanto  a la realización de su vida habitual. Los blancos, comúnmente llamados, interceptan las tierras indígenas matando a todos los indios que se le interponían en el camino, y trasladándolos cada vez más cerca de la frontera. Toda esta situación obligaba a los indios a defenderse y buscar abastecerse de la forma que podían. Muchas veces realizaban malones para conseguir alimento. Llegaban a las tierras habitadas por los blancos y con sus elementos: boleadoras, arcos y flechas sorprendían a estos hombres y le quitaban lo que les era útil para ellos.

Un día al hacer un malón habitual, se trajeron como recompensa, además del alimento que fueron a buscar, un niño de bellos ojos celestes. Esta recompensa fue en venganza de  los tantos niños de su tribu que fueron matados por los blancos. En un principio, pensaron sacrificar al niño blanco utilizándolo como ofrenda para los dioses en uno de sus rituales, pero fue tanta la ternura que los ojos de aquel niño trasmitían que terminaron incorporándolo a su tribu como uno más.

  Le enseñaron su lengua, su cultura, sus rituales; le enseñaron a cazar y a fabricar armas para su defensa. Lo único que le quedaba de su descendencia eran los ojos celestes y la tez blanca, pues se había convertido en un indio respetado por toda la tribu.

Un día, mientras estaban realizando uno de sus rituales matutinos, una pareja de hombres blancos, escoltados por un grupo de soldados, se hiso presente allí. Los ojos de aquella pareja eran tan celestes y penetrantes como los del niño blanco. La pareja  reconoció al niño, y al mirarlo comenzaron a caer lágrimas sobre sus ojos. Fue entonces cuando lo llevaron con ellos, tras pronunciar unas palabras que los indios no llegaron a comprender.  

Pasaron varios meses en los cuáles la tribu no volvió a ver al niño. Ya sus esperanzas de reencontrarse con él eran nulas, pues creían que lo habían matado, cómo a tantos otros niños de su tribu. Sin embrago, un día el niño blanco, ya hecho todo un hombre, volvió a las tierras desiertas. Allí lo esperaba su tribu, ya que si bien su sangre era blanca,  su corazón no lo era; se había criado entre los indios, y aquellos le habían enseñado a ser el hombre que es. Por ello era inevitable pensar que no lograría adaptarse a las costumbres de los blancos, los  que lo habían dado a luz, pues su vida correspondía a esa tribu, y nada más que a ella.