Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que aquel día cuando me había confesado todo. La recuerdo como una de esas tardes que nunca debieron existir. Ni los pájaros cantaban, no sé si por el frío penetrante o por la tristeza del cielo que se ocultaba tras un uniforme óleo grisáceo. Michelle estaba sentado en la silla más deteriorada de la casa. Se inclinaba hacia delante con el codo derecho reposado en el muslo y la cabeza adormecida sobre la mano, en perfecta reflexión.

¿Estás preparado?– me preguntó de repente, seguro de que era tan indispensable decirlo como perturbador escucharlo.

¿Eh?– contesté con pleno desinterés, todavía con algunas lágrimas secándose en mi rostro.

No fue un accidente– dijo interrumpiendo el ambiente de duda –Lucía no se intoxicó…-.

Un ruido me sobresaltó. Creí que era Michelle pero no. Todavía estaba parado ahí, frente a la puerta, paralizado por el desconcierto y la vergüenza. La misma vergüenza que acarreaba de aquel día y que lo había hecho volver con la misma mochila que se había llevado. Su visita me desconcertó tanto como cuando me dijo la verdad.

Se murió por mi culpa– confesó al tiempo que cubrió su cara con ambas manos y estalló en un sollozo indigno de su habitual firmeza.

¿Qué decís? ¿Qué estás diciendo? ¿Vos…? ¿Vos la…?

¡No! ¿Estás loco? Sabés que soy incapaz de matar una hormiga– gritó Michelle tartamudeando con visible desesperación.

Entonces no hables estupideces, ¿querés? ¿Qué me venís a…?

¡Lucía se suicidó, Carlos!– Michelle se levantó con violencia y se marchó de mi casa ágilmente luego de agarrar su mochila gris.

Nunca más lo volví a ver hasta este momento. Cuando abrí la puerta, unos segundos largos, eternos de tensión, se apropiaron de nosotros. No teníamos nada que decirnos.

¿Qué hacés acá?– me anticipé a sus explicaciones –vos sos un mentiroso, ¿no te alcanza con el mal que ya me…?-.

Lucía se suicidó porque te amaba– me interrumpió Michelle.

¿Qué estás diciendo? ¿No te das cuenta de que no tiene sentido? Nada tiene sentido, ¿por qué querés lastimarme así?-.

Lucía te amaba tanto que no soportó enamorarse de mí.– afirmó con una serenidad tranquilizante y el rostro más triste que jamás haya visto –Lucía murió por mi culpa, perdoname.-

Entonces comprendí a Michelle y me vi a mí mismo con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Cerré la puerta. No quise preguntar nada más.

Santiago Fernandez

Comisión 63