El profesor hablaba sin parar. Mis compañeros escribían todo lo que él decía. Como a mí me daba pereza me distraje viendo las fotos del libro. Al principio me pareció raro, me asusté. Llamé a Ana, la fea de al lado, para mostrarle lo que estaba pasando, pero ella  escribía compulsivamente, así que no me prestó atención. La imagen se movía. ¿Sería que estaba alucinando? No, el jefe de la tribu azteca me estaba llamando. Al ver que yo no respondía, tomó una tabla de piedra y con sus herramientas, talló unos símbolos. Era una especie de cartel, pero yo no entendía su idioma.

Mi corazón empezó a latir más rápido. Sudaba frío. Desesperado, quise interrumpir la clase. Levanté la mano, pero el profesor no lo notó. El azteca empezó a gritar y seguía haciéndome señas para que entrara en la imagen. ¿Pero cómo? Sentí cómo su áspera mano me agarró del cuello y me jaló. Caí en el suelo.  El azteca me empujó de una patada al “juego de la pelota” que se estaba llevando a cabo. Todos corrían a mi alrededor, me golpeaban. Parecían no percatarse de que había un muchacho con guardapolvo blanco en medio de su partido.

El público gritaba. Eran solo hombres. El estadio era muy raro. Tenía unas paredes enormes. Recordé las reglas del juego que había explicado el profesor. Entonces empecé a correr detrás de la pelota.  Cuando por fin la tuve en mis manos, me di cuenta que no era una pelota normal sino una piedra. Era tan pesada que me lastimé al agarrarla y la dejé caer. Al parecer esa era una jugada que se penaliza. Me dejaron afuera de la cancha.

Aproveché para salir corriendo. ¿Cómo podía volver a mi mundo? Necesitaba un teléfono para llamar a casa. ¿Qué iba a decir? ¿Que estaba en México? ¿Que el libro de historia me había atrapado? Justo encontré al tipo que me había metido en la imagen. Le dije que quería volver  a mi clase. No se le movió ni una pluma de la cabeza con todos mis reclamos. Siguió fumando con su pipa larga unas hierbas que olían muy mal. Tenía muchos collares en su cuello. Según el profesor, estos adornos solo los podían portar los chamanes o los jefes tribales.  

Como no podíamos comunicarnos por las palabras, decidí quedarme callado y seguirlo. En definitiva él quería mostrarme algo, por eso me había traído a su mundo. Me llevó a una especie de choza hecha de paja. Adentro estaba todo lleno de telas de colores y de mujeres que limpiaban. Parecía que estaban decorando para una actividad importante. ¿Sería mi bienvenida? ¿Me irían a iniciar en su tribu? ¿Juan, el primer azteca blanco?

Afuera había más mujeres trabajando. Unas recogían frutos de los árboles mientras otras tejían y otras cocinaban con una especie de ollas de piedra puestas arriba de pequeñas fogatas. Los niños corrían de un lado para el otro. Las niñas por un lado y los varones por otro. Recordé mis primeros años de primaria, siempre jugábamos juntos, no existía esta distinción de sexos.

Volví a buscar al jefe, y ahí estaba parado frente a mí con un plato lleno de unas verduras que yo nunca había visto.  Esperé a que me diera cubiertos. Al cabo de unos segundos me di cuenta de que eso no iba a suceder, ya que esa era una costumbre de occidente. Así que tomé algo que parecía una papa, me lo introduje en la boca e inmediatamente sentí que era la mejor papa que había probado en mi vida…cerré los ojos para saborearla con más gusto. Empecé a sentir que la saliva se desbordaba de mi boca, era la mejor comida del mundo, olvidé que estaba en México, olvidé al jefe, olvidé el libro de historia….sentí que levitaba de felicidad, de regocijo … una mano suave me acariciaba la cabeza y la cara…De pronto el rico sabor se convirtió en un terrible olor. Abrí los ojos y ahí estaba Ana, a punto de darme un beso con su asqueroso aliento. ¡Qué asco! Otra vez me había quedado dormido en la clase de historia.

Maria Eva Carfagnini. Com. 63