Éramos muchos y llegamos con nuestras fuerzas y voluntades. Hicimos lo que habíamos decidido por nosotros mismos. No esperamos otro día más. Nuestras tierras ya no nos pertenecían y nuestros hermanos estaban siendo asesinados por los hombres que venían del norte. En el ataque nos llevamos una parte de ellos, un pequeño blanco.
Los toldos iban a sacrificarlo, pero no pudieron y lo protegieron, pensando que él no había sido atravesado por el mundo de donde venía; que su espíritu no tenía males que cargar.
Donde los hombres estaban, pusimos nuestros cuerpos. Pisamos las tierras con los caballos; unos de mis hermanos bajó a tomar a un niño, que sentado junto a una planta nos encandiló la vista. Los ojos le trasparentaban y el cabello era como el sol en días de frío. Solos estaban ellos y el pequeño, uno lo sujetó fuerte delante de su panza y se volvieron. “Mientras terminaba nuestro embate nos vieron con el niño. Pero nadie de ellos nos motivó a dejarlo en la tierra”. Nos decíamos con aquél hermano, más allá, y después de ese día.
Lo acogimos y le dimos nuestros propios abrigos, le enseñamos nuestra vida. A él le gustó el desierto y nos estimó. Luego de tantos años, un día, se fue y no volvió.
Ya, los toldos, cansados de luchas, pensaron que así debía ser ese destino. Aunque sus sentimientos jamás ocultaron la gran pena que había dejado su partida. Bien sabían que el muchacho era fuerte y sobreviviría en soledad; alguno de ellos, estimó que habría topado con el camino de la tierra en que nació.
Ya va mucho tiempo de su llegada y también de su partida. Una parte de nosotros ha quedado en él, como así una parte de él nos acompaña en la vida. Tal vez, él no regrese; quizá no llegue a encontrarnos; o puede también que ya no estemos para hacerlo.
Aún así, lo esperamos aquí, en este desierto.

Aldana

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